Lo reconozco. Houellebecq me pone a cien. Y no en el sentido peyorativo de la palabra sino en el puro sentido «pollativo» (apunten ésta para la Real Academia). Sentado en el asiento 19A del tercer vagón del primer Altavia que parte de la Estación de Francia hacia Puerta de Atocha, llevo poco más de media hora leyendo Plataforma de M. Houellebecq y me he sorprendido con una dureza extrema acosándome desde la entrepierna amenazando reventar la bragueta de los tejanos que llevo puestos. En un intento de salvaguardar mi integridad física he levantado la vista del libro y, al mirar frente a mi, ¡horror! una rubia ceñida en el interior de unos vaqueros con unas botas negras de medio tacón que le llegan hasta poco antes de las rodillas se ha empeñado en conversar con su compañero de trabajo —un italiano algo estúpido— cuestionándose por qué casi toda la gente del vagón duerme. Si bien mi reacción natural habría sido cagarme en sendas madres de sendos personajes por tan absurda y vociferada cuestión a las ocho de la mañana; la bestial erección que la lectura de Plataforma me ha inflingido, y debo pensar que todo flujo sanguíneo se me ha acumulado en un único punto, llamémosle polla, ha conseguido que desviara rápidamente mi atención auditiva, aniquilándola por completo, para pasar a un estado totalmente visual en el cual en menos de un par de segundos mi tremenda erección se ha liberado para silenciar por completo las palabras de la muy puesta directora de marketing que ha pasado en un instante de decir una serie de palabras estúpidas, pero más o menos coherentes, a emitir apagados sonidos guturales para mi más plena satisfacción.
Tal imagen cerebral me ha asustado y rápidamente he desviado mi atención para acabar chocando con unos glúteos muy bien embutidos en otros tejanos que se arrapan a la perfección a las piernas de una morena de cabello liso y largo que duerme placidamente en posición casi fetal de espaldas a mi. Ese estado indefenso en el cual se encuentra me está permitiendo observarla brevemente con un poco más de discreción, Houellebecq se ha apoderado de mi, y si bien no atino a verle todo el rostro tres puntos a modo de palpitaciones viriles han conseguido llamar mi atención: unos labios perfilados y algo sobresalientes, un pómulo destacado y, ¡uf! unos guantes negros de lana a medio brazo. Mi miembro erecto se ha levantado acorralándola de cara al cristal, le ha despojado de toda vestimenta dejándole únicamente los guantes y acto seguido ha arremetido directamente hacia el sonrosado bulbo de su coño perfectamente rasurado. Decido ir al lavabo.
Si bien los lavabos de los trenes de cercanías no cumplen con las minimas condiciones higiénicas, he de decir que los de largo recorrido se encuentran en un estado impecable en cuestiones de higiene y comodidad. Abro el grifo y me despejo un poco la cara en un intento de bajarme los colores y refrenar este estado de mente calenturienta al cual, ni estoy acostumbrado ni deseo permanecer. Me miro al espejo y me digo: ciclo, relájate. Mi pene permanece erecto, impertérrito a mis órdenes mentales. Recuerdo un truco que me enseñó mi madre para cuando al levantarme de pequeño con ese hinchazón matutino consiguiese de forma rápida y precisa calmar la sed del monstruito; consistía en azotar suavemente con el canto de la mano el tronco tieso para que se destensara. Desabrocho el cinturón, desabotono los pantalones y bajo la bragueta bajando al mismo tiempo los pantalones un poco por debajo de la cintura, introduzco la mano en el interior del bóxer y saco mi sexo hacia el exterior. Solo verlo me viene la imagen de los guantes negros, el culo ajustado de la morena y la campanilla de la rubia rozando mi glande; aún sin desmerecer la cavidad bucal de la morena con sendos mofletes a rebosar. Decido masturbarme. Tengo que volver a la normalidad.
Ocho y media. Abro la puerta del lavabo para dirigirme a mi butaca. De camino, en el pasillo, unos pezones puntiagudos de diecinueve años de edad acompañados de sendos pechos jovialmente firmes me rozan esbozando una sonrisa como excusa ante la atenta mirada de la madre. ¡Será cerda!, pienso. La madre me mira desafiante mientras paso por su lado y aprovecho para girarme y darle un buen repaso a la espina dorsal de la hija. Empiezo por el cuello y acabo a la altura de los muslos pues el resto de sus extremidades no son de mi interés. La mirada amenazadora de la madre se vuelve más intensa.
Sentándome ya, esbozo levemente una educada sonrisa a la rubia compañera de viaje que me acabo de trajinar a golpe seco de zambomba. Giro mi cabeza hacia la izquierda. Negros Guantes continua durmiendo con el culo bien en pompa; entiendo que después de tanto trajín francamente debe de estar agotada. Cierro los ojos y duermo. Mientras duermo recuerdo algunos pasajes de Plataforma.
Me he despertado con el libro en las manos abierto por la página sesenta y nueve:
— Es completamente vergonzoso que unas bestias vengan a aprovecharse con total impunidad de la miseria de esas chicas. Todas vienen de las provincias del norte o del nordeste, las regiones más pobres del país.
— No todas… —objetó él—. También las hay de Bangkok.
— ¡Es esclavitud sexual! —aulló Josiane, que no le había oído—. ¡No hay otra palabra!
Yo bostecé ligeramente. Ella me echó una mirada fulminante, pero siguió, poniendo a todo el mundo por testigo.
— ¿No les parece escandaloso que cualquier cerdo pueda venir a tirarse a unas chiquillas por un bocado de pan?
— No por un bocado de pan… —protesté con modestia—. Yo he pagado tres mil baths, más o menos el precio francés.
Sin saber en que momento he cogido el libro y me he puesto a leer, continuo leyendo sin más explicaciones.
La directora de marketing y su alelado compañero se levantan camino hacia el vagón bar. Lleva puesta una blusa ancha —tipo premamá— que no le favorece nada. Supongo que será debido a la necesidad de igualdad en el trabajo, ese tú a tú negociador que requiere de miradas directas a los ojos. Estoy convencido que si fuese comercial y su nómina dependiese de una cuota, su estrategia en el vestir sería totalmente diferente. Continuo leyendo. Treinta páginas después Houellebecq se entretiene en el Naughty Girl y mis recuerdos se remontan a la primera masturbación que, muy a pesar mio, me inflingí. ¿Cuántas veces se masturba un hombre a lo largo de su vida? Teniendo en cuenta que yo perdí la cuenta hace muchos muchos años, infinitas es una buena respuesta.
El tren entra en la estación de Lérida. ¡Esta ciudad si que es deprimente!— le dice la rubia a su lacayo, ya de vuelta del bar. Me molestan. No soporto al italiano, de facto no soporto a los italianos desde el día que vi a uno coger una paloma en la plaza Gaudí para poco después soltarla frente a una hermosísima paisana. Contaba yo con poco más de diez años y para asegurarme de que ciertamente las primeras impresiones son las que cuentan, el verano pasado viajé a su país, mi parecer sobre ellos no ha cambiado; todo lo contrario, ha empeorado. Decididamente me levanto con una enorme hinchazón de huevos —esta vez producida por la indigesta ingesta de mis compañeros de viaje— decidido a fumarme un cigarro en el andén.
Entre bocanadas hago un pequeño ejercicio mental de todas las mujeres que algún día fueron «sex-symbol» de mi masturbación. Conocidas se escapan pocas; con el paso de los años más. Llego a la conclusión de que existen tres tipos de hombres, los que follan, los que dicen que follan y los que nos masturbamos insistentemente y cuando nos dejan hacemos el amor. Tiene sentido; con las ansias mermadas complace más el pre-coito. Y al final, meter la polla en la calurosa concavidad de un coño, porque sí, podría asemejarse a enrollársela con un bistec y friccionar hasta reventar. Me acabo el cigarro y subo de nuevo al tren. En la plataforma de entrada me cruzo de nuevo con la putita de diecinueve años; otra vez acompañada de su madre. Vista de pie, la madre no está nada mal. Calculo unos treinta y ocho años, viste un traje azul de corte clásico, la falda de tubo acentúa sus glúteos generosos y la blusa blanca encaja sus redondos pechos a la perfección; no lleva relleno siendo su justa delgadez el arma perfecta para sobresalir. Me sorprende mirándole directamente el escote. Ahora sonríe. Lo que imaginaba; si mis cuentas son exactas la madre es todavía más puta que la niña. Abro la puerta del lavabo y en un claro gesto de insinuación invito a madre e hija a pasar. Como era de suponer no lo hacen. Cierro el pestillo y me quedo plantado mirando directamente al espejo. Esta vez caigo en la cuenta de que el espejo me permite visualizar directamente mi bragueta. Me la saco y empiezo a menearla mirándola indirectamente a través del espejo. Esta vez no imagino nada; el orgasmo es todavía mucho mejor.
Me enjuago la cara con un poco de agua y me dispongo a salir. ¿Quién decía que hacer el trayecto Barcelona-Madrid en tren es menos cansado que hacerlo en coche?
Ciclotímico


Que difícil comentar estos ultimos tres posts de Nazca y Ciclotimico y que difícil no comentarlos. Me callo. Mejor me callo. Pero mola.