Iris

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A veces la vida se nos complica, o nos la hacemos más difícil de lo que nuestro débil corazón puede soportar. Así pensaba Igres, un joven que andaba por las calles del barcelonés barrio de Gracia.

No hacía mucho tiempo, había descubierto un pequeño café-bar, donde la música en directo se mezclaba jolgórica con los humeantes cigarros posados en pequeños ceniceros de cristal. Botellines repletos de cerveza, infusiones servidas en taza, copas de vino rojizo y otras bebidas acostumbraban a formar círculos alrededor del humeante brasero repleto de colillas, todos juntos se dejaban oír tintineantes a ritmo de la música siguiendo libremente el compás. Cuando la armónica dejaba de hablar y se apagaba tenue la voz acariciante de unas pequeñas cuerdas vocales, todavía despuntaba algún que otro chasquido de dedos que no había podido contener la intensidad emotiva del momento.

Igres solía dejar que la espumosa cerveza besara suavemente sus labios; la saboreaba y se impregnaba de su sabor de la misma manera que se dejaba impregnar por el ambiente cálido y amable del bar. No era especialmente bueno ni malo siguiendo el ritmo que merodeaba las paredes ocres del local, solo vivía el estar ahí: escuchar buena música; observar las fotografías colgadas que ya empezaban a serle familiares; dejar bailar su imaginación y verse sorprendidamente posado en la línea de una bonita melodía, con los pensamientos ensalzados de acordes musicales y el cuerpo dispuesto a contornearse a través de la partitura, siguiendo el camino que el músico marcaba... ¿hasta cuándo? Pensaba...

Uno de esos anocheceres, se agitó por la calma que se respiraba. Un hombre sentado dando la espalda al viejo piano, rasgaba una guitarra mientras su voz sureña inspiraba llanuras amarillentas y ríos de cielo claro-azul. Hoy toca blues intimista —se dijo a sí mismo. El artista, con su evidente gorro de lana, observaba a través de los anchos cristales de sus gafas cómo iba creando con su voz y su instrumento una sensación de bienestar a todos los presentes. Se le veía una persona sincera, sin alardes, sin virtuosismos, sin extraños pareceres que, algunas veces, hacen que el público se sienta mal. A su derecha se alzaba solitaria una copa, a la cual de tanto en tanto le infundía calor con un gesto de su mano, se la llevaba a los labios y saboreba su intenso olor, entonces se podía ver como el músico dejaba llevarse por la espiritualidad del vino que yacía encerrado en la transparencia del cristal.

Algunas personas taconeaban concienzudamente entre partitura y partitura que, característicamente, él dejaba en el lado izquierdo de la tapa del piano —un estrecho escritorio de canciones ya cantadas que iban marcando el inminente final—. La voz fue acariciando los corazones de los asistentes, los alzó agitadamente para hacerlos sentir vivos y, más tarde, los acunó con melodías suaves para devolverlos a su cauce. El silencio se adueñó de todos.

Igres, terminó tranquilamente su copa dorada de cerveza, en el justo momento en el cual su estómago emitía un rugido acerado. Salió por la puerta del café-bar con sus pensamientos abstraídos en sí. Se sentía bien, le había gustado el espectáculo que acababa de alimentar su alma y ahora se disponía a alimentar su cuerpo.

Se sorprendió al encontrarse enfrente de la puerta de una hamburguesería, y pensó que su estómago había secuestrado su mente llevándolo hasta ahí. Miró a través del cristal de la puerta corredera y vio como la gente, que estaba en el interior, ingería y bebía entre palabra y palabra. Decidió entrar pues el hambre le apremiaba y el estómago apretaba con tanta fuerza que corría el peligro de perder los pantalones...

Si Igres hubiese sabido lo que le iba a suceder al entrar en ese bar, quizás... solo quizás habría dado media vuelta y se habría alejado a tal velocidad que el suelo se habría despegado de las suelas de sus zapatos visualizando desde las alturas el reflejo de su expresión de asombro en las caras de los peatones. Pero Igres no sabía nada. Y por eso decidió entrar.

Las paredes del bar se derrumbaron cuando la dulce sonrisa de la camarera se posó en sus ojos mientras un mar de flores de vivísimos colores se pintaba detrás de ella. Igres pestañeó en un intento de emerger a la realidad pero todo esfuerzo fue en vano. La sonrisa se deslizaba con la suavidad de una pluma por su garganta. Un pez salió del agua, se transformó en un ave de espeso plumaje e inició su vuelo en dirección hacia el Sol que empezaba a despuntar en el horizonte. El cielo era un mosaico de tapices azulados y el Sol irradiaba felizmente un naranja rugoso que se expandía lentamente hacia el oeste. Igres podía oír el susurro del mar de flores acariciando la arena fucsia de la playa. Una enorme ola se levantó avanzando rápidamente hacia un peñón, chocó con éste y las flores se esparcieron por los vientos cubriendo toda la playa con una finísima lluvia de pétalos multicolor. Igres sonrió ante tan bella imagen y reparó en que la sonrisa de la muchacha se le había afincado en su corazón haciendo que sus latidos cobraran vida por sí mismos. Se sintió feliz. Sonriente pidió una hamburguesa completa acompañada de una copa de vino y esperó a que la jovial muchacha se la sirviera.

Cuando la hamburguesa estuvo enfrente sintió la curiosidad de ver su contenido, fue entonces cuando al posar la mano en ella, sintió un dolor agudo en uno de los dedos. Igres emitió un sonido seco y agudo, se miró el dedo y vio que tenia una pequeña hendidura en la yema. O estaba soñando o la hamburguesa le había mordido. Cogió el plato y le dio vueltas lentamente, empezó a observar detenidamente la hamburguesa y exploro todo su contorno sin ver nada extraño. Hizo una mueca interrogante y volvió a coger la hamburguesa con las dos manos. El grito que hizo dejó a toda la congregación del bar en silencio. Igres estaba aterrado, pero cuando la muchacha apareció y le pregunto qué pasaba éste mantuvo la compostura y dijo:

— Todo está bien, no pasa nada. Solo me he quemado un poco al coger la hamburguesa.
— ¡Cuánto lo siento! —Le contestó con un gesto sazonado de dulce preocupación.

Igres, que en su fuero interno deseaba desalojar el mal momento al que, extrañamente, había sido sometido, acarició con su mirada los tiernos ojos de la muchacha y, entre brisas de alamedas y cantos de jazmines acompañados con destellos primaverales, tartamudeó con suma timidez:

— ¿Cómo te llamas?
— Iris. —Respondió dando media vuelta para continuar con su trabajo.
— ¡Bonito nombre!— Susurró Igres —¡Bonito nombre!— observando con desconfianza la hamburguesa...

Igres examinó de nuevo la hamburguesa; la exploró con inusitado esmero dándole vueltas y más vueltas al plato, acercándolo cuidadosamente a la luz reflejada por una de las lámparas anaranjadas. Observó. Miró y remiró. Frunció el ceño girando repetidas veces el plato, acercando su nariz peligrosamente al amasijo de carne picada y, cuando su grado de desconfianza hubo alcanzado el cénit, se llevó un mondadientes a la mano y, con la curiosidad de un niño ante un insecto desconocido que yace inmóvil en el suelo, empezó a hurgar en el pan. Primero fue suave; un pinchazo aquí otro un poco más allá. Más tarde, con la razón pendulando entre el miedo y la curiosidad infantil, se ensañó con el bollo de pan. La hamburguesa permaneció inánime, inerte como toda carne pasada por el fuego de una plancha de cocina. A decir verdad, lo único que Igres llegó a oír fue una risilla burlesca emitida desde el interior de la barra del bar. Igres enrojeció por su obstinación viendo que Iris se le acercaba.

— ¿Nunca te han dicho que eres extremadamente raro?— Acometió Iris. —¿Qué estás haciendo?—.
— Nada. Bueno... eso... ¡No quisiera quemarme de nuevo!— Contestó él.
— ¡Ja! Con el tiempo que llevas jugando con la hamburguesa ya debe de estar más que fría...
— Si, supongo que tienes razón... solo esperaba a que le llegara el «rigor mortis», creo que no estaba muy hecha...— contestó absurdamente Igres.

Iris hizo claramente una mueca de incredulidad alejándose rápidamente para servir a una pareja que acababa de entrar por la puerta corredera del local. Mientras, Igres observándola pensaba que esa chica tenía algo especial; quizá era solo el gesto de amabilidad que utilizaba con cada uno de los pestañeos de sus ojos; quizá fuese la frescura del rocío, convertido en invisibles gotas de aguas de azahar, que se posaba en la piel de Igres cada vez que la veía pasar; o quién sabe si tal vez fuese la musa inspiradora de una pequeña historia que algún día acabaría en sus propias manos...

Igres, imaginativamente desvariando, olvidó el peligro que le acechaba desde que había entrado en el bar. Su estómago no se había acallado desde entonces, y ahora más amenazante que nunca buscaba tercamente el momento de debilidad para saborear el esperado manjar. Así sin poder evitarlo sus manos se lanzaron en busca de la hamburguesa fría y la alzaron hasta la altura de la boca salivosa. La hamburguesa saltó de las manos de Igres abriendo sus enormes rebanadas, dejando al descubierto unos afilados dientes que se clavaron mordazmente en la nariz de Igres.

Una lágrima de dolor resbaló por la mejilla de Igres. Esta vez se contuvo y no emitió ni un solo sonido, más por el miedo petrificante que sentía que por el ridículo que estaba a punto de volver a pasar. La hamburguesa cayó en sus muslos esparciendo cebolla, queso y especias por toda su cara y todo su pecho. De la nariz empezó a emanar pequeños hilos de sangre caliente que se mezclaban confundidos con la salsa de tomate. Cuando Igres vio la hamburguesa en sus muslos, con esa sonrisa siniestra y esos pequeños ojos parecidos a dos perlas de pimienta creyó desfallecer. — ¡Te lo mereces!— le dijo ésta.

— ¿Quién eres tú? ¿Qué te he hecho yo para merecer esto? — interrogó Igres.
— Soy tu peor pesadilla, soy lo que se entrepone entre Iris y tú. Nunca conseguirás lo que te propones. — dijo la hamburguesa amenazadora.
— Pero... ¿si yo no he hecho nada?
— ¿Ah no? ¿Y esto qué es? ¿Qué estás haciendo sino? Llevo escuchando tus pensamientos desde que me han servido.
— Yo solo estaba imaginando un cuento.
— ¡Ya lo sé y no lo conseguirás! ¿Quién te crees que eres? ¡A Iris no le hacen falta este tipo de cosas!.
— Solo pretendía hacerle un pequeño detalle... ¿Qué hay de malo en eso?
— ¡Yo!— Y le clavó otro mordisco en la pierna derecha.

Todo empezó a dar vueltas e Igres se desvaneció. La oscuridad se apoderó de todos los coloridos prados que Igres había ido imaginando. Las palabras cesaron de cosquillear su imaginación y los pájaros que antes revoloteaban en el mar sonriente de Iris, cayeron en picado hacia las profundidades. La última imagen que Igres consiguió arrancar a la realidad y llevársela a su mundo, antes de desvanecerse, fue la dulce sonrisa floral de Iris sirviendo en la mesa de enfrente, ajena a todo lo sucedido. Con ese último esbozo de poesía Igres consiguió acabar lo que había empezado contrariando las amenazantes palabras de la hamburguesa; con el último aliento de su corazón escribió las últimas palabras en su piel convertida en papel, el resto de Igres se esparció por el aire vistiendo las paredes del bar con petunias y nubes blanquecinas de algodón, una parte de él se posó en el rostro de Iris, en el cuello, los cabellos y las manos, y de la misma manera que había sucedido anteriormente, se filtró por la piel de Iris llegando a ubicarse en un cachito de su corazón. Iris sintió cómo sus latidos cogían vida propia y escapaban de su interior. Una sensación le sobrevino, y cuando se giró en dirección de la mesa buscando la mirada de Igres... solo encontró una hamburguesa celosa esparcida por la mesa y unas hojas de papel con una historia escrita que empezaba así:

«A veces la vida se nos complica, o nos la hacemos más difícil de lo que nuestro débil corazón puede soportar...»

Ciclotímico

Mar, 12/12/2006 - 13:39

Llámenme rara, pero "Iris" me recuerda a "La hierba roja" y Ciclotímico a Syd Barrett. Naturalmente, estoy encantada.

me ha encantado la historia, es preciosa y cuanta razon esconde...

Me consta que nuestro Ciclotímico, que hoy por cierto se ha lucido en Tabernil, es un atento lector de Boris Vian, así que las conexiones con La hierba roja no me sorprenden... con lo que me ha descolocado usted es con Syd Barret, lo confieso.

"Syd Barrett padecía esquizofrenia agravada por episodios psicóticos, una situación totalmente incapacitante que le obligó a someterse a cuidados intensivos y a retirarse a casa de sus padres..."

¡Piensa siempre en positivo!

entonces...el final es feliz?

Muy bueno, y curioso por que pese a la hamburguesa carnívora resulta muy poético. Es tu rollo sin duda.

por cierto, tengo problemas para leer los textos de tabernil. Tengo que hacer un copy-paste al word...

Ups, qué mal lo he hecho... no me recuerda "Iris" a "La hierba roja", sino a "La espuma de los días" (y no lo digo por citar otra de Boris Vian así, al tun-tún) y Ciloctímico no me recuerda a Syd Barrett, sino que la música de Syd Barrett me hace pensar en Ciclotímico (no busquen explicación, ni yo misma la encuentro).

¡Qué bonito! ¿Han visto? ¡Nieva!

que bueno, me encantan los diálogos sobre todo y el de la hamburguesa es de lo mejor,

sí que nieva sí.

A mí sinceramente me tiene más un aire de E.T.A Hoffmann que de Boris Vian; ambos muy válidos y apreciados por mí.

Gora Euskadi? :)