Cambio de casa

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No fue la única noche en que nos cambiamos de casa en secreto, intentando no hacer ruido y sin despedirnos de ningún vecino. Pero aquella noche la recuerdo especialmente porque entendí por vez primera que habían enemigos invisibles que nos acechaban y de los cuales debíamos cuidarnos todos juntos, en familia. Mi hermano menor y yo éramos muy pequeños como para entender el alcance exacto de lo que estaba pasando en casa, pero sabíamos por «experiencia» que más o menos cada un año nuestro hogar se convulsionaba; aparecían un sinfín de cajas de cartón, cintas de embalar, cordeles... se quitaban algunos cuadros de las paredes, se descolgaba el columpio del patio, se lavaban las sábanas, se planchaba la ropa y se iba metiendo discretamente en maletas. Al perro se le mezclaban unas pequeñas pastillas en la comida cuando se acercaba la noche y ahora sé que no eran aspirinas. Si no era fin de semana esos días no íbamos a la escuela, pero nos dejaban jugar todo el día. Nuestras hermanas mayores se hacían de pronto mucho más mayores frente a nuestros ojos y se les otorgaba un especie de rango de guerra que les permitía no sólo mandarnos a sus anchas, sino incluso propinarnos coscorrones. Aquellos días las cortinas de la casa no se descorrían y mucho menos se abrían las ventanas.

Cuando mi hermano y yo volvimos a casa con esa especie de carraspera producida por la extremada agitación a la que se somete un niño cuando juega, sobretodo niños como nosotros, hiperactivos y constantemente sobre excitados por las nuevas amistades, barrios y escuelas a los que debíamos acostumbrarnos sin alcanzar jamás a acostumbrarnos, la casa estaba como empaquetada. No había cuadros, alfombras, tapices, ni el equipo de música ¡ni la tele! En la cocina sólo quedaban dos o tres cacharros indispensables, los armarios de las habitaciones estaban vacíos y en vez de nuestras camas sólo un par de colchones en el suelo con sus respectivas mantas. Sobre una silla, teníamos ya preparada ropa de recambio, como cuando nos íbamos a veranear a la playa y salíamos de madrugada para tomar el tren a Quintero. Nos miramos asombrados y apunto estábamos de saltar de alegría ante la perspectiva del viaje, cuando nuestra madre nos comunicó que la casa estaba así porque al día siguiente íbamos a pintarla. Así de incomunicados con la realidad nos tenían. Esa noche la comida fue escueta y aburrida, sin tele. Estábamos acostumbrados a ver La Pantera Rosa cuando cenábamos, pero ni eso. El perro dormía profundamente, así que ni con el se podía jugar. Intentamos molestar un poco a nuestras hermanas, pero estaban poco respondonas y ahítas. Luego nos molestamos un poco él y yo con el pesado y tonto juego de «hacernos caras» y acusarnos mutuamente. Mi Madre no gritaba histéricamente para reprendernos, pero cuando su irritación llegaba al límite nos bramaba como desde el pecho y la garganta, gruñendo. Nos dimos cuenta entonces de que nuestro padre no estaba y eso nos ponía en desventaja de género. Las mujeres de la casa estaban muy raras. Nos dijeron que papá había tenido que salir para la empresa, que le había llamado el jefe.

No sé como logramos dormirnos, supongo que mucho ayudó el desgaste físico al que nos habíamos sometido con nuestros juegos y al que nuestra madre había dado consentimiento absoluto. Lo que si recuerdo es cómo desperté: escuché una especie de discusión ahogada entre mi padre y mi madre. Miré a mi hermano por si el también se había despertado, pero dormía tan profundamente que le caía una gota de baba por la barbilla. Me levanté, pegué la oreja a la puerta y descubrí que no era de ahí de donde provenían los extraños murmullos, sino del patio trasero. Fui hacia la ventana. Estaba muy oscuro, pero pude ver en un rincón del patio una pequeña hoguera. La silueta de mis padres se dibujaba al borde de ella. No entendí lo que decían, sólo vi como mi madre le alargaba a mi padre un montón de revistas y libros y que él movía la cabeza mirando el fuego. En un momento mi Madre quiso poner ella misma los papeles en el fuego, y él se lo impidió. Ella entonces le hablaba al oido, le abrazaba y él terminaba por tirar los papeles al fuego. La operación se repitió unas cuantas veces: ella entraba a casa, salía con más libros y revistas, él se resistía a quemarlos... los libros terminaban indefectiblemente alimentando una hoguera que de hito en hito les iluminaba el rostro. Finalmente mi madre entró a casa para no volver a salir. Mi padre se quedó ahí, estático, observando el fuego como si le hechizara. No creo haberle visto llorar, pero aún con el rostro medio desfigurado por las sombras de ese infame fuego, puedo asegurar que jamás, jamás, volví a verle tal expresión de tristeza.

Estuvo mucho tiempo así, frente a la hoguera, y todo ese tiempo yo estuve observándole. Cuando se decidió a entrar, giró enérgico y en dos zancadas ya penetraba en la casa. Supe que había llegado el momento de lo que fuese, sin saber exactamente de qué. Corrí a la cama y me tapé hasta la cabeza. De inmediato entró mi madre y nos despertó. «Niños...», nos dijo, «nos cambiamos de casa... ¡arriba!». Yo me vestí sólo, pero a mi hermano menor hubo que vestirlo, porque no era capaz ni de estarse en pie. Cuando salimos a la sala ya casi no quedaba ninguna caja, ni un solo mueble. Nuestras hermanas y mi padre salían con bultos y volvían a entrar con una rapidez asombrosa. Mi madre plegaba la ropa de cama. Los colchones los dejaron, y lo último que cogió mi padre fue al perro, que dormía profundamente, igual que mi hermano. A la puerta de casa había una camioneta cargada con todos nuestros bártulos, que mi padre tapó finalmente con una gruesa tela verde; «A ver, ayúdame a estirarla por el otro lado», me susurró con fuerza. Yo me alegré de que me delegara algún trabajo.

Sobre la camioneta, toda la familia y perro incluído apretujados en la doble hilera de asientos delanteros, permanecía en silencio. Quise preguntar que adónde íbamos pero me hicieron callar. Me extrañó mucho que mi padre no encendiera los focos del vehículo sino hasta que cogimos la carretera principal.

Beto Stocker

Dom, 29/04/2007 - 20:37

no puedo creer que tengas eso en tu memoria tanto tiempo y nunca me lo dijiste,lo siento,era lo que teniamos,verlo escrito es triste pero hermoso un abraso muy apretado pos data.no sabia que esto estaba aqui.

Y si te aplicas y me envías más información recordatoria por mi email habitual, más cuentos tendremos. Pero acuérdate de que aquí hay mezclada verdad y fantasíaa. Estos cuentos, ya lo sabes, te pertenecen tanto como a mí o más. Un abrazo desde el mismísimo culo del mundo, que no tiene por qué estar siempre el culo del mundo en el tercer mundo, ni tiene por qué ser Chile.

Sea verdad, fantasía, o las dos cosas mezcladas, podría intentar escribir una novela con eso, parece que no le resulta difícil escribir. Leerlo por entregas esta muy bien, pero seguro que hay mucho más.

Es gracioso que llame a Barcelona “el culo del mundo”, y consolador ver que los habituales de esta pagina no se han tirado a su yugular.