Hoy me siento mal. Desde la ventana diviso uno de esos días de alma gris, uno de esos días sediento de amenazas que transcurrirá sin llegarlas a cumplir de la misma manera que los deseos más profundos escondidos en la alcoba de un latido nunca llegan a puerto alguno, encarcelados en su universo de cristal, a la merced del antojo de los vientos, silenciados en el vaivén del oleaje mientras se mecen en una eternidad azul acunando propósitos no divisados y eludiendo la certeza de hallarlos perdidos, ceñidos a la estrechez de un horizonte del cual nunca escaparán; siento la misma impresión en mis pies al calzarme las Merceditas en piel negra, las mismas que me regalé cuando comprendí que la desolación de una emoción siempre hace buenas migas con la soledad de una tarde de compras en el barullo céntrico de la ciudad. Ruido y silencio emparejados en la ambigüedad del escaparate de las angustias, reflejo de la misma suciedad de la sociedad, la misma de la cual no pretendo huir ni escapar corriendo como alma llevada por el diablo -pues hace tiempo que entendí que no hay más diablo que el imaginario absurdo de la tradición-, ni sumergirme en sus dominios para cumplir dos veces por la misma condena, pues si la vida misma nos condena ¿a qué viene tanto juicio final? Me reconozco compradora compulsiva en horas bajas y ferviente ahorradora, de mejillas rechonchas y sonrosadas, con una buena hucha como oí decirle a un peón de albañil a su compañero de piropos al pasar frente a su dominio territorial, cuatro ladrillos y un muro levantado y los hombres se crecen llevados por la imaginación de ser poseedores de un castillo, aunque a mí solo me desean los que gustan dejar su meadita en los cercos de la granja. No me disgusta, suelen ser más limpios que los escondidos en fragancias de dudosa veracidad, esos hombres de interesante hermetismo, seguros de sí mismos, triunfadores esmerados y que se hunden en la profunda dubitación ante una inocente pregunta formulada al azar. Voy a la deriva encerrada en una botella de cristal sin poder descifrar mensaje alguno pues soy papel y letra al mismo tiempo y ¿cómo leerse a una misma cuando es el tiempo y el infortunio los que cincelan las palabras ocultas en el interior de nuestra piel? ¿Cómo leerme siendo yo, mis propias palabras, un extraño código indescifrable lanzado a la deriva del azar? Me dejaron aparcada como aparca un niño un juguete al cansarse de él. Y los hombres son niños aparcando juguetes cuando no consiguen exprimir en busca de más opciones su imaginación siempre necesitada de algún cuerpo femenino. Me aparcaron enrollada dentro de una botella de cristal de la cual no sé como escapar, de la cual no sé si en realidad quiero escapar, de la cual no sé si debería luchar por escapar. En ello no hay rabia ni deseo de venganza, no la necesito, aunque sus puños clavaran sus nudillos en mi cuerpo varias veces para hacerme entender que no había amor que valiera, aunque el dolor se convirtiera en humillación para dar paso a la vergüenza de haberlo alguna vez querido, aunque mis palabras de amor fueran mitigadas por la fuerza de su razonamiento, aunque tengo derecho a odiarlo no queda ni odio ni rabia ni rencor, solo la dejadez de la que un día se entregó en cuerpo, alma y corazón.
Elsa Devoe
— Fragmentos de cristal —


Exactamente igual me he sentido yo...pero sin compras ni albañiles.
Un hombre