No creo, ni por asomo, que sea el primer crítico que escribe sus impresiones sobre un libro sin tener conocimiento del autor y de su obra y hasta me atrevo a afirmar que no voy a ser el primero en criticar una recopilación de páginas tintadas, de las cuales mis manos no han tenido ni tendrán jamás contacto con su lomo, portada o contraportada. No pretendo ser original, la originalidad la dejo para todos aquellos que cabalgaron en ella levantando al viento el estandarte de la victoria aún sabiendo de su propia derrota. Yo, en cambio, soy perro que nunca mordería la siempre dicha mano que me da de comer a no ser que el tiro estuviese asegurado y la muerte deseada no se me escapara de las manos; nunca me ha gustado jugar con la arrogante arena que huye de las suaves caricias de la mar, siempre he preferido hundir mis manos en la orilla y cavar mi propia fosa para levantar compactos castillos de arena que siempre el agua engulló.
Inauguro pues una subsección en esta sección que con el tiempo espero se convierta en una imagen descuartizada; único rastro de un perro hambriento que no deseó facilitarle a la vida su propia descomposición; una oda a los mordiscos desesperados de supervivencia; en definitiva, un alegato al derecho de comerse a un niño cuando se es perro… y no hay donde más morder.
Mujercitas
¿Qué niña no alteró su infancia leyendo a Louisa May Alcote (1832 - 1881)? ¿Y qué mente perversa sería capaz de retratar con tanta perfección el seno idílico de su propia familia? Terrible y temible novela juvenil que nos muestra toda la distorsión existente a nuestro alrededor. Fácilmente puedo imaginar a un niñ@ en la intimidad de su alcoba, a puerta cerrada y atenuada luz somnolienta, deslizando su mirada absorta letra tras letra, página a página, escuchando el murmullo de su sangre enojándose levemente a cada párrafo, capítulo tras capítulo. Una perfecta familia que goza del privilegio de la felicidad absoluta, ¡cuatro hermosas hermanas inocentemente despertando su juventud mientras cosen calcetines para el ejército! ¡Oh, el ejército con sus bravos, jóvenes y afables caballeros! Y en cambio, las leves sombras de tu habitación con ventana al patio interior nunca permitirán la entrada del tan ansiado príncipe, soldado o muchacho que en tu despertar deseas amar. No, su entrada siempre será por la puerta principal bajo la mirada atenta de ceño fruncido de tu retractor padre deseoso de ver convertida tu inocente niñez en puntiagudos roces de adolescentes senos. Nunca serás Meg dándoselas de institutriz, ni te emborracharás vanidosamente ante todos los ojos presentes en la Feria de la Vanidad; tú, comenzarás a beber a escondidas, cuando tu consciencia necesite olvidar los susurros que tu padre te decía al oído sobre lo bien que estaba lo que nunca estuvo bien. A los ojos de él, habrías deseado no ser Amy, la más pequeña de las cuatro hermanas, de constitución angelical y sin la clara vocación musical de una de sus hermanas, a tus dieciséis años nunca has oído el sonido del martillo repicando contra las tres cuerdas de una tecla al posar tu dolorida mano en la nota de un piano; solo conoces el tacto del marfil de los dientes de tu boca abrazando tu puño cerrado… para no gritar, para no gritar mientras, tu madre, tan lejana de los amables consejos de la Sra. March con su distinguida hermosura siempre dispuesta a mediar, seca en silencio lágrimas sangrantes de cobardía en la soledad de una cama pensada para dos. Durante mucho tiempo has deseado dejar de ser Jo; trabajando como dama de compañía de la tía de March, y nunca hubo estantería de libros tan grande que compensara todo el sufrimiento vertido hacia ti por un padre que erró de papel en una novela cuyo final no es el de esperar. Ahora Beth, cuando la juventud abandona la adolescencia a su suerte en el recodo de una oscura noche que siempre asustó tu niñez, ahora Beth cuando sientes la furia sincera, el deseo extremo de silenciar la tonadilla jadeante que tantas veces acunó tu peor pesadilla, ahora es el momento, Beth, de arrinconar la desesperada sonata, tantas veces repetida en el piano maltrecho que nunca aprendiste a tocar y acabar de una vez por todas con un padre que sin alistarse a ejército alguno hizo de tu cuerpo desolado campo de batalla.
Ciclotímico


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