Se trata de darle forma.
Existen formas ya creadas, inteligibles, instaladas en el inconsciente colectivo. Otras son más personales y cuestionan ese orden histórico o sociológico. Surgen quizá como reacción a la forma hegemónica, quizá como autoafirmación. Sea como fuere, algunas logran romper las siempre tensas cuerdas del corsé que modula la forma para que ésta sea reconocible.
A Josep Pla le gustaba la poesía de Gabriel Ferrater. Advirtió en esos poemas una gran capacidad para la descripción y la narración y le preguntó al poeta por qué no escribía en prosa. Ferrater le contestó que
no sabía escribir
nada que no tuviera
forma de esponja.
En cierta manera, Ferrater era una esponja, sobretodo cuando se metía en un bar.
Julio Ramón Ribeyro, que sin desdeñar la esponja era todavía más proclive a adaptar la forma de una chimenea, comenta en sus diarios la imposibilidad de escribir frases de transición a la hora de construir una novela; frases tipo: “entró en un bar y se pidió una cerveza”. Frases tan manidas que le resultan insoportables.
A Perec le parecería insoportable la letra e cuando escribió una novela sin usarla ni una sola vez. ¡¡Y en francés!!
Ferdydurke, la novela de un falso conde polaco perdido en Argentina (disculpe Goma) es, entre otras muchas cosas, un intento prodigioso –y acaso un logro- para escapar a la forma en muchas de sus facetas.
A menudo la rotura de la forma hace avanzar la forma. Otras formas de narrar, de sentir, acaso de vivir.
Todo es moldeable si uno pone cierto empeño en ello. Hasta el mercurio, ese rebelde y noble metal, gracias a la tozudez del hombre puede adaptar la forma de un termómetro.
Monsieur Lange


Estás disculpado Lange
Goma