Con poco más de quince años me abrumó el éxtasis de la post-adolescencia traumática y todos los recuerdos recopilados hasta el momento pesaron más que los años que estaban por venir. Me dejé seducir por la dulzura del sueño profundo, por el no-hacer y por el victimismo glorioso del que lo da todo por perdido. Durante ese largo periodo de tiempo, creo recordar que en total acumulé entre dos años y medio y tres años de necrosis cerebral, me consagré exhaustivamente a la vida contemplativa del que no contempla nada; leía hasta altas horas de la madrugada libros inertes de por sí como Fantasmas de Peter Straub, La larga marcha de Stephen King o El señor de los anillos de Tolkien, así como un sinfín de revistas clasificadas «para adultos» como eran Creepy, Cimoc, Cairo, El Víbora y Peter Pank entre otras. Me dejé arrastrar por el rugir metálico a cuatro tiempos del motor heavy; aferrándome durante el día a los auriculares de mi walkman Sony y escuchando, durante la noche, RNE Clásica para acabar despertando por las mañanas con música barroca, renacentista, cantos gregorianos o madrigales dependiendo de si era lunes, martes o cualquiera de los sucesivos días de la semana. Mis quehaceres diarios pasaban entonces por leer mierda (de la buena), escuchar mierda (de la buena), fumar mierda (muy, muy buena) y buscar la autosuficiencia complaciente a base de machacarme la polla insistentemente. Ni veía, ni quería un futuro.
En mis pocos momentos de lucidez mental me sentaba frente a un piano de pared que todavía conservo para recorrer con los dedos escalas, triadas, arpegios y demás combinaciones estúpidas de ejercicios hasta parar en seco al caer en la cuenta que tanta repetición mecánica me producía un efecto contrario a la agilidad de dedos que tanto ansiaba encontrar; ni la tuve nunca ni, con el paso del tiempo, la encontré. ¡Siempre odié el Para Elisa de Beethoven! ¡Y que desasosiego encontré al descubrir el Álbum de la juventud para piano op.39 de Pyotr Ilych Tchaikovsky con sus partituras «La muñeca enferma» y «El funeral de la muñeca»; Elisa no era mucho más que una joven putita calienta pollas que por mucho que la tocaras nunca se dejaba llevar, contrariamente, la muñeca de Tchaikovsky, con sus ojos entornados hacia arriba, su pelo resquebrajado y enmarañado, sus mofletes sonrosados incrustados de suciedad y sus extremidades desencajadas, no solo se dejaba tocar sino que resucitaba en cada una de las repetidas interpretaciones musicales ¡Cuantas veces la enterré! ¡Cuantas veces!
Cumplí los diecisiete años enamorado de las alturas, de la sensación de vértigo que me producían y del ¿qué pasaría si….? Absorto en mí, mientras mis amigos se emborrachaban felizmente yo me arrinconaba y los observaba casi sin hablar. ¿Qué te pasa? Creo que ha sido la pregunta que más me han formulado en mi vida. ¡Y a ti que coño te importa! La respuesta que más veces di. En el silencio de mi habitación empezaba a florecer, más que la pasión, la necesidad de expresar todo lo que era incapaz de vocalizar. Durante esos años me apasioné por el dibujo, bueno, por un tipo muy específico de dibujo: los cementerios, páginas y páginas de diversos cementerios en los cuales siempre encontraba un lugar para mi lápida.
Todavía recuerdo con cariño el día en el cual me crucé con una de esas máquinas expendedoras de tarjetas de visita instaladas en muchas de las estaciones del metro de Barcelona, Director del Manicomio de Sant Boi rezó la mía; durante mucho tiempo mi más gran pretensión.
Cansado, hastiado, harto confuso de todo, con esa sencillez de la cual siempre me caractericé en mis fueros decidí suicidarme –de mi piel «pá» dentro soy un estado soberano, y tengo mi propia jurisdicción, sólo yo decido quien traspasa la fina piel que conforma mi frontera, solo yo decido lo que entra o sale de mí…–. Y así lo hice; me suicidé en uno de los puentes que, anteriormente a la Barcelona –in-, cruzaban la Meridiana.
A la noche se la lleva el viento frío de noviembre, ya solo me queda saltar, desparramar mi cuerpo cansado contra el asfalto de una ciudad que nunca merecí vivir. Con los pies apoyados en la parte inferior de la barandilla, mi cuerpo se inclina contra el vacío viendo los coches girar desde la calle Valencia en dirección a mí, mis manos aferradas al hierro se desprenden de su frío contacto. Caigo, grito y muero.
Estas mismas palabras quedaron escritas en un papel que noches más tarde, después de despedirme de todos mis sufridos amigos, lancé desde el mismo puente para el que habían estado escritas. Y esa noche, en un acto silencioso de cobardía o valentía (¡que más da!) empecé a afrontar la vida dejando atrás todos mis temores, desilusiones y frustraciones aplastadas contra el asfalto.
Nunca leeré En picado de Nick Hornby ni conoceré las miserias de sus personajes pues todo lo que necesitaba saber o experimentar sobre el suicidio, ya en su día lo hice. Y créanme de buen grado, se puede ser cobarde, se puede ser ciclotímico o sencillamente idiota pero cuando de suicidios se trata lo que hay que matar es la corrosión del alma que no te deja vivir. Por mucho que estampes tu cuerpo desde mil pies de altura, te devanes los sesos a punta de pistola, te atiborres a barbitúricos o busques la forma más compleja para acabar con tu propia vida, por mucho que te alejes; los problemas continuaran existiendo.
Ciclotímico


Los problemas continuarán existiendo, pero el que los sufre, no. Supongo que eso es lo que hace atractivo al suicidio. En ocasiones la vida parece un camino que vale la pena recorrer, pero en otras, se hace insoportable. Y entre estos dos extremos nos movemos la mayoría de los individuos durante nuestra corta (¿o larga?) existencia. La mayoría de nosotros, ya sea por cobardía o valentía, nos quedamos para poder contarla. Eso sí, hay muchas maneras de contar los vericuetos por los que pasa un individuo. Se puede elegir la tragedia, la comedia o una mezcla de ambas (ya sé que acabo de decir una obviedad), y ninguna de ellas garantiza la calidad de lo narrado o la profundidad con la que se atiende un tema. Y de la misma manera que hay momentos para llorar y otros para reír, existen momentos para leer algo que no ofrezca concesión al sentido del humor y otros, para hacerlo acerca de un problema a través del prisma de la ironía y sonreír a pesar de todo. “En picado” es una lectura que se ha de reservar para cuando se está en este último estado de ánimo.