Tenía veintiún años, bajé del tren mirando a ambos lados del andén, mis maletas venían detrás, a mi lado. Uno siempre termina por no dejarse aquello que más pesa.
Luego vino lo de siempre, tus ojos achinados por tu deficiencia visual, mi mano moverse de forma casi ridícula y tú corriendo hacia mí, y yo esperando quieto con la excusa del desorbitado peso de mis maletas. Luego el abrazo, abarcándome por la espalda a la altura de mis riñones. Hasta me dolía.


Comentarios recientes
y yo me alegro....
me ha gustado....
oh! El curso de filosofía...
Os invitamos a visitar...
Al igual que Pe, yo también...