
Gombrowicz y el ajedrez
Muchas son las leyendas que se han tejido en torno al origen del ajedrez y distintos los países a que se atribuyen su procedencia; hoy se cree que el ajedrez procede de la India y que su creador lo ideó para entretener al rey, a quien le pidió como recompensa un grano de trigo por la primera casilla, dos por la segunda, cuatro por la tercera hasta cubrir las 64 de las que consta el tablero.
Como en aquel tiempo no sabían lo que era una progresión geométrica el rey le dijo que sí, pero resultó que con el cálculo se descubrió que los graneros del imperio de 16.384 ciudades de 4.080 agricultores no hubieran bastado para contener la cantidad de trigo pedida, pues equivalía a un cubo de más de un kilómetro de lado. También se cree que el inventor fue el griego Palamedes, que lo inventó durante el sitio de Troya, para distraer a los guerreros durante los días de inacción.
Sea cual haya sido el origen del ajedrez, fue jugando al ajedrez que yo conocí a Gombrowicz en una tarde del café Rex del año 1956.
El Rex había sido hasta el año 1961 un lugar ideal, se podía conversar y jugar al ajedrez. Cuando en marzo de ese año ese café cerró se nos partió en dos un medio mágico: la conversación se nos fue para La Fragata y el juego para un club de ajedrez.
Yo no sé si una persona a la que no le interesa este juego puede entender lo que significa el ajedrez, además del juego en sí mismo es un refugio para protegerse de los infortunios de la vida, es una manera de matar las amenazas del tiempo, pero también es un campo en el que se cruzan las existencias de una manera intensa, el color de fondo que da un medio ajedrecístico es inolvidable y no puede ser reemplazado con nada.
El ajedrez fue para Gombrowicz en la época de su mayor miseria y de la guerra una disciplina que lo ayudó a soportar la pobreza y la soledad, el Rex se convirtió para él en un verdadero hogar.
Yo fui amigo de dos polacos que jugaban al ajedrez, Miguel Najdorf y Witold Gombrowicz, dos polacos que por razones que desconozco no se llevaban bien. Los dos eran actores y, cada uno a su modo, expertos narradores de historias. Un mediodía, en la Embajada de Polonia, Najdorf nos contaba al embajador, al cónsul y a mí un cuento que tenía una moraleja. El embajador de ese entonces era el Camaleón, anterior al Zorro y al Pitecántropo, los que vinieron después.

Miguel Najdorf, Élida, mi mujer,
y el Embajador de Polonia, Eugeniusz Noworyta
La cosa es que Najdorf empezó a contar una historia en la que él, como integrante del equipo de ajedrez que vino a la Argentina a competir en la olimpíadas del 39, había sido responsable de la muerte de otro ajedrecista, también judío.
Najdorf tenía asegurada su participación antes del último juego del torneo de selección que se hizo en Polonia, pero su contrincante sólo podía conseguir el nombramiento si le ganaba a Najdorf. Entonces, la mujer del contrincante le pidió a la mujer de Najdorf que se dejara ganar, Najdorf no accedió, el colega judío se quedó en Polonia, y los alemanes lo mataron.
Cuando Najdorf le puso punto final a la historia después de haber logrado el clima dramático, intervino el cónsul con un aspecto tan siniestro que lo apodé el Terrorista. La inteligencia y la astucia le brillaban en los ojos, le pidió a Najdorf que no se pusiera triste, que no había sido él sino el destino el que había originado la tragedia.
En efecto, si Najdorf se hubiera dejado ganar, su contrincante judío se habría salvado, pero el que vino a la Argentina en el lugar de él, también judío, se hubiera quedado allá con igual suerte de la que tuvo el que murió. Tomamos una vodka y pasamos a otro cuento.
Cuando yo le hice conocer a Najdorf la invitación a la Embajada de Polonia que le estaba haciendo el Camaleón no se puso contento: –Vea, Gómez, voy a aceptar porque soy polaco y porque no quiero hacerlo quedar mal a usted pero, me cuesta, los polacos no nos quieren, odian a los judíos.
El encuentro derivó en una cena en el restaurante Hereford de Puerto Madero como registra la fotografía. De sus rostros se pueden deducir el carácter camaleónico del embajador y la liberalidad espléndida y arrogante del ajedrecista que me dedicó la foto para que la posteridad la registrara.
Cuando la Wehrmacht invade Polonia el 1º de septiembre de 1939 hacía diez días que Gombrowicz estaba en Buenos Aires. Ese día, en un café junto a Miguel Najdorf mientras escuchaban las noticias de la guerra por la radio, el terror y el odio le tomaron la garganta a estos dos señores que el tiempo y las ventoleras de la historia convertirían en inmigrantes.
Juan Carlos Gómez, «Goma»


Y yo que pensaba -como Unamuno- que el ajedrez sólo servía para jugar al ajedrez.