... y entonces se lanza a caminar como si le acabaran de inyectar una especie de combustible de la satisfacción. Se empieza a ir y el impulso es tal que ya está lejos. Lo veo y no puedo dejar de pensar que no se va para irse sino para que le veamos marchar. Diría incluso que no parte como lo hacen los hombres, más bien parece un aparato que apenas acabara de aprenderse a funcionar o un orangután altanero —en realidad, su torpeza vendría de la simbiosis entre el animoso animal y el artefacto—, sí, y arriba de toda esa incipiente paraplejia cinética sobresale, coronando festivamente, su gran cabeza; siempre hay algo de adorno imprescindible en los desfiles, hasta cuando éstos se aparecen improvisadamente, como ahora, para lucimiento propio, suyo, de él, y escarnio ajeno.
No puedo creer lo ridículo que resulta verle marchar y me da por pensar en los irrefrenables modos de la estupidez. Sin embargo, él parece haber tardado más o menos el mismo tiempo que yo en advertir lo embarazoso y vergonzante de sus ademanes y de repente se desinfla, se queda sin nada y parece que va a venir la grúa a buscarlo o un domador a darle un plátano, pero no se detiene, él camina, sigue caminando y aunque ahora sí está verdaderamente lejos diría que lo llevan andares casi humanos. Eso me alivia y tímidamente empieza a despertarme simpatía; hasta los rematadamente tontos saben a veces caminar bien.
Un ejercicio de riesgo, un drama de biorritmos ver pasar a cualquiera, con lo sereno que sería dejar pasar la tarde viendo partir navíos, que decía aquel.
Juan


Me encanta.
Por alguna razón la primera parte me ha recordado a la descripción de Odradek.
Y el drama de biorritmos... Gran Drama ese, ¡no me cabe duda!