Marina creyó en un primer momento que Carlo era el hombre de su vida o al menos el hombre al que deseaba en ese momento de su vida —a punto de cumplir los 24— y por el que estaba dispuesta a perder unas cuantas noches de sueño; tampoco demasiadas porque al ser Carlo el nuevo novio de su más antigua y apreciada amiga debía Marina contener sus primeros instintos y sus shakespearianos tejemanejes mentales y olvidar a aquel chico y aún aquellos labios que solía mordisquear nervioso cuando estaba con ella, quizá cuando estaba con cualquier otra persona pero eso ella no podía saberlo pues no podía observarlo sin estar presente. Debía olvidar esos labios, sí, desprenderse de la presencia del fantasma del que ella vio en su día como el hombre de su vida o de una parte de su vida, o quizá de una noche de su vida.
Ahora que su amiga Helena está a punto de dejarlo, vuelve a dedicar a Carlo la casi totalidad de su actividad mental mientras gira el volante de su Fiat Sedici en la esquina de la Via Francesco Sforza con Corso di Porta Romana. Trescientos metros a 50 después, al llegar a la Piazza Velasca, Marina ha concluido que Carlo no es el hombre de su vida y que jamás lo será. Que en su vida no habrá hombres de su vida y que no ajustará a su dedo anular de la mano izquierda ningún tipo de eslabón que la ligue a nada, que no quiere ser honrada ni protegida en la enfermedad y mucho menos en la salud y que, de heredar el anillo de su madre y el de su abuela optará por guardarlo en un cajón muy profundo o en fundirlo para hacer con él un dedal de oro y brillantes con el que proteger de pinchazos y de androgénicas injerencias ese dedo anular.
Hace tres horas, en el Centro Integrato per Anziani de la Via Beltramino su abuela Luciana salía acompañada del joven mal vestido —o al menos así le pareció al vigilante de seguridad que apartó la vista de «L’impareggiable Sherlock Holmes» para fijarse en él—; nieto de la anciana, que la venía a buscar las tardes en las que a ella le tocaba médico. —«Cos’è oggi?» —«L’anca», dijo el joven antes de que ella procesase la información. Alesandro estaba empezando a acostumbrarse a que nadie le pidiese ninguna explicación. Ya hacía siete meses que recogía a Luciana, tres o cuatro veces al mes, algunos incluso seis o siete, en el centro en el que la dejaban de ocho a ocho de lunes a viernes. Dos o tres horas fuera y la volvía a dejar para que Marina, su madre —hija de Luciana— o quien quiera que tuviese tiempo ese día pasase a recogerla.
Luciana pedía poco, un paseo por algún parque lejano, una película en algún cine cercano, una cerveza en una cafetería, alguna vez un beso en los labios o una caricia en los senos; y pagaba bien. Ella no quería forzar la máquina con Alesandro. Aunque sabía a donde quería llegar se tomaba su tiempo. A los 73 no es que le sobrase mucho pero había aprendido a dosificarlo bien. Cuando era niña no tuvo prisa por crecer, al contrario que sus amigas ella entendió desde un principio que el tiempo es un bien preciado, más que el oro de los anillos de casada que esas amigas acarician ahora solas. Matrimonios tempranos con maridos que fueron a guerras de las que no volvieron, funerales tempranos, duelos y muertes en vida. Luciana fundó una empresa secreta de gestión de tiempo, del suyo. Tiempo para todo pero no para todos. El tiempo no es dinero, pero el dinero compra tiempo y ella no pagaba lo suficiente como para decirle aún a Alesandro lo que se proponía hacer con él.
Hace tres años, cuatro meses después de su setenta cumpleaños para que nadie sospechase que la efeméride iba ligada a su decisión, comenzó a fingir síntomas de locura transitoria, demencia senil o quizá demencia vascular. Había leído que ese mal, originado por una merma en la sangre que llega al cerebro, podía empezar a manifestarse a partir de los 65 así que tenía excusa facultativa para poner en marcha la pantomima. Lo que más le divirtió de esa etapa previa a la decisión de sus hijas de ingresarla durante las horas de sol en el centro para ancianos, fue el hecho de dejar de aguantarse los pedos o de esconderlos o de esconderse ella para darles rienda suelta. Pedos y pedorretas participaban de las reuniones familiares, consultas médicas y veladas televisivas. No se peía a discreción, elegía bien los momentos y los espaciaba lo suficiente en el tiempo como para que no se convirtiese en un acto rutinario. Esconder comida en el escote le fastidiaba más y sólo lo hacía en ocasiones muy especiales. Pero lo que peor llevaba era fingir ante todo el mundo que ignoraba la existencia pretérita de su marido que, ahí le habían fallado los cálculos, había muerto bastante antes que ella. Para compensar, de vez en cuando actuaba como si él siguiese vivo. Si un fontanero, pongamos por caso, acudía a casa de su hija por cuarenta euros la hora más treinta por el desplazamiento y los materiales, ella lo confundía con su esposo muerto e interactuaba con él discutiendo de temas domésticos o aprovechaba para reemitir escenas o recrear conversaciones o reproducir anécdotas de cuando era esposa y no viuda.
La locura fingida le alivió en algunas de sus escenas cotidianas. Cuando se le hacía insoportablemente fascista el noticiero de Canale 5, la cadena preferida de su hija porque en ella se emitía durante seis meses al año desde hace siete «Grande Fratello», Luciana fingía reconocer a su marido en la figura del Presidente del Consiglio dei Ministri y con la excusa iniciaba un monólogo que a menudo acababa en soliloquio, sobre las virtudes como orador de su hombre o sobre «le tengo dicho que las corbatas de colores tan chillones no le sientan bien».
«Grande Fratello» sí era demente. Según su parecer Simona, la concursante de moda, era una de las personas más odiosas de la tierra por encima incluso de algunos dictadores y de todos los vendedores a domicilio, y si de ella dependiese la sometería a una dolorosa tortura hasta que dejase de respirar. Nunca en su juventud tuvo ese tipo de instintos criminales o fantasías asesinas pero ahora imaginar muertes ajenas, muertes violentas y horribles, era uno de sus pasatiempos favoritos. Para Simona no cabía otra opción que la lapidación con diccionarios o diccidación. Golpeada hasta la muerte por ejemplares del De Mauro, del Garzanti, del Sabatinni y del Gabrielli. A Paulo Coelho, falso novelista del que su hija había decidido regalarle la obra completa a pesar de que jamás leyó más de quince páginas de ninguno de sus libros, le reservaba una muerte consecuente con su éxito editorial. Llevaría al autor al puerto de Messina y le dejaría caer encima, como quien no quiere la cosa, un contenedor cargado con cien mil ejemplares de su libro «El Alquimista». Berlusconi debía morir rodeado de mujeres hermosas en traje de baño estirándole la piel hasta arrancársela al ritmo de la canción «Azzurro». «Azzurro, il pomeriggio è troppo azzurro e lungo per me» —ris—. «Mi accorgo di non avere più risorse, senza di te» —ras—, «e allora io quasi quasi prendo il treno» —ris, ras—, «e vengo, vengo da te», —ris— «ma il treno dei desideri» —ras— «nei miei pensieri all'incontrario va» —chumba, chumba—.
Del inicio de su desquiciante comportamiento a su ingreso diario en el centro para viejos pasaron dieciocho meses, de ahí a localizar y contratar un chico de compañía al que no le importase manosear a una anciana casi medio año más. Ahora su objetivo era repetir, antes de que su cuerpo se ablandase y amembrillase por completo y definitivamente, una de sus más sombrías, lascivas e inconfesables fantasías. El anillo. El anillo sería la moneda de cambio.
Y cuando llegó el momento, cuando la esfera dorada descansaba ya en las profundidades de tela de los bolsillos de los tejanos de Alesandro, justo ahí fue cuando se descubrió a sí misma en esa absurda postura, cuando pudo observarse durante un instante desde fuera, cuando sintió el dolor cuya causa era tan deseada hace años y tan denigrante ahora, el calor de diez dedos en su carne; fue entonces y no antes cuando Luciana cayó en la cuenta de que sí tenía demencia senil, vascular concretamente. Se la habían diagnosticado hacía tres años, cuatro meses después de su cumpleaños. Había hecho puzles y crucigramas, había leído todos los libros de Paulo Coelho para mitigar los efectos de la dolencia, para ganar unos meses, unos pocos meses, dos o tres consiguió escaparse de la oscuridad, no más. Fue en ese instante cuando le vino a la cabeza la frase de su admirado primer ministro: «Io vinco sempre, sono condannato a vincere» . En ese justo momento tuvo conciencia de que las uñas que se clavaban en su costado no eran las de su marido. ¡Su marido estaba muerto desde hacía años! Entonces, no antes ni después, notó la ausencia de su anillo y con la mano en el que lo había llevado durante más de 50 años agarró un ejemplar del «Dizionario De Mauro» y golpeó a Alesandro, y volvió a golpearlo antes de que él hubiese tenido tiempo de plantearse de dónde sacaba las fuerzas y la razón aquella vieja. Y lo golpeó y lo golpeó... Y lo olvidó todo.
La suicida


—chumba, chumba—
Aunque algunos párrafos se me hace usted muy liosa me encanta su cuento y, especialmente, las muertes que inventa.
Lo he dicho ya, pero lo repito: —chumba, chumba—.