Cómo puedo yo no estar agradecido de tan excelente amo. Miren cómo se esmera en prepararme el desayuno ¿Es habitual ver a un ser humano dándole la primera comida del día a cucharaditas a su perro? No tanto, créanme y él lo hace cada mañana, a excepción que llueva, claro, porque si llueve no salimos a trabajar. Me gusta cuando llueve, porque me siento como drogado. Me poso sobre una mesita que hay junto a la única ventana y me quedo estático mirando como cae el agua, o como se mojan las palomas. Pero no dura mucho esta simple distracción, porque cuando no salimos a trabajar, a mi dueño le viene el mono; le da tal ansiedad que todo él parece un músculo brillante y tenso. Cada dos minutos me aparta violentamente de la ventana para confirmar si sigue lloviendo. Es una lluvia de nada, una lluvia de mierda, repite incesantemente. Luego se va a sus cajoncitos, los vacía y comienza a contar y recontar el contenido de ellos: monedas de a 1, 5, 10, 25, 50 o 100 pesetas. Las ordena por su valor en pilas, después en filas, luego en montoncitos. Y esto le tranquiliza un poco.
Está flaco, es un esqueleto calvo, sí, no tiene ni un sólo pelo en el cuerpo. Su lampiñez no es toda natural, pues la cabeza se la afeita con una navaja que dice que le regaló su padre. Se afeita el cráneo porque dice que él no quiere parecer un hippie pidiendo limosna en la calle, sino una persona limpia y honrada, que presta un servicio a los transeúntes cuando pasan.
Trabajamos en Las Ramblas de Barcelona; nuestro espectáculo consiste en él arrodillado tocando la guitarra y soplando una flauta de pan que se ata al cuello. Frente a él yo, sentado, inmóvil, con un letrerito que anuncia el día que es, el nombre del santo de ese día y, claro, las gracias. Bajo mi hocico, un platito de plástico en donde caen las monedas. Nos pasamos así unas seis horas diarias. Los fines de semana incluso ocho o diez horas. Ni él siente apremio por acudir a los servicios durante toda la jornada, ni yo muevo un solo pelo del lugar en que he sido colocado.Cómo logra él permanecer en semejante situación parece un misterio, pero no lo es para mi, pues apenas come y casi no bebe; sus únicas dietas consisten en manzanas y aguas de menta, porque tiene tan avanzadas las úlceras, que hasta su propia saliva le corroe las tripas. Respecto a cómo es posible que un perrito permanezca tantas horas sin moverse, ni ladrar, o salir persiguiendo una paloma o tan sólo levantar la cabeza cuando alguna señora le llama con silbiditos, es fácil de explicar: Estoy dopado, si señor, drogado hasta la cola. En eso consiste mi primera y mi segunda comida incluso, dependiendo de la duración de la jornada laboral; en un potaje blanco y espeso vitaminizado, por así decirlo, con algunas sustancias que sabrá Dios de dónde han salido ni como han sido conseguidas. La cosa es que nunca faltan. Quince años llevamos trabajando juntos, y desde entonces he tenido pocas oportunidades para permanecer más de un día lúcido.
Antes de probar la droga por primera vez, vivía en una especie de desconexión animal, en una inconsciencia natural para un ser de mi especie. De entonces tengo gratos recuerdos de bienestar, más bien tengo en el pellejo sensaciones agradables de cobijo y amor, de juegos... quería entonces a mi verdugo. Él era mi madre. Me daba de comer, me incentivaba a jugar, me levantaba para que pudiera ver por la ventana de su quinto piso. De vez en cuando me bañaba y eso no me gustaba nada y un día hasta me sacó al parque. Él mientras supongo que tocaba la guitarra. Casi no lo recuerdo haciendo otra cosa. Se me acercaba y me decía cosas ininteligibles para mi, pero cargadas de felicidad, mientras me acariciaba el lomo. Yo me sentía como un cachorro feliz, hasta un día en que me sacó a la calle a trabajar.
Nos instalamos en las Ramblas, casi en el mismo sitio en que nos seguimos posando durante años interminables (lo sé porque reconozco el olor del gran árbol que tenemos detrás, es inconfundible). Él se puso de rodillas y me puso a mi al frente suyo amarrado con un collar. Supongo que a cada persona que se acercaba a echar una moneda yo le hacia cabriolas, le ladraba o hasta le lamía la mano. Es probable que también pescara las monedas con los dientes y quien sabe si hasta me comí algún billete.
Parece increíble, pero mucha gente le tiene pánico a los perros, sin importarle si son grandes o pequeños, feroces o calmos. Les repelemos igualmente.
Una semana alcanzamos a durar así. Recuerdo un montón de tirones al pescuezo con el collar, gritos, pellizcones, palmadas, amenazas, porque mi amo me culpaba exclusivamente a mi del poco éxito que nos traía su montaje. Él entonces no tocaba la flauta de pan, sino que cantaba, ferozmente. Al abrir descomunalmente la boca para vociferar una canción, parecía una boa amenazante lanzando enérgicos susurros, pues su voz no tenía nada de concreto, no había sustancia en ella.
Pero no, creyó que el problema era el perrito, que no dejaba de ladrar y lamer a la gente. No pudo considerar la cosa de otra manera, porque nunca se detuvo a meditar un instante en ello. Ahora pienso que precisamente el perrito fue el único culpable de que al menos pudiésemos comer esos primeros días de prueba.
Me quiso entrenar ¡Y vaya de qué manera! Hasta un león se hubiese quebrado con tales tratos... sin manuales, sin guía alguna, sin atenerse a consejos de expertos, a su irritante modo; échate, échate, ¡échate perro hijo de perra! Yo supongo que me acurrucaba en mi mismo, escondía la cola, bajaba las orejas, me arrastraba pegado a la pared de un lado a otro intentando demostrarle que hubiese hecho lo que hubiese hecho, estaba arrepentido y dispuesto a desaparecer.
Entonces comenzó a pegarme. Para qué describir cómo. Lo que se puede decir al respecto es que su ira fue evolutiva. Un día que me lanzaba por el aire hacia alguna pared, choqué con el vidrio de la ventana y a punto estuve de pasar a mejor vida, y créanme, lamenté mi mala suerte. No entiendo para qué colocan vidrios tan gruesos en las ventanas de las fincas baratas.
Fue una de esas mañanas frías cuando probé por primera vez la droga. Me la había puesto mi carcelero en el potaje. No sé que pasó después. Se que he vivido desde entonces, pero tengo tales lapsos de inconsciencia que a no ser porque me siento viejo y cansado, creería que no ha pasado el tiempo, que siempre he estado detenido en el mismo día, en el mismo sitio sobre Las Ramblas durante quince años.
Pero al principio me gustaba. Era un escape. Coincidió el cese de los golpes con esta detención de mi cuerpo, de mi actividad animal. Me concentré en mi mismo y comencé a tener conciencia de mi existencia. Disfrutaba con estas nuevas sensaciones mentales y me producía un enorme placer el recibir tal cantidad de colores y formas nuevos, distorsionados, divertidos.
Aunque esto no duró mucho tiempo. Al cabo de un año la repetición de las escenas comenzó a hartarme y pese a la droga puesta en mi plato, muchas veces reaccioné en plena rambla e intenté huir. Pero mi cuerpo apenas me obedecía y mi amo me daba alcance de inmediato. Un perro que huye de su amo es un fugitivo y puede ser alcanzado y devuelto por cualquiera que se atreva, pues eso implica una buena acción.
Por esos desesperados intentos míos de huir de él, me fue duplicada la ración hasta que un día caí medio muerto a su lado. Cuando desperté, me sentía varios años más viejo. Nunca más fui el mismo. Nunca más dejé de tener en mi el efecto de esta droga, pues ya la tenía asumida en mi propia sangre. De ahí en adelante una cucharadita ha bastado para que mi cuerpo y mis funciones se detengan en una especie de catalepsia lúcida.
Entre las vagas imágenes que he retenido durante todos estos años de calle, se cuentan innumerables piernas gordas y rojas, con calcetines de hilo subidos hasta la mitad de la pantorrilla, calzadas con sandalias de cuero. De estas piernas veo salir montones y cortos pelos claros o grandes orificios que se suceden en líneas rectas por los muslos. Estas piernas jabugas se me acercan, casi me tocan la nariz, a veces baja una mano no se de dónde, quizás pertenecientes a estas piernas y me acarician la cabeza.
Piernas, piernas cortas y semi arqueadas que se detienen a prudente distancia, se doblan sobre si mismas y me disparan una luz que me encandila. Pero no puedo cerrar los ojos. La droga no me lo permite. Es por eso que los tengo siempre llorosos y todo lo veo como a través de un vaso lleno de agua. Innumerables piernas de colores diferentes, emparejadas de a cuatro, de a veinte, unas más pequeñas que las otras, algunas diminutas que llevan calcetines con vuelitos blancos. Es como un campo sembrado de piernas que son mecidas por el viento. O como el fondo de un mar poco profundo, lleno de algas y plantas marinas que se dejan llevar por las corrientes humanas.
No puedo moverme, ni siquiera la cola. Muchas veces algún colega ha alcanzado a olisquearme el hocico y yo no he podido hacer nada. Mi amo lo espanta rápidamente. Se indigna si alguien me toca demasiado o me mira sospechosamente ¿Qué, te gusta el perrito? Suele inquirirle a los mirones, a la vez que les señala un letrerito con el burdo dibujo de una máquina fotográfica acompañada por el signo del dólar.
Y todo el tiempo, desde atrás de mi cabeza, escucho un monótono y fantasmal zumbido, a veces agudo hasta el dolor. Es él, mi amo, el que no para ni un solo minuto de soplar su flauta de pan y rasguear la guitarra, ahí, de rodillas, pidiendo algo para él y su pobre perrito. Pobre perrito, eso dicen las viejecillas con cariño. No saben cuanta razón tienen, pobre perrito.
Beto Stocker


Este cuento me parece buenísimo. Aunque no haya ningún descubrimiento en él, ni sea un paso en la literatura universal o local, ni tan solo barrial, no deja de entregársenos como un sendero que se abre después de Joyce y Proust (tomando en cuenta de que ellos no le llegaban ni a la pantorrilla al autor de éste relato, por lo que la coomparación no tiene ningún sentido...común), hacia la escritura del futuro. Nunca había alucinado tanto con un cuento ¡Seguid así, Tabernilescos!