La suicida

Mirar a todas partes

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Poca gente es consciente del momento exacto de su muerte. No me refiero al momento vital en el que esta acontece sino al momento preciso. Uno puede predecir que la muerte le llegará en la senectud o dentro de un año, en el caso de que el médico le diagnostique uno de esos males que corren desbocados por el cuerpo alimentándose de la vida que éste contiene y de la que jamás se empacha. Uno puede vaticinar que será en las próximas horas, quizá minutos, pero en el justo momento de producirse el desenlace se diría que uno tiene la mente en otra parte, ocupándola en otras cosas que no sólo no son la muerte sino que, sospecho, están en sus antípodas (ojalá supiéramos en qué cosas, ojalá pudiésemos capturar los vivos ese último pensamiento del moribundo, ese Rosebud; ¡aprenderíamos tanto!). Cuando la muerte aparece, rápida y dulce uno piensa que le quedan aún unos segundos al menos; que tendrá tiempo de componer un poco mejor el rompecabezas que le ocupa; que sus retinas recogerán, por última o quizá penúltima vez, la imagen de la persona, el objeto o el paisaje amado.

Mié, 11/04/2007 - 20:58

Se buscan suicidas (II) - El anillo

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Marina creyó en un primer momento que Carlo era el hombre de su vida o al menos el hombre al que deseaba en ese momento de su vida —a punto de cumplir los 24— y por el que estaba dispuesta a perder unas cuantas noches de sueño; tampoco demasiadas porque al ser Carlo el nuevo novio de su más antigua y apreciada amiga debía Marina contener sus primeros instintos y sus shakespearianos tejemanejes mentales y olvidar a aquel chico y aún aquellos labios que solía mordisquear nervioso cuando estaba con ella, quizá cuando estaba con cualquier otra persona pero eso ella no podía saberlo pues no podía observarlo sin estar presente. Debía olvidar esos labios, sí, desprenderse de la presencia del fantasma del que ella vio en su día como el hombre de su vida o de una parte de su vida, o quizá de una noche de su vida.

Dom, 11/02/2007 - 17:29

Se buscan Suicidas (I) - Cuatro Estaciones

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Llegaba tarde al curro. Tarde no; justo, que agobia más. Al llegar tarde el mal ya está hecho. Ya ha sido apretado el gatillo. Una vez rebasada la línea el problema es ya otro. Llegar justo no da tregua. «Te voy a matar, quizá». La respiración en puntos suspensivos. Los omoplatos erguidos. Justo.

Entre Atocha y Pinto el tren no ofrece muchos secretos a través de sus ventanas. Por eso él creía, hoy, haber tomado el tren para Hereford, como Sherlock Holmes en El misterio del Valle de Boscombe. Cada día cambiaba de ruta. A veces cogía el London Express hasta Manchester. Otras veces viajaba de Bristol a Exeter. ¿Qué pintaba él en la capital del condado de Devon? Eso era cosa suya. Probablemente se desplazaba hasta allí a resolver uno de sus casos. Secretos. Ser guardia de seguridad en un polígono industrial está bien, pero ser el detective privado de la alta sociedad victoriana es otra cosa. Se engaña. Se mantiene vivo. Hace siete años, casi exactamente, decidió no leer más libros nuevos.

Mié, 07/02/2007 - 11:53
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