No te fíes de los valencianos

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Hay acontecimientos, hechos, inputs, para expresarlo en este lenguaje psicológico-comercial que tan dentro de nosotros está ya, que coinciden extrañamente en el minuto a minuto de nuestra biografía. Ayer me sucedieron cuatro cosas que me lanzaron de un lado a otro, hacia arriba y hacia abajo en el tablero luminoso de mi máquina del millón particular.

El primero fue el descubrimiento de un disquito pequeño pero inmenso de versiones de canciones de Gainsbourg interpretadas por artistas vascos y cantadas en euskera. El disco se llama «Gainsbourg Gainbegiratuz», que vendría a ser el «Gainsbourg Regiraro o Revisitado». Las versiones valen mucho la pena y reconforta comprobar como las canciones del parisino funcionan en todas las lenguas en las que son interpretadas. Hay versiones preciosas como las de «L'anamour» de Gari o «La Décadanse» de Jone Gabarain y Juankar Landa.

El segundo fue un cuentito de Juan Madrid contenido en un libro publicado por la FNAC bajo el título «20 cuentos de cine» y que me regalaron hace un par de veranos, o quizá tres, en la entonces recién estrenada FNAC de Donostia. El cuento, viene reseñado en la compilación, fue escrito originalmente por Madrid para otra colección de cuentos de cine que editó Alfaguara en 1996. La narración se construye desde el interior hacia los alrededores de su personaje protagonista, Leo, de cincuenta y cinco años. Camarero de profesión. Leo le dice en un momento dado a su hijo: «Cualquiera no sirve para esto, Javier. Un camarero se hace con el tiempo, con el trabajo (...) Y no es sólo la prestancia, el saber estar, ir limpio, aseado. Es otra cosa. (...) Ser camarero de un restaurante de lujo es mejor que ir a la universidad, se aprende más sobre la gente viéndola comer que estudiando un montón de libros». Y ojo al gran deseo de Leo para el futuro de la humanidad: «Si él pudiera, crearía unos cuantos restaurantes especiales, donde sólo fuera gente que supiera distinguir a los buenos camareros, sin que importase lo ricos que fueran. Esos restaurantes estarían atendidos sólo por la flor y nata de los camareros. Ese sería un mundo perfecto y ordenado». El cuento se llama «Cartas bajo la manga» y es una delicia. Su lectura me llevó a una reflexión que escuché una vez a un buen cómico, Quequé, para quien la felicidad es poder comer cada día en el restaurante que uno desee.

El tercer input me lo dio un taxista a quien agradecí mucho que me diese conversación en la poco amable, en ese sentido, ciudad de Barcelona. La conversación derivó también, no sé si la condujo él, igual que el taxi, o fui yo, hacia la felicidad. Y ese taxista de Barcelona, de mediana edad, castellanoparlante, me dijo que a él lo que le hacía feliz era engañarse a si mismo. Fumar y pensar que eso no era perjudicial, hacer trampas jugando al parchis y creer que había ganado limpiamente. No estaba hablando el hombre de falta de moral, sino de autoengañarse. «Engañarse a uno mismo no perjudica a nadie», dijo. ¿Y sabes qué?, que igual tiene razón.

El cuarto input me ha venido esta noche en sueños. Soñaba yo, durante una tremenda tormenta real, que estaba en una azotea, en un día soleado, junto a dos grandes productores de televisión, de los más grandes de Europa. He tabajado para ellos, aunque no nos conocemos mucho y aproveché la situación para pedirles un consejo. Quiero fundar una compañía productora, para gestionar mi trabajo y les pedí a cada uno de estos dos productores que me diese un consejo para llevar a cabo la aventura con garantías de éxito. Uno de ellos, el moreno, me dio la recomendación que esperaba, que al principio tendría que trabajar mucho, que debería escribir, dirigir, realizar... Sin embardo el otro, el rubio, me dio un consejo misterioso e inquietante. Se acercó a mi oreja para que su socio no le escuchase y me susurró muy convencido: «No te fíes de los valencianos». Sin más. Luego los dos descendieron por la escalera de incendios y yo me quedé en la azotea pensando en el significado real de aquella frase. Aún sigo dándole vueltas.

No sé muy bien por qué, pero creo que estos cuatro acontecimientos. Tres reales, o tangibles, y uno onírico, están relacionados entre sí.

Estos vendrían a ser los misterios de mi vida, y no las caras de Belmez.

Lillo

Sáb, 28/06/2008 - 14:23

En versión Goma sería: "Si ves a un valenciano, apunta al trasero".