De acuerdo, lo contaré, no quiero ser fingiendo.
Hace muchos años era una máquina.
Desde mi nacimiento no me comporté como los demás niños, ni siquiera necesitaba comer, o por lo menos no mucho. Permanecía horas y horas en la cama, tantas como me ordenaban, pero mis ojos miraban fijamente, mis párpados nunca se cerraban.
Mis padres se percataron pronto, a pesar de mi insensibilidad, a pesar de que no les besaba, no les acariciaba, y ni siquiera derramaba lágrimas cuando me regañaban, pues se dieron cuenta de que, a pesar de todo eso, era muy diligente, muy servicial. No había nada que ellos desearan que no intentara conseguirles, no consentía que mi madre hiciera la tareas domésticas sola, de hecho llegó un momento en que le pedí que, por favor, dejara que yo me encargara de todo.
Mi padre se resistió bastante, no podía acostumbrarse a que le arreglara el coche, que lo tuviera siempre a punto. Y mucho más le costó admitir el que le tuviera listo, y junto a su butaca, los últimos records de atletismo, la relación de goleadores de la última década, equipos, partidos, comentarios relevantes, en definitiva lo que cualquier entusiasta del deporte considera un sueño.
Ellos me querían, a veces parecían retraídos en mi presencia, pero sinceramente me tenían cariño. Y yo quería corresponder a sus muestras de afecto, simplemente... las sentía innecesarias, no veía qué utilidad tenían los besos, y a duras penas podía esbozar una sonrisa que no conseguía alegrarles.
Así pasaron muchos años. Éramos una familia feliz, es verdad que la algarabía, las regañinas, los abrazos, no existían. Los demás niños, un día se quejaban amargamente de sus padres, y al siguiente llegaban alborozados por un viaje prometido, un regalo, o la emoción de saber que «papá vendrá a verme jugar».
Y no fue hasta hace diez años que llegó mi gran cambio, no fue algo paulatino, se debió a la providencia, a un afortunado encuentro. Hasta ese momento era como un robot, nunca había sentido como ahora sé normal en los humanos. Y ese día...
¡¡¡Apareció Asimov!!!
W.


y después soy yo la que hace sospechar...
no cambio mis ideas sobre usted, W, porque a mí me gusta que los textos taberniles sean incomprensibles.