Mi síndrome

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No sé cómo lo llevarán ustedes pero debo confesar que a mi, personalmente, me cuesta bastante terminar de leer un texto de internet sin encontrarme con cinco o seis o diez pestañas del navegador abiertas. Y eso suponiendo que el navegador en cuestión soporte pestañas, porque en caso contrario en lugar de pestañas son ventanas y eso, además de complicar las cosas, suele indicar que se está usando uno repleto de fallos y agujeros de seguridad, que además no respeta los estándares con lo que complica enormemente la vida de los que se dedican al diseño web. Cualquiera mejor que ese. Pero voy a tratar de no desviarme del tema porque si empiezo a despotricar de según qué puedo pasarme horas.

Les decía que me cuesta leer de corrido y sin tropiezos y la culpa de ello, además de la que se deriva de ser un tipo disperso con una amplia gama de intereses que me desborda, es de ese concepto, el link, el enlace, que nos resulta ya tan familiar y que frecuentemente constituye una invitación a perder el tiempo de formas múltiples e insospechadas. Pese a que el concepto no es enteramente nuevo, pues tal y como me apunta Vira-Sol ya teníamos antes las notas a pie de página, no me parece que ambos casos sean totalmente comparables ya que la nota al pie, tan discreta ella, siempre se usó con más mesura.

El hipertexto, al menos en mi caso, es una fuente de insatisfacción personal de carácter medio-grave que cada día cobra más importancia. Digo insatisfacción porque frecuentemente no puedo evitar pensar, mientras leo algo, que lo que se me ofrece en forma de palabra subrayada o similar, en forma hipertextual, es más interesante, o más exacto, o más ceñido a lo que busco que lo que estoy leyendo ahora. Insatisfacción crónica que además no me permite concentrarme como me gustaría. Me da la impresión aunque no podría asegurarlo de que una de las razones por las que me gusta leer libros impresos, lo mismo literatura que canciones traducidas con sudor, es su ausencia total de hipertextualidad, o lo que es lo mismo, su linealidad incluso cuando se trata de una novela de estructura compleja o directamente desquiciada. Saber que lo único que tengo que hacer durante un tiempo es desplazar mis ojos hasta la parte derecha de la página viniendo siempre desde la izquierda, línea a línea me produce una enorme sensación de paz que se contrapone al síndrome de desasosiego hipertextual que tan hondamente padezco a veces.

Otra de las grandes aliadas que me ayuda a superar mis problemas de lector habitual de pantalla es la impresora. Prefiero mil veces la versión para imprimir de casi cualquier texto que su equivalente hipertextual en pantalla. No sólo por mi síndrome sino porque además tiene otras cualidades ciertamente innegables. Sin tratar de ser exahustivo, enumeraré algunas, por puro placer y porque me parecen de suma importancia: un texto impreso se puede leer en el váter, cosa que aprecio porque no sólo aumenta el tiempo que paso en la calma de ese cubículo sino que además hace que estar allí resulte mucho más placentero que en el caso de ir sin el apoyo de la letra impresa; no menos desdeñable es el hecho de que cuando un texto impreso es malo con avaricia puede romperse con facilidad en mil pedazos —sanísimo ejercicio de venganza privada— y, en el caso de encontrarnos en la situación anterior, dentro del cubículo, podemos incluso dedicarlo a los menesteres que normalmente cumple el papel higiénico; otro asunto es el del dolor de ojos, la vista, que se cansa por el brillo de la pantalla cuyos rayos se comen las neuronas según algunos, descansa plácidamente al fluir sobre la letra impresa en papel; y por último -termino ya, no olvido que esto, como siempre, es un micro-texto-, por último, digo, leyendo algo impreso suelo estar casi seguro de poder llegar sin perderme hasta el final.

Benjamin Nazka

Dom, 27/08/2006 - 14:12

Esto, no se si os dais cuenta, es la obra de un loco.

Menos mal que no soy el único.

Me parece una idea muy cachonda. Ideal para hacerle perder el tiempo a uno, el sueño del ocioso (por no hablar del que lo ha hecho...) :P

que diver tu texto

de todos modos esto de la hipertextualidad antes dependía más que nada de la pereza (y recursos) del lector. En muchos autores desde los antiguos antiguos, aunque ahora me venga a la cabeza básicamente la Divina Comedia, pero bueno, ya desde los griegos también (anteriores no domino) y, en la actualidad, don Enrique, por ejemplo, en la Abreviada y en su Bartleby, las referencias a otros autores son constantes, y pongo estos dos ejemplos porque invitan a la lectura o investigación sobre sus citados de tal manera que da la impresión que su texto no esté no sólo aprovechado sino simplemente leído sin que vaya uno a informarse quién coño es Pola Negri o Malatesta.
De hecho eso de que no se abusa de la nota al pie es verdad sólo para las obras modernas: la primera edición escrita de la Ilíada, de 23 siglos ya, contenía más de 20 páginas de notas al pie al primer verso, y volviendo al ejemplo de antes, cualquier edición italiana de Dante lleva una proporción de texto y notas al pie de 1 contra 4 respectivamente.
Esta claro el link es otra cosa, con esa facilidad que hay para hacer click ...y click ... ... ... y click.

Sobre el hipertexto en la teoría literaria estricta, perdón, universitaria:
GENETTE, G. (1962). Palimpsestos.