Algunas veces, me siento abstraído en mi propio mundo, me desbordo y caigo en una situación de mirada al vacío que suele ser bastante desagradable para la persona que está frente a mí. En esos momentos imagino, imagino pequeñas historias, pequeños momentos de la vida y los magnifico y les doy forma de tal manera que cuando los vuelvo a mirar solo llevan una pequeña simiente, un pequeño núcleo de mi realidad... todo lo demás es paja. Tú, de un soplido me has desnudado, me has convertido en espantapájaros de mi propio ser. La urraca negra ya no viene a mí, se ríe, y esparce semillas de amarillo trigo por las afueras de la finca vallada enclavada en la tierra árida constantemente calentada por los inmutables rayos del gran tintero amarillo... rabiosamente anaranjado en los atardeceres de estío.
Cuando era pequeño y me creía adulto, pasé algún que otro verano en las áridas tierras de Lérida; concretamente en Linyola. En esos tiempos, la gente del pueblo era lo suficientemente confiada como para dejarse las puertas de casas y establos abiertas o con llave puesta. Yo veraneaba en casa de mis abuelos. Recuerdos de esos días tengo pocos, quizás la monotonía campestremente humilde del pueblo hizo que mi mente olvidara por completo la sensación de aburrimiento que me producía ese lugar. Me pasaba mañanas y tardes yendo por caminos interminablemente planos arriba y abajo, en busca de algún seto de moras, rojas o negras, las negras me producían, al borde del camino, el placer de la dulzura... de la insipidez cuando pecaban de maduras, las rojas, jugueteaban ácidas en mi paladar, me hacían recorrer cuatro pasos en busca de más moras y olvidar que las negras, en cuestión de alegría, siempre les tocaba perder. Disfrutaba de ir a comprar la leche por la mañana, con una lechera metálica colgada del brazo, me moría y deseaba que llegara el amanecer solo para ver como una señora mayor, con todo su acento cerrado me daba los buenos días mientras llenaba el recipiente de blanquecina leche recién ordeñada. ¡No bebas por el camino – me decía mi abuela – que se tiene que hervir!. Una vez pasada por el fuego, acompañada de un trozo de embutido con pan y tomate, y colada para que los grumos de la nata no nos cautivaran con sus arcadas... desayunaba escuchando los cencerros que habitaban el establo de la casa. Pasé muchas horas solo, entre pipas de girasoles y moras silvestres, si hay algo que recuerdo con grato gusto de ese pueblecito es que dentro de la nada que lo habita, la soledad siempre te acompaña.
Y la verdad, no había mejor compañía que achicharrarse al sol solitario, convertirse en rama seca, en pantano vacío o en nube pasajera, en hormiguero resquebrajado pisoteado sin piedad, en mosca pegajosa o en mosquito asesino que espera pacientemente en lo alto del blanco techo enyesado a que caiga la nocturnidad.
Ciclotímico


Es relajante su relato, Ciclotímico. Y lo curioso es que no es el único que produce esa sensación, otros que ha escrito me han producido la misma impresión, aunque en este cuadraba el decirlo