El invierno en que me quedé muda, no hubo inundación en Colinas. Se pudo atravesar el puente sin problemas, viendo el agua del río en los bordes del camino, y al cielo bien tapado de nubes, como queriendo romperse para dejar caer la desgracia. Quizás por eso todo el pueblo estuvo pendiente de mi mudez.
Hoy terminó esa mudez de diecisiete años. Diecisiete años esperando que Turcio por fin estuviera dentro de ese cajón, inmóvil, remotamente cínico, vigilándose a sí mismo. Después de tanto tiempo sin hablar tenía miedo de que las palabras se me quedaran pegadas en la lengua, o que salieran desfiguradas, incomprensibles, o que sencillamente no significaran nada. Por eso todos los días conversaba en mi mente conmigo misma, me saludaba todos los días y me contaba las cosas que me sucedían en esta vida de encierro.


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