Dios creó agosto para escribir...
Sergi
...y septiembre para dejar de hacerlo.
David
«Cuando llegue septiembre», así empezaba la canción, una copla creo recordar, que me cantaba mi madre en julio cuando, con 20 años, me quedaba sin trabajo. Me preguntaba mi madre qué pensaba hacer yo sin estudios, sin trabajo y sin dinero y me comía la cabeza para que volviese a inscribirme en la Facultad de Periodismo. Yo no descartaba ingresar en la Universidad, pero de hacerlo ingresaría cadáver en la facultad de medicina para ponerme en manos de una forense guapa como las que sacan los americanos en las series de televisión, otra forma de ingreso sería una descortesía por mi parte. Para callarle la boca y tapársela también a mi buena conciencia yo le decía a mi madre que tenía proyectos para septiembre. Que ese programa de radio que llevaba meses persiguiendo se había aplazado hasta después del verano. Que durante los meses de asueto y sexo caliente en uno de esos guetos para turistas del segundo mundo caribeño algún productor leería los gags y sketchs que le había enviado a su oficina y me llamaría para escribir chistes en horario de oficina en el programa estrella de la temporada televisiva. Que tenía en la cabeza una obra de teatro que sería la sensación en el underground pijo de una Barcelona que entonces estaba, si cabe, más loca y perdida que ahora. Que la cadena de montaje de mi cerebro tenía ideas fáciles de vender... «Cuando llegue septiembre» me cantaba ella «todo será maravilloso».
Diez años después septiembre sigue siendo el mes en el que deposito muchas de mis ilusiones, las laborales sobre todo. Es el mes en el que el mundo despierta de la siesta y se pone al día de todo lo que ha pasado en su ausencia. El mes de estrenar cuaderno y lápices de colores nuevos. Es, durante los primeros días, un mes extraño, marciano, un mes cuya primera quincena se recorre desde el aire a vista de pajarraco, un mes en el que, pasado ya el bache de la tercera semana, uno empieza a situarse en el mundo que le va a pertenecer durante los próximos nueve meses.
En septiembre todo es nuevo y hay un montón de cosas por desprecintar. Los escaparates son más bonitos y las televisiones se las apañan para sacar brillo a su nueva vieja basura. Los kioscos se llenan de colecciones despertando en los adultos el párvulo, ávido de jugar a cosas nuevas, que jamás desearían haber dejado de ser.
Las parejas que a duras penas han pasado el verano se las apañan para volver a quererse unos meses más e incluso planean ampliar la familia. La promesa de un otoño que acabará por hastiarnos nos sirve ahora como excusa para acercarnos los unos a los otros. Los oficinistas mueven ficha en sus empresas dando pie a las nuevas aventuras romántico-platónicas de temporada.
Septiembre es la época de apuntarse a las imprescindibles clases de risoterapia, el tiempo de poner en práctica los consejos del Feng Shui, de hacer Pilates a razón de 240 euros la sesión.
Septiembre es la bonita zanahoria que ocupa la mayor parte de nuestro campo visual. La campana que nos hace salivar.
Septiembre es una gran mierda que, afortunadamente, nos comemos administrada en 30 dosis.
Lillo


claro, me pasaba, del lado de allá, esto mismo en marzo. ahora, en septiembre también me pasa.
lo raro es que no dejó de pasarme en marzo, también...