Se me nublan los ojos pero no es de tristeza.
No es vejez, tampoco.
Se me llenan de líquido
transparente,
espontáneo y repentino.
No, no son lágrimas.
Los ojos se me inundan
del exceso de visiones.
Veo más veo mucho
veo cerca
y se desbordan.
Resisten.
Se niegan, rehusan continuar
con la tarea.
Ya no pueden más;
no dan más
se agotan en el esfuerzo--
Ilusa de mí
—ilusos ellos—
como si se pudiera dejar de—
Pe


Serena y austera saturación. Su poema me ha recordado a la síndrome del corredor doblado: ésta es la impotencia que siente el atleta en la prueba de los 10.000 metros lisos cuando ve que el cabeza de carrera le adelanta por detrás y no puede seguirlo, y después otra vez y otra y otra hasta... hasta llegar a la ducha. Esa es la suerte del atleta: la ducha. Creo que usted también debe tener una ducha por ahí escondida.