Hace un tiempo reflexionaba sobre la importancia de poder realizar ciertas afirmaciones para, una vez realizadas, poder empezar a hablar. Suena esto un poco exagerado si se lo mira por un lado, pero yo procuro mirarlo por el otro. Hay tantas cosas que damos por sentado en nuestro uso de nuestra habilidad de hablar, que es importante cada tanto, parar un poco, y reflexionar.
Para Derrida, el cuento de Poe "The facts in the Case of Mr. Valdemar" es ejemplo de la razón primera que nos permite hablar, y al hacerlo, decirnos a nosotros mismos.
El hecho de que una persona viva pueda decir "Yo estoy muerta" es lo que marca la diferencia. El extrañamiento de uno mismo que causa esta frase es requisito para poder empezar a hablar. Sólo una vez que se haya abierto la brecha, la distancia que existe entre el acto de enunciación que implica un enunciado como "yo estoy muerta", y ese enunciado mismo, sólo entonces es posible empezar a existir. Evidentemente lo paradójico-gracioso de la cuestión es que una frase indecible es la base de la posibilidad de decir.
Si pensamos en términos de verdad / mentira, la frase "yo estoy muerta" es siempre mentira, semánticamente. Que sea mentira, creo yo, no significa necesariamente que sea falsa. "Yo estoy muerta" es un frase perfectamente formulada. Creo que es esa posibilidad de que un enunciado sea mentira y a la vez no-falso lo que nos permite constituirnos como personas pensantes y parlantes.
Si pensamos en términos de significado, solamente, pasa lo mismo. El momento en que uno afirma su propia no-vida, es el que nos permite hablar. Decir que yo estoy muerta me permite autoafirmarme, y por eso mismo, decir.
Llegamos a este extremo porque estamos muy cansados, aburridos de nuestra existencia. La apatía, la abulia son nuestros grandes legados postmodernos. Decir que yo estoy muerta es la única forma de volver a empezar. Yo estoy muerta, y así te digo: vámonos entonces, tú y yo.
Pe


Yo diría, como Hernández y Fernández, más. Diría que nada más lejos de la falsedad que una mentira. Y no es que sea complejo de explicar, que supongo que lo sería, es que si necesita explicación no se entendería.
Pero dejo de ser Fernández cuando afirma que la apatía y la abulia son legados postmodernos. Me parece que los hombres de piedra sufrían del mismo mal, cuando no estaban ocupados en ocultarse de las fieras (el equivalente actual del trabajo).
Me iría con usted, aunque no sé cuanto rato. Resulta muy interesante.