No hagas el tonto

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Gombrowicz quedó muy impresionado con las montañas de la cordillera cuando llegó a Mendoza.

«(...) la inmovilidad de la materia rocosa, el inmenso peso de los bloques se apoderan de las nubes y en las alturas comienzan a brillar una manchas níveas»

Esta inmensidad y este poder sólo le resultaba comparable con la anchura imponente del río Paraná.

Mendoza era una ciudad que le caía bien con sus huertas y viñas, y con unos hoteles en los que cada habitación tenía su baño con agua fría y caliente. Cuando se dispone a hacer una siesta reparadora del viaje agotador escucha por la ventana el redoble de un tambor, por la calle avanza lenta y rítmicamente una murga de Carnaval.

Gombrowicz y el coronel bromista salen del hotel y deciden participar en ese baile de disfraces. Este Carnaval argentino es una fiesta triste y aburrida, vacía y melancólica, los extranjeros han descubierto que los argentinos no saben divertirse, sin embargo Gombrowicz discrepa con este desprecio.

A su juicio el argentino es complicado, difícil y misterioso, es un pueblo enriquecido por el cruce de razas y de culturas.

«La torpeza de su literatura aumenta, en mi opinión, su misterio y su inaccesibilidad»

Los polacos llegados después de la guerra opinan que la Argentina es primitiva y debe ser despreciada, y esto lo dicen a pesar del bienestar con el que tropezaban a cada paso, un bienestar con el que Polonia no podía ni soñar.

No les decía nada la cantidad de coches que había en Buenos Aires, esta cantidad superaba en varias veces el número de coches de toda Polonia, y tampoco les decía nada que el subterráneo de aquí era mejor que el de París...

«El polaco, a pesar de toda esta evidencia, los trataba desde la altura de su condición de europeo, puesto que era como los trataba el francés o el inglés. En general, la soberbia europea en América es tan inmensa como cretina, y francamente hay que admirar a los argentinos que con tanta paciencia soportan esos humos y esa arrogancia»

Gombrowicz despreciaba este orgullo europeo, y tanto más si venía de Polonia, pero también si venía de París.

Relata la desilusión de su amigo Stanislaw Odyniec, que después de muchos años de vida en la Argentina había hecho un viaje a París.

Volvió desencantado, y aunque no había tenido los problemas de un embajador argentino que temía estirar las piernas al acostarse en Austria pues se imaginaba que podía penetrar en un país vecino, de todas formas la ridícula pequeñez y estrechez de Europa le habían disgustado enormemente: –París también es demasiado pequeña, todo allí es minúsculo, y además sucio y anticuado. ¡Los cuartos de baño horribles! ¡La gente no se baña!

Gombrowicz seguía mirando el Carnaval con el coronel bromista, cuando de pronto se topa con Canal Feijoo, uno de los grandes escritores argentinos que, junto a otros más pequeños, medianos y también grandes como él, se esforzaban en descifrar el carácter nacional. El odio a Europa y el deseo de poseer una realidad propia los llevaba a ser estúpidos.

«Nosotros no tenemos necesidad de freudismo –me decía un estudiante de la universidad de Tucumán–, es un invento europeo y aquí estamos en América»

Para Gombrowicz la esencia de una nación no se manifiesta en los análisis sino en la acción. El arte y el hombre son imprevisibles para sí mismos, la literatura no soporta los programas ni el sometimiento a las teorías, sólo acepta la audacia y el descaro creativos.

La falta de una relación directa con la vida es la causa del carácter secundario de las culturas de las naciones secundarias, naciones tímidas y sin desenvoltura, que no son creativas porque no tienen contacto directo con la vida.

Canal Feijoo y Gombrowicz se dan palmaditas en el hombro: –¿Qué hace usted por aquí?; –He venido por negocios. Venga conmigo. Allí, a la vuelta de la esquina, se está celebrando un encuentro de poetas de Catamarca con ocasión de un concurso de belleza.

Era una reunión de ínfima categoría, un público grosero hacía ruidos estrepitosos, mientras las candidatas asustadas, temblaban y se agitaban como mariposas. Los poetas encargados de honrar a la reina esperaban junto a la pared muy bien vestidos. A Gombrowicz le vinieron a la memoria los jóvenes poetas polacos de antes de la guerra, vestían una ropa que era el colmo de la miseria y el descuido pero escribían un poco mejor que los argentinos.

«Conmigo muestran desconfianza –ya me conocen–, y uno de ellos me advierte de entrada: –Tú, Gombrowicz, ¡sobre todo no hagas el tonto!; –¿Yo? ¡Qué va! –digo pacíficamente– ¡Jamás! La pena es que vosotros sí que hacéis el imbécil. Os han traído aquí para que cantéis la elección de la reina de la belleza, siendo la cosa menos poética que podía ocurrirle a un poeta moderno. ¡Una trivialidad antipoética y sentimentalona! ¡Puro kitsch!; –¡Eres un bobo! Se trata de provocar un escándalo. Somos seis y cada uno de nosotros va a declamar su poema para reivindicar la libertad sexual. ¿Comprendes?»

La prudencia femenina del país no procede solamente de España, es también el resultado de una manera de vivir tranquila y burguesa, pensada para fundar una familia e instalarse en una casita con jardín.

La joven argentina tiene todas las posibilidades de casarse bien y de pasar el resto de su existencia honradamente y sin riesgo.

«A esas vírgenes una aventura, sencillamente, no les va bien. Por tanto, todo aquí está calculado para obligar al hombre a casarse, política femenina que ha triunfado incondicionalmente sobre el deseo de aventuras del hombre.

Lo que pasa es que... el diablo está al acecho. El hombre está al acecho. Y mis poetas se estaban preparando para una ofensiva»

Juan Carlos Gómez, «Goma»

Dom, 20/04/2008 - 02:18