Ceguera

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Se me nublan los ojos pero no es de tristeza.
No es vejez, tampoco.
Se me llenan de líquido
transparente,
espontáneo y repentino.

No, no son lágrimas.

Los ojos se me inundan
del exceso de visiones.
Veo más veo mucho
veo cerca
y se desbordan.

Resisten.
Se niegan, rehusan continuar
con la tarea.

Ya no pueden más;
no dan más
se agotan en el esfuerzo--

Ilusa de mí
—ilusos ellos—
como si se pudiera dejar de—

Pe

Sáb, 24/03/2007 - 17:50

Serena y austera saturación. Su poema me ha recordado a la síndrome del corredor doblado: ésta es la impotencia que siente el atleta en la prueba de los 10.000 metros lisos cuando ve que el cabeza de carrera le adelanta por detrás y no puede seguirlo, y después otra vez y otra y otra hasta... hasta llegar a la ducha. Esa es la suerte del atleta: la ducha. Creo que usted también debe tener una ducha por ahí escondida.

¿como si se pudiera dejar de… ver, Pe? ¿Por qué será que se puede obviar el mirar pero es imposible no ver?

el otro día leía un artículo que hablaba de que se está perdiendo la distinción entre oir y escuchar... lo que nos llevaría a pensar en distinciones entre la capacidad de y la actividad de, que se caracteriza por la (creo) presencia de voluntad.
y no sé, cada cual que complete como quiera. un poco la idea (que al aclarar destruyo y me cargo mi propia creación: ¡bien!) es que todas esas distinciones desde las que parte el poema (ver-mirar; mis ojos-yo; lágrimas-inundación; tristeza-vejez) al fin y al cabo-

Hernández y Fernández han cobrado vida propia, han salido de los cómics de Tintín y se han instalado aquí, Pe. Ha sido una visión involuntaria, las asociaciones de ideas son así, llevan a la poesía a no se sabe donde