Curiosa figura ha producido esta mañana la fila. Su objetivo es la puerta número uno, su cabeza está ahí, frente a esa puerta, pero su cola... ¡Quién sabe! Por ahí, dos calles más atrás, dos calles que en su conjunto forman la letra «L». L de «lenta» pensó Rafael y sonrió un poquito. Las cuatro arrugas de su cara se estiraron y desplegaron, dejando claro a quien quisiera ver, la tersura y limpieza de su rostro; piel tostada de nacimiento, ni negra ni blanca, sino en el punto ideal de cocción. Cualquier europeo quisiera imitar semejante cutis, pero no lo conseguiría ni con innumerables sesiones de rayos uva. Bajito, pero absolutamente bien constituido. Es más, la proporción de su cuerpo era casi perfecta dentro de sus fronteras reducidas, destacándose por sobre todo una hermosa cabeza de un pelo más negro que la noche, y unos ojos pardos que parecían mirar para dentro más que para afuera.
Hacía tanto frío esa mañana, que el único movimiento que se permitían los que ya estaban en la fila para saludar a los recién llegados, era una especie de semi giro rígido y apretado. Los hombres con las piernas totalmente pegadas unas con otras para que no pasara ni una brizna de aire por en medio, con las manos arremetidas dentro de los bolsillos del pantalón, los brazos endurecidos y estirados al máximo apretando alguna carpeta bajo la axila, y con la barbilla medio incrustada en el pecho. Las mujeres lo mismo, pero casi siempre con sus manos enguantadas y bien sujetas -como si orasen- a la altura del cuello, y realizando el giro salutatorio con pequeños saltitos.
Aún con que había llegado a las cinco de la mañana, Rafael no estaba seguro de si ese día le tocaría entrar o no en la oficina número uno, tal era la cantidad de gente que se le adelantaba hasta la puerta. Había que ver cómo madrugaron todos aquel día. En todo caso no podía dejar de sentir cierta complacencia al comprobar cuan interminable era la fila atrás de él. Pese a todo, siempre era más sensato madrugar que no hacerlo. Le encantaba observar -pues en estas colas hay tiempo de sobra para practicar este ejercicio- las caras de los recién llegados, ese rápido proceso de adaptación que pasaba de la incredulidad hasta la resignación desesperada. Con echar una ojeada se podían diferenciar perfectamente los veteranos en cuestiones de cola de los primerizos. Los veteranos se limitaban a tomar posesión de su sitio en la fila sin aspavientos ni preguntas, y los novatos indefectiblemente se escandalizaban con el largo de la fila, comprobando una y otra vez si era esa efectivamente la que les tocaba. Observaban la cola atónitos, la recorrían de arriba abajo, luego intentaban llegar a la puerta 1 pero las vallas y los guardias se lo impedían, sacaban algún documento de una carpetita plastificada, lo leían, comprobaban el número de la puerta, le hacían una pregunta al guardia y se quedaban estáticos ante una respuesta que no querían oír; al final siempre terminaban acercándose a la cola para preguntarle a alguno si esa era realmente la cola de la puerta número uno, y si efectivamente en la puerta número uno se podía realizar el trámite «X» o «Y». Si alguien le respondía entonces con cierta seguridad al recién llegado, éste aprovechaba la ocasión para realizar otras cuantas preguntas o incluso exponer su caso como si quien le respondiese fuese un experto en la materia. Siempre había que terminar sacándose de encima a tales individuos con un «no sé, tiene que hacer la fila». ¡Y qué fila! Los veteranos ya sabían que una vez posesionado el sitio dentro de la cola no tendrían más remedio que esperar horas interminables, resignándose a permanecer quietos en su lugar a la espera de que abriese la puerta de la oficina 1 y fuese engullida al menos la cabeza de la interminable cola. De hecho no estaba de más intentar quedar a la altura del descansillo de alguna puerta o incluso a la altura de alguna ventana, para apoyar la carpeta en su rellano o incluso el codo. Muchos primerizos se marchaban, decidían no hacer la cola. Se les veía alejarse a paso lento y hasta sus espaldas parecían dudar, incrédulas. Los expertos de la cola sabían que ese desertor volvería tarde o temprano, indefectiblemente, y aprendería a madrugar, a estarse quieto y a familiarizarse con la fotocopiadora de la acera del frente, la que también expende todo tipo de formularios «por si acaso»; por si acaso se lograba entrar en la oficina 1, y por si acaso faltara ese papel o ese otro y las secretarias no contaran con él por cuestiones presupuestarias, o porque «sois demasiados» y se han acabado por ese día y la fotocopiadora está estropeada y vuelva mañana o nunca, si es posible.
Rafael, por suerte, ya ha superado esa sensación de irrealidad kafkiana que le invadía cuando, al lograr penetrar en la oficina luego de horas de espera, se encontraba con que le faltaba un papel, con que las leyes habían cambiado justo esa semana o, simplemente, con que eran las cinco de la tarde, hora de cerrar los despachos de extranjería. Más de una vez había escuchado por la televisión que en España no habían ilegales, sino «personas en situación irregular». Pero rápido había sido el proceso de desengaño desde que hacía más de dos años una funcionaria fría como una mañana de espera le había espetado en la cara después de revisar su documentación: «Huy, chico, lo tienes crudo-crudo; no tendrás más remedio que hacer la cola del infierno». Al principio pensó que era una broma, pues la mujercilla esa sonreía al decírselo, y además eso de «la cola del infierno» le parecía demasiado cinematográfico. De inmediato comprendió que la mujer hablaba en serio al fijarse bien en aquel rostro... las risas de estos funcionarios... risas que son más bien ladridos, o representaciones de risas, risas mutantes, risas muertas más parecidas a escupitajos o alegatos desesperados contra si mismos, contra la realidad que les toca representar, ensalzaciones del asco que les da todo, los inmigrantes, sus propios jefes, sus colegas, su oficio de gendarmes obligados y mal remunerados. Sus risas... No debería haber dinero para comprar la risa de un ser humano, y éstos funcionarios la habían vendido, junto a su ética y a eso que suele llamarse bondad, al gobierno que representaban. Funcionarios que tenían una orden secreta y solemne, una orden dictada desde los dominios seculares de las directrices máximas, una consigna que podía reducirse en una sola palabra: sinmafordeción, o desinformación, o como diablos se le pueda llamar a esa palabreja. Rafael estaba seguro de que la única intención de los funcionarios de extranjería era desinformar a los inmigrantes, quitarles toda esperanza, no dejarles vía de escape hacia ninguna posibilidad, destruirles anímicamente para que volvieran por el mismo sitio por el que habían llegado. Se los imaginaba recibiendo instrucciones de desinformación, siendo entrenados para hacer mal su trabajo con el único objeto de cansar a los incansables inmigrantes. Rafael no dejaba de pensar en el personaje kafkaiano del relato «Ante la ley», que descubre demasiado tarde la verdad y esta verdad le cuesta toda su vida. Tal personaje le servía de guía, o de anti-guía, pues a diferencia de él, Rafael no estaba dispuesto a dejar su vida en una puñetera cola.
Al principio sí. Primero se sentía fuerte, orgulloso de ser un descendiente directo de los Incas, casi superior por dominar, además del castellano, perfectamente el quichua, la lengua con que se imploró a los dioses de América del Sur la retirada del invasor español. Le gustaba que las mujeres «blancas» le miraran con tanto detenimiento y creía que la misma diferencia le haría encontrar un espacio privilegiado entre los europeos. Ahora en cambio, después de haber vivido tantas madrugadas gélidas sin lograr siquiera ser entendido por funcionarias neófitas, sentía que pese a todo valoraba más su vida y su origen que cuando estaba sumido en su pequeña vanidad de neo indio en el exilio.
No ha sido un proceso largo, pero sí profundo. Un proceso que, si tuvo un clímax, fue esa mañana en la cual el frío arreciaba tanto, que delante de él un hombre esparcía sobre sus manos entumecidas el líquido humeante de un termo con té. Entonces se encontraban apretujados por las vallas de hierro con las que el ayuntamiento encauza la cola. Hacía ya tres horas que la oficina había dejado de engullir inmigrantes y no parecía tener intenciones de reanudar el festín. De pronto escuchó tras de sí el inconfundible repiquetear de los casquetes de un caballo y, al voltear, pudo comprobar que efectivamente eran dos caballos los que se acercaban; dos briosos corceles, impecables, hermosos, pulcramente cepillados, montados por dos policías fortotes, muchísimo menos imponentes que sus caballos, pero con la inteligencia y mordacidad suficiente como para observar a los «sin papeles» con altanero desprecio. El silencio y el terror recorrieron a la cola como si se tratase de una descarga eléctrica. Rafael, por un momento, estuvo convencido de que no eran ellos, los presentes, los invadidos realmente por el terror, sino todos los antepasados sometidos, robados y aniquilados por Pizarro y sus hombres-dioses, los que también llegaron montados en caballos similares, sembrando el terror y la destrucción en tierras que aún no logran reponerse del impacto.
Cuando uno de los caballos, detenido a pocos metros de Rafael, expulsó suavemente de su recto una buena cantidad de mierda que exhalaba un vaho similar al que expiraban los inmigrantes en la cola, helados y estáticos, una idea terrible le conmovió: «Estos caballos seguro que tienen papeles». Lo que al principio le pareció una conclusión irrisoria, le fue llenando poco a poco las cavidades de una rabia acumulada, un odio dormido por obligación. Era evidente que ese caballo debía estar «matriculado», es decir, constaba en algún tipo de archivo, es decir ¡existía! ¿Pero es que acaso él no existía? Pensó en su tierra, en el Cuzco, en su Perú, en su madre dándole un varillazo por alguna travesura; recordó el premio que recibió en la escuela por un pequeño ensayo sobre lo nefasto de las peleas de gallo; revivió el momento en que asistió al juez civil para casarse... efectivamente firmó un documento... recordó el préstamo que les otorgó el banco para comprase una furgoneta para repartir niños a la escuela, el bautizo de su primera hija y la inscripción del auto de fe en la capilla de su barrio... seguro que existía, debía existir, pero allá, no acá, pues acá existen los caballos, pero no los inmigrantes. Los caballos pueden pasearse fuera de la valla, libremente, los inmigrantes no. Y esos hombres montados son igualitos que capataces de un feudo soterrado, dispuestos a repartir un latigazo si en la cola algún indiecito se porta mal...
Pero Rafael no tiene dinero para regresar, y no quiere regresar. Va a conseguir sus papeles por orgullo. Antes los buscaba con alegría; estaba feliz de haberse venido a España, porque después de todo, le habían llenado la cabeza con España en la escuela, pese a ser los verdugos de su antepasados. Ahora buscaba los papeles porque no se los querían dar, porque no tenía ninguna intención de volverse con los bolsillos y el alma vacía, porque todo lo de quichua, de paciente y de guerrero que en su cuerpo dormía, España, su querida madre patria que no quería reconocerlo como hijo, se lo había despertado.
Beto Stocker


ei, muy bueno muy bueno, quiero decir que me parece muy bueno, al principio me ha parecido volver al consulado, gracias?