Glosario de motes utilizados:
PATO CRIOLLO: César Aira
HIERÁTICA: Mercedes Güiraldes
A pesar de las cosas que escribió el Pato Criollo en el prólogo de «Gombrowicz, este hombre me causa problemas», y a pesar de las cosas que escribí yo en el epígrafe de este mismo libro, la fuerza de las cosas me obliga a aceptar que me he convertido en un escritor.
«Y la sospecha es irreversible, ella también hace real el tiempo: no se vuelve atrás a un mundo de sentido pleno y confiable. No hay más remedio que seguir adelante, y el impulso infinito hace de Goma, que era el no escritor por excelencia, un escritor»
Eso dice el Pato Criollo, yo digo todo lo contrario.
«En cuanto al libro. Yo no sé por qué o para qué escriben los escritores, yo no soy escritor. Este libro lo escribí para transformar un poquito al mundo, para que los argentinos y los polacos que lo lean sean un poquito mejores después de haberlo leído»
Después de ingresado al gremio de los hombres de letras me dispuse de inmediato a averiguar cuál era, verdaderamente, el propósito que tenían los escritores cuando escribían.
Ese asunto de transformar un poquito el mundo no me convencía demasiado, pero a pesar de que mis intenciones parecían buenas tropecé enseguida con algunas dificultades.
«Puedo decir, no sin un perverso placer, a mis colegas de la pluma que escriben para la humanidad, que jamás he escrito una sola palabra con un objetivo que no fuera egoísta; no obstante, en cada ocasión la obra me traicionaba y se separaba de mí»
Esto piensa Gombrowicz, pero el Pato Criollo, aunque no la contraria, piensa otra cosa.
«La literatura comercial debe tener como condición ineludible una completa sinceridad, pues si hay una gota de ironía el lector lo huele de lejos y deja la novela. Esta es la razón por la que mis libros fracasan totalmente, pero ya estoy resignado a eso.
No es mi intención reírme del mundo, no sé bien para qué escribo, pero sería más bien para una exploración de mí mismo, para entenderme y para entender mi vida»
Me pareció que debía seguir indagando sobre el propósito que tienen los hombres de letras cuando escriben, pero un comentario que me hizo la Hierática acerca de la última novela del Pato Criollo interrumpió mis cavilaciones.
No es la primera vez que esta hermosa mujer me ayuda a pensar, hace un tiempo me sacó de la cabeza una idea preocupante que se me había formado: –El Pato Criollo ha desaparecido, vas a ver que ese extraviado se va a suicidar; –No digás macanas, Goma, si acaba de publicar «La cena».
Le pregunté a la Hierática si «La cena» tenía algo que ver con «El gran salmón»: –No, «El gran salmón» según me dijiste transcurre en Rosario y esta novela transcurre en Coronel Pringles. En cierto momento se produce una gran revolución en el cementerio, los muertos salen de las tumbas y atacan al pueblo. Le abren la cabeza a los vecinos y le chupan las endorfinas, los zombis resultan invencibles.
Sin embargo, en un momento determinado una señora anciana reconoce a uno de los muertos que se le está viniendo encima: –Pero si éste es el colorado Pereira. Los viejos comienzan a identificarlos a uno por uno y los zombis derrotados vuelven a las tumbas.
El último proyecto de Aira que yo conocía era el de «El gran salmón»: –¿Y vos, qué estás haciendo, César; –Y, estoy escribiendo, como siempre; –¿Y ya tenés el título?; –Y, sí, se llama «El gran salmón»; –Ah, una novela de pesca; –No, no, es un salmón intergaláctico, se viene para acá nomás; –Caramba, pero, ¿habla?; –No, no, tiene un gran tamaño, mide cincuenta mil millones de años luz; –Por favor, está lejísimos, entonces; –No, acá nomás, a quince kilómetros de Rosario.
Esta conversación la había tenido con el Pato Criollo en el año del centenario de Gombrowicz. Pasó el tiempo y otra vez, en cambio de aparecer «El gran salmón» aparece después de «La cena» otra novela en la que narra las desventuras de un joven escritor cuyo destino queda ligado a la conducta contradictoria de un editor. El editor recibe con entusiasmo la primera novela del autor, una historia que le parece genial, y le promete la firma del contrato en no más de dos semanas, pero las cosas no suceden así.
Los contactos entre el escritor y el editor se van haciendo cada vez menos frecuentes, de semanas pasan a meses y de meses a años, sin embargo, el entusiasmo y la delicadeza con los que el editor trata al autor aumentan con el transcurso del tiempo.
Pero es justamente el transcurso del tiempo el que hace pasar al escritor de la condición de joven promesa a la de autor entrado en años y, como si fuera poco, lo convierte en un escritor malogrado para siempre, una historia con un marcado aire kafkiano que me trajo a la memoria «Un artista del hambre». Kafka narra en este cuento los infortunios de un hombre que ayuna por falta de apetito y que es exhibido en público como una rareza llamativa. Al final del relato ya nadie se interesaba por él y lo barren junto a la basura.
A mí me seguía dando vueltas en la cabeza la historia de ese salmón intergaláctico que se había aparecido a quince kilómetros de Rosario, pero la espera terminó, hace unos días la Hierática me cuenta: –Apareció «El gran salmón». Y aquí me di cuenta de que nosotros, los escritores, en vez de pensar en las ideas principales algunas veces pensamos en las secundarias pues yo, en vez de pensar en el salmón intergaláctico cuando recibí la noticia, pensé en Rosario.
Y pensé en Rosario por una obsesión descomunal que se le había formado a Gombrowicz con esta ciudad tan simpática. Al regreso de unas vacaciones que había pasado en las Cataratas del Iguazú hace una escala en Rosario, y la ciudad lo recibe de una manera sorprendente. Cuando le pregunta a un transeúnte dónde podía desayunar el pobre hombre consultado emite unos sonidos guturales e incomprensibles, Gombrowicz piensa que es un sordomudo y sigue su camino. Con el segundo transeúnte que tropieza tampoco tiene suerte, esta vez el hombre sorprendido balbucea: –Uoebeeeaglugluglu. Piensa que a lo mejor es una estratagema preparada por los hombres de letras que no le tenían simpatía, no podía entender cómo en un trayecto tan corto se hubiera encontrado con dos sordomudos. Con mucho temor intercepta al tercer transeúnte, pero éste le contesta en forma humana.
«Rosario es la más fea de las grandes ciudades argentinas; en cuanto a cantidad de habitantes, iguala a Varsovia, pero es pueblerina hasta la médula de los huesos. Es curioso: toda esa masa de gente hasta ahora no ha creado ningún movimiento cultural, artístico, aunque tiene una universidad, y no se trata de una urbe obrera, sino de una ciudad de empleados, comerciantes, vendedores ambulantes y empresarios de todas clases. Pero sus necesidades espirituales quedan satisfechas con el juego de billar.
Cada país tiene su monstruo. En Rosario a cada paso se puede ver al monstruo representativo de la Argentina: es un tipo regordete, mofletudo, de mejillas rubicundas y brillantes, un bigotito negro de tenor, el pelo engomado, ojos sensuales, con un reloj, un anillo, de elocuencia fácil y abundante, de una familiaridad y cordialidad afectadas, que aspira la sopa, se hurga los dientes con un palillo y está encantado consigo mismo... ¡Dios mío! ¡Qué monstruo! ¡Emana una idiotez imposible de soportar!
Comercio, balance, presupuesto, saldo, inversiones, crédito, inventario, cuenta, neto, bruto, sólo esto, únicamente esto, toda la ciudad está bajo el signo de la contabilidad. La vulgaridad de América, la América gorda»
En «Las aventuras de Barbaverde» el Pato Criollo también piensa en Rosario, pero piensa de una manera diferente. Esta ciudad tiene para él algo de mágico y de raro, y tiene también una fuerza magnética que lo inspiró para escribir una novela a la que dio en llamar «Los misterios de Rosario».
Todo comienza y termina en la ciudad de Rosario, en la que un periodista joven recibe el encargo de entrevistar al señor Barbaverde hospedado en el Hotel Savoy y cuyo rostro nadie jamás había visto, un verdadero representante del bien que intenta detener los diabólicos designios del representante del mal por excelencia, el malvado profesor Frasca que se propone dominar al mundo desacreditando el poder del señor Barbaverde y haciendo todo lo posible para que nadie lo tome en serio.
Obedeciendo las órdenes de Frasca aparece un salmón de grandes proporciones sobre el cielo de Rosario, mientras otros fenómenos también perturban el orden del cosmos: aparecen juguetes que se transforman en personas, personas que se desprenden de una pantalla, las pirámides de Egipto se multiplican y avanzan por el desierto... un gran desorden hace peligrar a la humanidad.
El tremendo volumen del gran salmón lo hace visible desde cualquier parte de la tierra, había surcado la inmensidad del espacio a la velocidad de la luz para estrellarse en Rosario con la intención de destruir el mundo, justo enfrente de esa ciudad que Gombrowicz despreciaba por su monstruosidad pero a la que el Pato Criollo tanto quería.
Yo creo que el propósito del malvado profesor Frasca hubiera entusiasmado muchísimo a Gombrowicz, no sé cuánto lo entusiasmó al Pato Criollo pues le opuso la voluntad del representante del bien, el señor Barbaverde, para que no realizara el mal en Rosario y tampoco en la tierra.
En todo caso, para presentar «Las aventuras de Barbaverde» el Pato Criollo viajó a España e hizo declaraciones a los periodistas tan fúnebres como inesperadas, mientras se encaminaba a la editorial Mondadori para encontrarse con sus colegas de letras de molde.
«Se me acabó la cuerda, como lo que hacemos los escritores no tiene un fin práctico, las ganas que tengo de escribir se me están terminado, son muy volátiles»
Juan Carlos Gómez, «Goma»


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Esto bien podría titularse...
Muy suelto veo yo a su alter...
A mí me encanta que las...
Aunque todo el mundo sabe...
Hola Pe fue un placer...