Digo yo que si Enrique Vila-Matas podía pensar en su juventud que su escritura se parecía a la de Gombrowicz entonces puedo yo pensar, no que mi escritura se parezca a la de Vila-Matas, sino que puedo pensar que Enrique ha escrito sobre mi, pero no sobre el yo que existe sino sobre un yo hipotético que jamás ha existido ni existirá, sobre un yo escritor que Vila-Matas introdujera en alguno de sus libros en los que comenta, entre el análisis libre y el anecdotario, las vidas y las obras de otros escritores.
He pensado esto mientras leía lo que Enrique dice sobre Melville y su trágica vida matrimonial, único punto de conexión Nazka-Melville, en su último libro. He imaginado que me gustaría haber sido un escritor, digo haber sido y no digo serlo porque no resistiría el encierro de esa carcelera implacable que es la literatura, digo tener mi obra ya hecha y terminada hace treinta o cuarenta años y haber abandonado ya todo, digo haber dejado la escritura a un lado pero seguir vivo, vivo y voluntariamente oculto entre espesas sombras, tan oculto como el hombre que se esconde tras el Wakefield de Hawtorne, o como Prochazka, oculto «en una especie de distante Sidney del espíritu, que se llama Lima», o como lo estuvo durante tantos años Saturnino de Lucas, el hombre oculto de ojos extraviados del que nos hablara Alfonso Ungría en su cuaderno ínfimo, agazapado, observando desde mi escondrijo lo que Vila-Matas escribiera sobre mi y mi obra.
He soñado hoy con ser protagonista de una de esas notas a pie de página que comentan su libro invisible, de una de esas notas de Bartleby y compañia, y confieso que la idea me ha excitado tanto que de pronto he podido verlo todo como si lo soñado fuera la más palpable de las realidades.
Realidad de la que todo lo desconozco, porque no he imaginado el asunto tan en profundidad como para saber cuál hubiera sido mi vida o cuál el estilo y el tema de mi obra. Si fuera capaz de pensarlo, de visualizar el estilo y el tema y algún que otro trazo de la vida hipotética que ha quedado plasmada en las páginas de Enrique, si fuera capaz de leer esa página, esos dos o tres párrafos que Enrique no ha compuesto más que en mi imaginación, quizá podría tratar de llevar a la práctica lo escrito y convertirme en lo pensado. Probablemente no, pero, hoy al menos, de soñar se trataba.
Benjamin Nazka


Yo conocí a Prochazka, en un bar en Sydney. Estaba con un grupo de peruanos que acababan de protagonizar una entretenida discusión acerca de fútbol. No sé cómo terminamos hablando acerca del desierto australiano, el agreste outback, y de allí él saltó a Arabia, a Lawrence de Arabia. Mientras el peruano borrado bajaba su cerveza de Nueva Gales del Sur, contó esta anécdota de un inglés borrado en la otra, vieja Gales. Te la contaré como la recuerdo.
-El coronel Lawrence resultaba demasiado peligroso en Medio Oriente, así que el Imperio decide traerlo de vuelta a la ciudad, donde lo tendrá adornado, celebrado y vigilado. Lawrence es recibido en Londres como héroe nacional, vitoreado por las calles, condecorado en las plazas, paseado por salones, ensalzado en las aulas. Lawrence no lo soporta y huye a la vastedad de su propio desierto: el anonimato. Se afeita, cambia sus ropas de estilo árabe, baja diez kilos. Se alista en la Royal Air Force bajo un nombre falso, como soldado raso. Como no puede consigo mismo, el coronel escondido pronto asciende a cabo. Un día comete algún entripado, y el sargento mayor lo llama a disciplina. El mismo Lawrence cuenta que, de pie en posición de firmes frente al escritorio de su superior, tuvo que escuchar cómo un soldado del Impero Británico debía tomar como modelo al héroe de las guerras arábigas, al formidable Coronel T. E. Lawrence, a lawrence de Arabia, cuyo famoso retrato, dotado de una extraña mirada que ahora parecía irónica, colgaba detrás de la cabeza del sargento mayor.