Ricardo Abdahllah

Homenaje al Moscatel de Pasas Reloaded

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Ahora tengo 28 años y dos trabajos. No me pagan bien en ninguno (soy escritor y pediodista freelance en el extranjero, eso lo dice todo) pero son dos, no tengo descendencia y esa suma de circunstancias me permite de vez en cuando invitar a mi novia a cocteles decentes y a mis amigos a una buena botella de Piere Smirnoff’s Vodka; bebo bien, entonces, y con gusto, pero ese ascenso relativo en la escala etílica (todavía no me alcanza para el whisky de marca legalmente importado) jamás justificaría el olvido ingrato del licor que acompañó los que, estoy seguro, fueron mis mejores años en este valle de lágrimas. Me refiero por supuesto al vino moscatel de pasas. Al querido “Moscato” envasado en botella de etiqueta roja y blanca con uva y castillos en las bodegas de Casa del Rhin en el sector más gris y polvoriento de la carrera 30 de Bogotá. Ninguno de los otros vinos de la familia moscatel (“dícese del vino sacado de una cierta especie de uva de grano redondo y muy liso y gusto sumamente dulce”) se le aproxima en sabor; los demás son muy dulces, o muy secos o están envasados en botellas sin dignidad. El Moscato original es otra cosa.

Vie, 14/12/2007 - 12:05
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