Desde que la filosofía ya sólo es capaz de vivir hipócritamente lo que dice,
le toca a la desvergüenza, por contrapeso, decir lo que se vive.
Peter Sloterdijk.
La noche del 2 de junio de 1953 el alpinista Edmun Hillary y su sherpa Tenzing Norgay se encerraron en el despacho del primer ministro Nepalí, un despacho vacío por la ausencia, provisional, de esa figura en el reino de Tribhuvan Bir Bikram Shah. Acababan de regresar de una expedición bajo bandera británica que había conseguido la primera instantánea en el la cumbre del Everest.
En ese preciso instante, en Londres, los flashes apuntaban a Isabel II mientras era coronada reina de lo que quedaba del Imperio Británico. En Picadilly, en Croxley, en la Gloucester Road o en Hornchurch los vendedores de periódicos y los altavoces de los transistores que escupían las noticias otorgaban la misma importancia a la coronación de Isabel y a la de Hillary.
En la Government House en Wellington, Nueva Zelanda, el Gobernador General Sir Charles Willoughby reunía a su gabinete de crisis en el Drawing Room y solicitaba una conferencia con el Nepal. Debían encontrar a Edmun antes de que las autoridades nepalíes lo aislasen, antes de que los periodistas preguntasen y, sobre todo, antes de que la reina Isabel II consiguiese comunicarse con él.
Cincuenta años después, el 2 de Junio de 2003, ante un reducido y embriagado público sentado alrededor de una mesa de madera vieja en la tasca Maceira de la calle Jesús de Madrid, Gromek, un neozelandés de anchas espaldas, pelo rubio y desafinado sentido del humor, explicaba qué era lo que había sucedido, exactamente, aquella noche de primavera en el despacho de la máxima autoridad política del Nepal.
Hace unas semanas, no el 2 de Junio pero casi, llamé por teléfono a Gromek para solicitarle algunos detalles más de la historia de Hillary y Norgay y para refrescar algunos otros que el vino turbio había bebido de mi memoria puesto que, como algunos creemos, no somos nosotros los que bebemos vino sino que es el vino el que, en más ocasiones de las que sospechamos, nos bebe a nosotros. Le pedí a Gromek permiso para escribir y publicar la historia y Gromek no me lo dio. Me dijo que Hillary es un héroe nacional en Nueva Zelanda. Me dijo que Hillary es uno de los más importantes benefactores de la humanidad y que había sido condecorado por las Naciones Unidas. Y lo que es más importante, me dijo que la historia era mentira, que era una patraña inventada para pasar un buen rato entre amigos.
-Me da igual Gromek. Para mi es tan real como un bol de caldo una mañana de invierno.
-¿Pero qué cojones de mierda de comparación es esa?
Me molestó hasta lo irracional su comentario. Era acertado.
-Voy a escribir la historia de Hillary.
Gromek no me podía obligar a no escribir y publicar la historia. A lo máximo que podía aspirar es a que cambiase su nombre y su descripción física. Por supuesto Gromek no tiene las espaldas anchas, ni el pelo rubio, ni un desafinado sentido del humor. Esa descripción corresponde a Ulf, un noruego al que también conocí en Madrid en aquella época. Y, por supuesto, Gromek no se llama Gromek. Gromek es un personaje de «Cortina Rasgada» de Brian Moore y Alfred Hitchcock. Un personaje que resulta bastante desagradable a los espectadores (aunque a mi me produce cierta simpatía), pero no quería ser generoso con un neozelandés que se niega a que publique sus mentiras de taberna. No es justo. Toda mentira, tabernil o no, tiene mucho más derecho a ser publicada que una verdad. La verdad, al fin y al cabo, la guardan para sí cuatro iluminados carentes de interés.
Si voy a ordenar, bit blanco sobre bit negro, la etílica historia de la primera ascensión del hombre a la cima del mundo es justo que rememore también la figura de Linsday Hillary. Linsday, a la que a partir de ahora me referiré como Linda, por ser más acorde ese nombre con su aspecto físico y más fácil de escribir y pronunciar, es la sobrina nieta de Sir Edmun. Su protagonismo en la historia que voy a relatar es nulo. De hecho la historia podría explicarse sin ni siquiera mencionar a Linda o haciéndolo muy de pasada, pero sería una falta imperdonable para conmigo mismo no aprovechar que estoy revolviendo el río de mi memoria para lanzar la caña en busca de Linda. Linda era bella por obligación. No conocí jamás a nadie que dijese que Linda no era bella aún cuando estuviese pensando lo contrario. Era imposible decir que Linda no era bonita en todos los sentidos. Simplemente uno se proponía a hacerlo y cuando abría la boca sólo era capaz de cantar sus alabanzas. Creo que ese fenómeno se debía al frío que desprendía Linda. Un frío que, esa es mi teoría, congelaba cualquier situación en la que ella aparecía, estuviese o no presente. Cuando uno pensaba conscientemente en ella o la tenía delante era como contemplar un glaciar. Los que hayáis tenido la suerte de contemplar uno quizá lo entendáis. La única opción ante un glaciar son las lágrimas, sólo puedes llorar, o mejor dicho, sólo te sale llorar. Cuando lloras ante un glaciar tus lágrimas se congelan y así nadie, ni siquiera tú mismo, sabe si son lágrimas de admiración o de pánico. Tus lágrimas son ahora diamantes. Eso pasaba con Linda. Linda convertía en diamantes los pensamientos de aquellos que se cruzaban en su camino.
Alta, pálida, vertiginosa, distante, misteriosa, asesina, resbaladiza, épica… así era Linda y así debe seguir siendo allá donde esté. El 2 de junio de 2003 estaba en una mesa de madera vieja en la tasca Maceira de la calle Jesús de Madrid, escuchando la historia de Gromek sobre su tío abuelo. Un postgrado en matemáticas y las ganas de pasar un año en Madrid la habían llevado allí después de Londres, Torino, Antibes y Salzburgo. Su presencia allí aquella noche hizo que la historia de Gromek sólo se grabase a medias en mi disco duro, que ya es mucho.
Voy a recuperarla ya de una vez añadiendo mis propias mentiras a las de Gromek.
Fin de la primera parte.
Daj Bog ne v poslednij raz!
Lillo


"-¿Pero qué cojones de mierda de comparación es esa?"
De la risa casi me caigo de la silla.
Felicidades. Segunda entrega cuando?????????