Seamos Sinceros (II)

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Dedicado a todas esas personas
que un día perdieron un ser querido.
Especialmente a mi madre, Miriam, Nito y Jesús.

Últimamente Muerte viene ocupando gran parte de mis pensamientos. Y eso es mucho teniendo en cuenta que un noventa por ciento de mi trabajo cerebral se desperdicia en pensamientos banales ciertamente nada literarios. Esta interrupción en mi sacra bajeza –característica impertérrita adosada a mí mucho antes de la adolescencia– ha sido debida a las incursiones realizadas en el último mes por parte de la impresentable señora de capucha negra y guadaña en mano. Tres es el número escrito con su osadía. Tres. Un número que, con su circular danza macabra, suma y sigue sin descanso alguno.

Hará unos ocho años leí un cuento popular en una edición titulada «La memoria de los cuentos» (Colección Austral). Su título era «El gesto de la muerte», y decía así:

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:

- ¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.

El bondadoso príncipe le prestó sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:

- Esta mañana, ¿por qué le hiciste a mi jardinero un gesto de amenaza?
- No fue un gesto de amenaza -respondió la Muerte-, sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta mañana y es allí donde debo tomarlo esta noche.

Ese mismo día decidí no ir nunca a Ispahán; no fuese yo a encontrarme a la muerte. Pues dudo, dados mis pocos conocimientos de ajedrez, que pudiese ganar algo de tiempo como hizo Antonius Block en «El Séptimo Sello» de Bergman. Realizo un paréntesis y aprovecho estas líneas para comentar que me he dado cuenta de lo bien y culto que queda dar referencias literarias, cinematográficas o culturales en general y cierto es también que nunca se sabe el sabor, color y textura de una naranja hasta mondarla. Estas dos afirmaciones, tan dispares entre ellas, bien podrían pasar por la batidora de Carmen París –cantante nacida en Tarragona que fusiona la jota aragonesa con el flamenco, el jazz, la música andalusí y otros estilos musicales– para finalizar concretándose en dos tonadillas semblantes. La primera, sería la analogía existente entre la naranja y la muerte al estarnos vetado sabor, color y textura hasta un momento dado. ¿Será la vida el exocarpo de algo más? ¡Puro existencialismo! La segunda tonadilla, si no más cercana más obvia, visualiza las «referencias» culturales anteriormente aludidas como la cáscara mostrada al exterior; su finalidad es la de hacernos sentir bien con nosotros mismos captando la atención externa. En otras palabras; nos hace sentirnos vivos, ayudándonos a olvidar que desde que nacemos empezamos a jugar una partida de ajedrez de antemano perdida ¿No es entonces la cultura una negación en si misma de lo que es en sí nuestra propia existencia? Semejante gasto continuo de energía psicológica en preservar la vida sería imposible si el miedo a la muerte no fuese tan persistente (Edie J.M. Patterns of the Life-World; referencia encontrada en el libro La Negación de la Muerte de Ernest Becker).

Lo banalizamos todo. Absolutamente todo. Y de lo importante, de lo realmente importante, tendemos a olvidarnos con suma facilidad. La mayoría de los hombres vive con espontaneidad una vida ficticia y ajena... Pero la mayoría es feliz y goza de la vida sin darle la menor importancia. En general, el hombre llora poco, y, cuando se queja, es su literatura (Fernado Pessoa).

La antigua religión de los tibetanos era una forma de chamanismo (adoración al espíritu), conocida por bon, que todavía cuenta en el Tibet con muchos adeptos, llamados bon-po. Sus sacerdotes, considerados hoy como meros hechiceros que rinden culto a los demonios y celebran ritos a la fertilidad, emplean siempre sortilegios y cantos, hacen aterradores llamamientos por medio de una especie de trompeta de fémur humano (rkan-dun) y baten un tambor de mano formado por dos medias calaveras dispuestas como un reloj de arena (rna-ch’un) (Historia General de la Música. A.Robertson y D.Stevens. Ed. Istmo).

Semejante instrumentación sólo es posible entendiendo el cuerpo humano como un receptáculo, un continente que nos es prestado por un tiempo finito. Tras la muerte del Yo, éste pierde todo significado y es devuelto a la tierra para ser aprovechado para otros usos. Actualmente algunas empresas de servicios funerarios cuentan con el particular servicio de convertir en joya los restos incinerados de lo que, en su día, fue un ser humano. No nos extrañemos pues, que ante la inocente pregunta ¡Qué anillo más majo! ¿Dónde lo has comprado? Se nos conteste: Es mi difunto marido, me ha costado tres mil euros.

A mis treinta y cuatro años, lo poco que sabía, y continuo sabiendo, de la muerte es que es como estar dormido pero sin la constante molestia de tener que levantarte cada noche para ir a orinar o, en el peor de los casos, a trabajar. Nunca me han gustado las despedidas y supongo que por esta misma regla nunca me han gustado los entierros. Puede ser que el ser humano, a determinada edad, esté preparado para la muerte, pero seamos sinceros: ¡No estamos preparados para el sufrimiento! Y, aunque en determinadas culturas al hecho de la muerte le sucede una celebración cargada de vitalidad, en la nuestra solo le sucede el apiadamiento, la condolencia y la tristeza. Hará dos semanas, visité el cementerio del pueblo de mis padres, allí pude encontrarme con el descanso de mis antepasados. Me sentí feliz de este reencuentro, a muchos de ellos ni los conocí ni me conocieron, pero saber de ellos y de su existencia en esta tierra, cuando yo todavía estaba muerto, me embargó de un tremendo sentimiento de agradecimiento. Gracias a todos por haberme regalado este sueño.

De una manera u otra, deberíamos ser capaces de afrontar nuestra temporalidad, quizá de esta forma, siendo conscientes de que las personas que hoy están a nuestro lado mañana podrían no estarlo, dedicaríamos nuestro tiempo a las cosas que realmente son importantes.

Ciclotímico

Mié, 01/11/2006 - 19:44

Leerte no sé si es importante, pero desde luego es un placer.

Si es un placer es importante. Disculpa mi frivolité.

Un noble persa cuenta:

Mi jardinero ha entrado esta mañana
gritando horrorizado: "!Alá me valga¡

Estaba yo pondando los rosales
y ha venido la Muerte a visitarme.

Bañado en sudor frío me he escapado
del gesto de amenaza que ha esbozado.

¡Pronto, señor, dadme vuestro alazán
y esta noche estaré ya en Ispahán!"

Y salió volando... Sin embargo, esta tarde
me he encontrado a la Muerte en el parque.

Esperaba a que yo hablase primero:
"¿Por qué has amenazado al jardinero?"

Ha sonreído y me ha dicho: "No quería asustarlo;
ha sido un gesto de sorpresa al encontrarlo

aún aquí, afanado en su rosal,
cuando esta noche he de llevármelo en Ispahán."

(Extraído de la novela "El reflejo de las palabras" de Kader Abdolah)

Jorge Luis Borges lo incluyó en sus "Cuentos Breves y Extraordinarios" (1953). El poema original está atribuido a Jean Cocteau, publicándolo por primera vez en el libro "Le Gran Écart" (1923).

http://www.desk.nl/~sur/00surroseti.html

Siendo conscientes de que las personas que hoy están a nuestro lado mañana podrían no estarlo, lo único que aceptamos es la temporalidad de los demás, no la propia.

La propia temporalidad no me parece muy complicada de asumir, lo imposible de aceptar es la temporalidad de quien realmente nos importa. Esa simplemente la aguantamos