Bar Bodega Farré

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He aquí un bar bodega con doble personalidad. El mayor ejemplo de trastorno bipolar bodeguero que yo haya visto jamás.
De día sería un bar bastante corriente -jubilados jugando a las cartas o al dominó en la terraza, gente en la barra haciendo el vermut, el vinito, las olivas, la cañita- de no ser por los camareros. El dueño, un gran tipo física y personalmente, además de tener un ojo de cristal viste uno de esos delantales con bolsillo extragrande donde puede albergar perfectamente 300 ó 400 monedas. Su ayudante padece una extraña tartamudez y grita mucho; parece que esté enfadado contigo pero en realidad te está diciendo: ¿le pongo otra copita? Se puede reconocer al neófito del Farré por su reacción ante este peculiar camarero. Hasta aquí el Farré de día.

Avanzada la noche el bar se transforma aunque, eso sí, a puerta cerrada. Sólo los conocidos que son fiables para el gran hombre del ojo de cristal pueden pasar. Si llamas a las 3 de la mañana se abre un pequeño rectángulo por donde aparece la mitad del rostro del dueño. Al reconocerte te pregunta: ¿Cuántos sois? ¿Hay mujeres? Pregunta ésta última muy importante porque en caso afirmativo el gran hombre vuelve hacia adentro para desconectar el canal porno ante los abucheos de algunos. El gran hombre sostiene que él es un caballero. Doy fe.
Una vez dentro el ambiente es lo más parecido al bar frecuentado por Makinavaja. Siempre he sospechado que Ivà conocía perfectamente la bodega Farré y que de ahí salieron algunas de las historietas del cómic.
Una vez dentro, si tiene la confianza suficiente, el gran hombre te ofrece sitio en la planta de abajo donde acostumbran a hacerse timbas de cartas con tahúres de gran calado. Suele haber inspectores de policía, cargos del Ayuntamiento del distrito... con mucha pasta sobre el tapete y algunos cinturones con pistola colgando de la silla. En otra mesa acostumbran a estar los barrenderos que, descansando de su árdua tarea, aprovechan para lanzarse bocatas y platos. Gente dispersa de todo tipo (algún músico, gente del barrio de toda la vida e incluso algun poeta) completan la fauna de esta peculiar taberna.
Pese a lo que pueda parecer no suele haber altercados. Si surge alguna disputa el gran hombre impone su criterio, siempre justo y equilibrado.
Es destacable la calidad de las tapas -cocinadas en casa por una anciana amiga del bar- a altas horas de la madrugada. A esas horas casi cualquier cosa se digiere bien; las tapas del Farré -las croquetas caseras por ejemplo son excelentes- saben a gloria.
El precio es muy razonable y casi siempre se refleja en números redondos (sin céntimos de por medio).

Monsieur Lange

Jue, 03/08/2006 - 00:09

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