Esta mañana, mirándote al espejo, soñoliento, has empezado sin saber muy bien por qué a tratarte a ti mismo de tú. «No te olvides de coger el tabaco», te has dicho, y en ese momento te has dado cuenta de que ibas a seguir haciéndolo, de que la primera persona acababa de diluirse en la nada rápidamente, sin siquiera molestarse en despedirse o dar una explicación.
Dices que no sabes si este cambio va a afectarte o no en tu manera de ser. No sabes, dices, pero crees que sí. No sabes cómo va a afectarte, pero si pensaras que no iba a hacerlo o que el efecto pudiera ser positivo, ¿cómo explicas, cada vez que piensas en ello, ese sentimiento de desasosiego que te recorre como un impulso eléctrico y termina agarrandose con fuerza a tu estómago produciéndote algo parecido a una arcada? Pobre diablo. No quieres saber, pero sabes.
Me consta, y quiero decírtelo, que tu verdadero temor proviene de que crees que quizá estés empezando a dejar de verte a través de la gruesa lente de deformante indulgencia que te ha acompañado toda tu vida. Temes, por encima de todo, llegar a descubrirte tal cual eres, ser capaz de escarbar con la uña en la múltiple red de complejos, inhibiciones y mezquindades que te conforman.
Y muchacho, disculpa el tono paternal, que no me sale otro, sólo te lo diré una vez: vas listo si crees que este patético intento de tratar literariamente tu inmunda humanidad va a salvarte de alguna de las consecuencias que te esperan agazapadas a la vuelta de la esquina. Espero que sufras. No tengas por favor la cara dura de venir encima a preguntar por qué.
Benjamin Nazka


"Incluso si cambias los pronombres yo, tú, él, una novela sigue siendo un monólogo" (Gao Xingjian)
"Incluso si te tratas como un desconocido, continuas siendo tú yo y él. (ciclotimico)