
Witold Gombrowicz
Como mis escritos se ocupan únicamente de Gombrowicz alguien podría decir que yo soy un especialista, pero ocurre que Gombrowicz es un humanista que se ocupa de todo. Esta curiosa particularidad me permite a mí también ocuparme de todo, pero no de todo sin más, sino de todo visto en un espejo.
Hay doce palabras, ni una más ni una menos, con las que podemos comprender, si es que nos acostumbramos a ellas, toda la obra de Gombrowicz:
forma–caos; dolor–encanto; fealdad–belleza; adulto–joven; madurez–inmadurez; superior–inferior
Y son doce también los objetos de su rebeldía:
Las normas, la familia, lo perfecto, la cultura, la nación, la patria, Dios, el padre, el viejo, la madurez, la realidad y la historia.
Si bien es cierto que yo no estoy en condiciones de sacar consecuencias cabalísticas de este número doce como lo había hecho Gombrowicz con el número dos, me parece oportuno decir que existen cinco cantidades de doce que son famosas:
la de los Apóstoles; la de los signos del Zodíaco; la de los trabajos de Hércules; la de las categorías de Kant; la de los meses del año.
Dar vueltas alrededor de esta batería de ideas con todas sus combinaciones posibles es una tarea ímproba, pues cada una de ellas tiene, digámoslo así, un espejo, no un opuesto, sino un espejo.
Hemos tomado como idea opuesta a la de forma, la idea de caos, pero el espejo de la forma no es el caos, sino una forma sin jerarquía, y la mosca es un elemento que nos puede ayudar a introducirnos en el espejo.
«Vos tratá de vivir tu vida en detalle, a cada momento, como por ejemplo, miras una mosca y dices ¡qué mosca! Esto es lo más placentero».
Gombrowicz utilizaba a las moscas como una forma sin jerarquía no solamente en el carácter de recurso literario, sino también para manejarse en la vida de todos los días, especialmente cuando le resultaba difícil controlar una situación. Un contertulio bastante pesado se sentaba a la mesa y empezaba a hablar del holocausto. Era judío, a Gombrowicz le resultaba difícil controlarlo con la conversación pues era muy considerado con el dolor ajeno, así que empezaba a decir ¡moscas! A la tercera vez que decía ¡moscas! el judío se levantaba y se iba.
Pero no solamente recurría a las moscas, también echaba mano de las mariposas. En el final de «Opereta», después que el mundo entero se había descalabrado y derrumbado sobre sí mismo, aparece el protagonista dandy y calavera cazando mariposas delante de un cajón llevado por dos enterradores en cuyo interior estaba Albertina completamente desnuda.
Este es uno de los casos en que utiliza una forma infantil, es decir, sin jerarquía para contraponerla a una forma trágica en el campo de la literatura.
En la mosca de ¡qué mosca!, nos las estamos viendo con un caso casi literario, pues es el fragmento de una carta en el que utiliza una forma inferior para contraponerla a las formas dramáticas de Quilombo con sus dificultades económicas, con sus contratiempos de salud y con las penurias que le ocasionaban sus estudios de contable.
También utiliza una pelota en «Ferdydurke» para oponerla a la escena escalofriante de los estudiantes que se están violado por las orejas.
«Justo en el momento culminante de la atroz violación psicofísica que efectuó Polilla sobre Sifón, se abrió la puerta y entró en la clase, como caído del cielo, Pimko, siempre infalible en toda su personalidad excepcional. –¡Qué bien, los niños juegan a la pelota! (...) ¡A la pelota, a la pelota juegan! ¡Con qué gracia uno tira la pelota al otro, con qué soltura la agarra el otro! Y viendo los rubores sobre mi cara, pálida y crispada por el pavor, añadió: –¡Oh, qué colorcitos! Se ve que la escuela te resulta saludable y la pelota también, mi Pepito. Vamos, te llevaré a la casa de la señora Juventona, donde alquilé una pieza para ti».
Quizás los elementos más utilizados por Gombrowicz en este juego de espejo con la forma sean el agua y las comidas. Al agua la utiliza para oponerla a la guerra en uno de sus cuentos.
«Por otra parte nuevas aventuras reclamaron muy pronto mi atención. Recuerdo que en 1918 fui yo, yo solo, quien rompió el frente alemán. Como es de todos sabido, las trincheras llegaban hasta el mar. Se trataba de un verdadero sistema de canales profundos que tenían una longitud de hasta quinientos kilómetros. Sólo a mí se me ocurrió la sencilla idea de inundar los canales. Una noche trabajé a escondidas, cavé un foso que comunicó los canales con el mar. Al penetrar ininterrumpidamente, el agua inundó las trincheras y corrió por toda la línea del frente. Con gran estupor los aliados vieron a los alemanes, empapados hasta los huesos, saltar fuera de las fosas enloquecidos de pánico, cuando despuntaban las primeras luces de un amanecer brumoso».
Un día el Asno llegó a Buenos Aires completamente desesperado y dispuesto a suicidarse porque su novia lo había abandonado. Llamó a Gombrowicz en una hora inoportuna, una hora que les había prohibido a los jóvenes de Tandil, pero se dio cuenta de que algo raro pasaba: –Me alegro que hayas venido pues hoy tengo que salir a comer, es el día de Félix Krüll– así llamaba a un restaurante horrible cercano a su casa. El Asno estaba enloquecido: –Crees que estás enamorado porque eres idiota ¿Acaso sabes qué es el amor? En cualquier caso eres un perrito faldero. Mira que andar pegado a los talones de una sola persona. Lo que necesitas son dos. Si tuvieras dos estarías enamorado de las dos, y si tuvieras tres, de las tres. Cuando te abandonara una no estarías tan desesperado como ahora. Sírvete tú primero. Estos macarrones son buenos... ¿Te das cuenta? Es imposible suicidarse con la tripa llena... te invito yo.
La situación literaria más dramática a la que le tiene que oponer una forma inferior se le presenta en “Cosmos”. Al protagonista se le estaban moviendo las manos con la intención de ahorcar al sacerdote, había llegado también a la conclusión de que tenía que asesinar a Lena por la que se le había despertado una pasión enfermiza, cuyo esposo había aparecido colgando de un árbol, y cuyo padre se masturbaba en la montaña delante de todo el mundo. De repente la lluvia, un diluvio.
«En conclusión: escalofríos, reumas, fiebres, Lena enfermó de anginas, fue necesario llevar un taxi de Zakopane, enfermedades, médicos, en fin, todo cambió y yo volví a Varsovia, mis padres, el conflicto permanente con mi padre, y otras historias, problemas, dificultades, complicaciones. Hoy en el almuerzo comimos pollo relleno».
A Gombrobicz le había aparecido desde su temprana infancia una alergia respecto a la forma polaca que lo obligó a rascarse y a buscar un estilo literario que fue consiguiendo poco a poco un lugar en la literatura.
«Y fue allí, seguramente, donde comenzaron mis dolorosas aventuras con las diversas distorsiones de la forma polaca que producían en mí un efecto parecido al de las cosquillas: uno se troncha de la risa, pero no resulta agradable»
Pero las alergias son incurables, así le pasó con sus eczemas, con el asma y con su polonidad.
«Hoy veo hasta qué punto mis reacciones son polacas, de un hidalgüelo polaco, de un campesino polaco, polacas de carne y hueso. Mi polonidad incurable, que experimento a cada paso cuando estoy en el extranjero, casi hace reír a un hombre como yo, aparentemente liberado de todos sus lazos»
Gombrowicz era un polaco raro, cuanto más le ladraba a la forma polaca, más polaco se volvía. Yo creo que el espejo de la forma lo regresaba a un estado infantil, que era el único estado en el que Gombrowicz se sentía cómodo como se lo puede apreciar en la foto que forma parte de este gombrowiczidas.
Juan Carlos Gómez, «Goma»


Estimado Señor,
Mi nombre es Marta Kaluza y soy una polaca desplazada doblemente – al otro lado del oceáno (Nueva York) y en una facultad de español. Uno se podría preguntar (y me han preguntado muchos) ¿por qué se metería una mujer polaca en un mundo tan ajeno? Yo misma me preguntaba esto hasta dar con un nombre de resonancia tan típicamente polaca que me hizo sentir en casa. Desde entonces he estado navegando en el mundo gombrowicziano encontrando más preguntas que respuestas, siempre con una risa incontenible y con curiosidad poco común en el mundo académico. Si no fuera por Witold y todas las palabras que lo unían a personas tan interesantes como Usted, creo que me daría por vencida por las pocas ganas que me quedaban de continuar mi doctorado que ya empezaba a perder su brillo.
Le escribo desde distancia porque a principios de enero pisaré la tierra argentina la primera vez en mi vida y, naturalmente, me encantaría poder conocer a Usted. No sabía cómo ponerme en contacto con Usted así que tengo la esperanza de que esta manera funcione. Le agradecería mucho la posibilidad de vernos en persona allí en la otra patria de WG.
Mi correo: marta.kaluza(arroba)gmail.com
Un cordial saludo,
Marta Kaluza