Ladridos (II). Afonía

|

El tiempo nos arruga corazón y alma como ciruela caída del árbol. Sin duda. Nos visten de metálica malla para no sucumbir a los horrores de la vida y sirviéndonos tacitas coloreadas bebemos sorbo a sorbo las inmundicias que rodeando nuestro día a día muestran nuestro invencible bienestar. Nada pasa, a todo podemos. Nuestra prisa siempre por delante mientras nuestras sombras jadeantes asesinadas hace tiempo sin prestarles atención se amontonan en cada una de las esquinas que nuestros incesantes andares someten al desgaste. A todo podemos, siempre llegamos. Venimos cargados de inocencia y nos acabamos cargando inocentemente todo cuanto nos rodea, nuestro credo: la inmortalidad. Siempre llegamos, siempre pasamos. Nacemos desnudos y nos emperramos en señalar con el índice al que desviste su alma y rompe a caminar contrariamente al movimiento de las agujas de nuestro reloj. Siempre pasamos, y de largo. Construimos naipes con castillos de arena a orillas de un mar revuelto sin querer saber ni entender que son las casas las que se hacen con piedras y no las montañas con edificaciones de papel. Y de largo, nos derrumbamos. Sumidos en caída libre nos apresuramos a vencer nuestros temores entendiendo como apoyo la falsa amistad brindada en la barra de cualquier bar. Nos derrumbamos, y amamos. Y levantamos cabeza silenciosamente apresurándonos de nuevo a saltar al interior de un vagón roído enganchado al tren de la vida. Sin mirar atrás construimos presente sin ver nuestro futuro. Sin futuro no hay presente. Sin futuro no hay presente. Y amamos, en ruinas. Somos desconcertadas hormigas dando tumbos circulares en búsqueda de una entrada sin caer en la cuenta que ya nos encontramos en el interior del hormiguero. La ansiada entrada tiene forma de salida. En ruinas, nuestro corazón. No existe ya grito al cielo estremecedor. Primero fuimos ciegos dando palos y poco después sordos a boca ajena, ahora el cansancio silencioso se contagia y no es necesario que nos manden callar. Si en los ochenta éramos corderos ahora corderos y ‘degollaos’. Nuestro corazón, en afonía permanente.

Ciclotímico

Dom, 25/11/2007 - 13:32