El blanco

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Habría que darle un repasito a las vidrieras del escaparate, no fuera a ser que se perdiera clientela por el simple hecho de impedirles la visión a los transeúntes. Aunque para que íbamos a engañarnos, la clientela de su pequeño negocio era siempre la misma, repetitiva como un molino de agua. Cada día la acera traía en su caudal a las mismas personas y a las horas señaladas. Una vez leyó en una columna de opinión del periódico local que ciertos productos tenían un público cautivo y se quedó muy tranquilo después de concluir que el suyo también lo era. Cerró el periódico como un autómata mientras se reconcentraba en un pensamiento que parecía querer plasmar en el interior de la vidriera: «Mis clientes son siempre los mismos; compran sus revistas y periódicos en mi local desde hace décadas, aún cuando en la esquina de Letamendi con Barrunto el joven ese, el hijo de don Mateo, puso una papelería de esas modernas en las que hasta se pueden comprar vídeos; por tanto, tengo un público cautivo». Pero inmediatamente bajó el volumen de sus pensamientos o los relegó a esa zona en que dejamos las ideas que no queremos manifestarnos por incómodas, por indolentes o por lo que sea. Incluso carraspeó tres veces para no confesarse que se estaba a punto de preguntar el por qué esas personas compraban única y exclusivamente en su negocio. Y lo peor de su pregunta era su respuesta, porque estaba cargada de palabras molestas como costumbre, repetición, comodidad y hasta resignación. Sí, sus clientes eran viejos en su mayoría y en su mayoría también nunca habían salido del pueblo en su vida, igual que él, que Edelmiro, el quiosquero. Las vidrieras podían continuar así por años y ni una persona más ni menos iban a añadirse o desañadirse (salvo que la muerte, argumento definitivo y no discutible, se le presentase a alguno), de la lista que conformaba su respetable clientela.

La rutina de Edelmiro no distaba en casi nada de la del resto de los quiosqueros del planeta. Salvo en la anticipación de los hechos. A las 4:20 AM sonaba su diana y se dirigía en su coche viejo a recoger los periódicos a la central de Bilbao. Cuarenta minutos gastaba en ir, cuarenta en regresar y unos veinte minutos en la transacción en sí. Tiempo ya que los despachadores de la central habían desistido de intentarle convencer de que esperara sus periódicos tranquilamente sentado en su quiosco, pues ya hacía años que había un servicio de repartición por cercanías («intrincadas cercanías» podía ser un título más adecuado), cuya misión era precisamente facilitar la tarea de venta de periódicos en los pueblos periféricos de la ciudad. Nunca se pudo convencer a Edelmiro de que desistiese de sus madrugueros y oscuros viajes, peligrosos además por el precario estado de su coche; de ninguna manera. Su argumento principal era el de que no quería fiarse de nadie a la hora de transportar la mercancía, pues el par de semanas esas en que estuvo muy enfermo y se vio imposibilitado de recoger el material, el estado de los periódicos distaba mucho del que a él le parecían condiciones decentes de conservación del producto. Los funcionaros despachadores de la central ya entendían que esas eran patrañas de viejo, y que lo único que le movía a recoger él mismo los periódicos, era esa especie de fuerza de la costumbre medio inexplicable que mueve a tantos viejos a hacer tantas cosas con las que a la vez evitan sentirse inútiles. Alguna vez de regreso a su pueblo, el camión repartidor le sobrepasaba propinándole un sendo bocinazo. El timbre agudo, demasiado agudo para ser un camión de esas dimensiones, se parecía mucho a esos chillidos infantiles que buscan burlarse de la manera más efectiva del objeto de sus chanzas. En los ambientes escolares, igual que en los laborales, la burla, el sobrenombre, la crueldad cotidiana escondida en un formato «cariñoso» (algo así como: nos burlamos de ti porque nos importas, existes, casi porque te queremos), abundan con aceptación, casi inmoralmente. Edelmiro, por viejo, lo sabe. Por eso en la intimidad de su amplio Ford, cuando ya van a dar las seis de la mañana y ante tan enérgicas y juveniles bromas, quita automáticamente su mano derecha de la palanca de marchas y repite una inequívoca caricia sobre el cuero gastado del asiento vacío. Si en ese momento pudiésemos observar con detención el movimiento automático de sus labios ¿podríamos sospechar que está nombrando a su perrito faldero fallecido hace tan solo un año? Ese eterno compañero llamado Gorkachu, valiente y obediente, que le hizo una compañía muda durante tantas madrugadas de su vida...

Edelmiro, menos por ser quiosquero que por ser simplemente un hombre sin mucha actividad «real», está absolutamente informado de todo cuanto pasa en el mundo, exceptuando la moda y los cotilleos sobre famosos. Desde que abre el chiringuito hasta que lo cierra, interrumpido sólo —y de vez en cuando— por la intromisión de algún cliente, lee y repasa sin apenas cansarse todos los acontecimientos, artículos, reportajes y columnas de opinión de los cinco diferentes periódicos que reparte. En esto también respeta un ritual. Educado en la vieja escuela fancinesca, republicano activo en sus tiempos y ahora, aunque le cuete confesárselo a sí mismo, un tanto conservador, es de los que ataca primero la página Editorial, porque cree haber descubierto que ella conlleva una orientación, aunque la mayoría de las veces diáfana y no comprometida, necesaria para no atacar las páginas de manera caótica, lo que conduce indefectiblemente a ahogarse en un mar de naderías.

Y como suele sucederles a estas víctimas de la narcotización informativa, Edelmiro también pertenece a la clase de personas que cree estar participando en el acontecer mundial por el simple hecho de atiborrarse de información bursátil, movimientos de tropas, ataques terroristas, impacto medio ambiental y, reconozcámoslo, fútbol. Político, soldado universal, economista, deportista, de vez en cuando artista y más de vez en cuando vendedor de periódicos, llena sus horas desde las 6.30 de la mañana hasta las 14.00, momento en el que se va a su casa para comer viendo el noticiario, de acciones y hechos ajenos.

En una de estas mañanas rutinarias (curiosamente Edelmiro no recuerda si fue un martes o un miércoles), cuando se disponía a abrir el quiosco, encontró pegado sobre la vidriera de la puerta un pequeño lazo negro.

En un principio no le dio ninguna importancia, porque era de esas personas a las que suele denominárseles «despistadas», cuando en realidad lo que les sucede es que se encuentran en un constante estado de ensimismamiento, de ensoñación si es que puede aplicársele este adjetivo a un alma sencilla, y el lacito negro no logró entrar en su cerebro, tan ocupado como estaba en hacer un resumen de la jornada noticiaria del día anterior.

Sólo al tirar descuidadamente el lacito sobre el mesón de ventas, su yo consciente comenzó a venir desde el fondo de su cabeza y casi sin proponérselo sus labios murmuraron: «ETA (1) AMENAZA DE MUERTE A GACETERO DE LAS ENCARTACIONES (2)». En dos minutos el negocio estaba cerrado, con todas las noticias frescas y jugosas esperando inútilmente que alguien las consumiera.

(1) E.T.A.: «Euskadi Eta Askatasuna» (Euskadi Y Libertad).
(2) Encartaciones (Enkarterriak): Región de Bizkaia, País Vasco, que limita con Cantabria.

Dubitaciones de Edelmiro

Que no fueron pocas, ni menos fue su desesperación desde el momento en que se creyó, efectivamente, un blanco de la banda armada. Si retrocedemos al momento en que Edelmiro se encuentra al otro lado del mesón de ventas reconcentrándose en el lacito negro, no nos podríamos creer que instintivamente quiso abrir cualquier periódico para comprobar si la noticia de su amenaza se encontraba entre las del día ¿han experimentado ustedes verdaderos momentos de terror? Si existe la bilis cerebral, os aseguro que en estos casos corre por entre las cavidades cerebrales a raudales, corrompiéndolo todo y mezclando las razones a su antojo. Y no fue la conciencia de la estupidez de su impulso la que le frenó a lanzarse sobre los periódicos, sino una nueva y repentina sospecha: ¿Y si el manojo de periódicos fuese un paquete bomba? O incluso: ¿Y si las primeras páginas de los periódicos contienen ántrax? De seguido pensó en la posibilidad de haber activado una bomba al abrir el local, pensamiento que lo lanzó a la calle, alado con la rapidez de Mercurio.

Ya en la calle, se imaginaba que en cualquier momento, apareciendo de entre las tinieblas de alguna esquina, «un transeúnte anónimo, que según un vecino que a esas tempranas horas paseaba su perro, podría vestir pantalones de pana y una cazadora negra», se le acercaría, le pondría una pistola en la nuca y realizaría «dos limpios disparos que le causaron una muerte instantánea».

Pese a todo Edelmiro logró llegar a su casa. Pero ya dentro de ella sus paranoias se agudizaron. De entrada creyó percibir un agudo olor a gas. Precipitóse a la ventana del salón y la abrió alocadamente, pero volvió a cerrarla con estrépito, pues «un francotirador, apostado probablemente a pocos metros de la vivienda, disparó cinco tiros de escopeta sobre el cuerpo de la víctima, aprovechando un momento en que ésta se disponía a regar las plantas de su balcón». De todos modos, ya sea por haber abierto la ventana o porque nunca lo hubo, el olor a gas se había disipado de su casa o de su imaginación. Con la misma rapidez cerró todas las ventanas con sus respectivas cortinas y puso cerrojo a la puerta.

Blanco de ETA, blanco de ETA... no dejaba de repetirse mientras recorría su casa en busca de algún intruso. Pero no, no era el estilo de esta banda armada el esconderse dentro de la casa de sus víctimas para acabar con sus vidas. Pero un coche bomba... Edelmiro atisbó con un solo ojo por entre las cortinas de todas las ventanas que daban a la calle y, efectivamente, encontró un coche sospechoso aparcado a pocos metros de la ventana de su cocina, enfrente de un garaje cerrado desde hacía años, pero que aún conservaba su prohibido estacionar; salida de vehículos: «se trataba de un Renault Cuatro de color rojo con matrícula de Francia, el cual se encontraba aparcado precisamente frente a la vivienda de la víctima, en una zona de vado en la cual ningún vecino dejaría jamás su coche. Aunque Arizmendi alertó a la Ertzaintza (3) de sus sospechas e incluso insistió en que tenía la certeza de que el vehículo contenía una bomba, la policía no pudo llegar a la zona a tiempo debido al intenso tráfico de la carretera nacional X, la única que conduce a este apartado pueblo. Se calcula que cinco minutos después de la llamada, Edelmiro Arizmendi, de 68 años, fallecía producto de las innumerables esquirlas de vidrio que se incrustaron en su cuerpo al estallar el artefacto».

(3) Ertzaintza: Policía Nacional del País Vasco.

No por eso Edelmiro evitó llamar a la policía. Y no era de los viejos que tienen a la mano todos los números catastróficos para urgencias eventuales, dícese bomberos, policía, ambulancias... cosa que lamentó. Pensó en llamar al 1003 para investigar el número de la policía, pero se detuvo consternado ante la posibilidad «del posterior descubrimiento de que la línea telefónica de la víctima se encontraba intervenida desde, se calcula, unas dos semanas, lo que explicaría la siniestra eficacia con la que ETA logró eliminar a cuatro agentes de la Ertzaintza en el momento que éstos bajaban del coche frente al número 32 de la calle X, acudiendo a la desesperada llamada de Arizmendi, el cual en estos momentos se encuentra internado en el Hospital de Bilbao en un avanzado estado de shock». También lamentó no haber aceptado ese móvil que le regalaban en la central de distribución por sus diez años de cliente.

Entonces decidió realizar la llamada desde un teléfono público, pero no del que tenía justo debajo de su casa —pues era muy probable que esta acción ya la tuviese prevista la banda armada—, sino desde uno ubicado a tres esquinas de su domicilio. Haciéndose cargo del riesgo al que se exponía, permaneció inmóvil con la mano sobre el pomo de la puerta sin atreverse a abrirla, paralizado como estaba ante la idea de que cualquier movimiento podía dar con su humanidad por los aires. Al fin la desesperación pudo más: abrió la puerta y se lanzó a la acera en busca del preciado teléfono, «siendo seguido a pocos metros por una mujer de 1m 60 de estatura, de cabello negro y tez morena, que arrastraba tras de sí un supuesto carro de compras atiborrado de verduras y fingía llamar a gritos a un posible niño o perro rezagado, mientras aceleraba su paso de manera sospechosa hacia la víctima...».

Frente a él cruzaron perros bombas, niños suicidas, ancianos con cámaras ocultas... mil ojos le escudriñaron de diversas ventanas «del barrio X, localidad elegida por ETA para instalar una serie de puntos estratégicos desde los cuales se vigilaban los pasos de la víctima las 24 horas. En una operación llamada «El Ojo de Dios», la Ertzaintza logró dar con la base de operaciones de la banda armada, un piso ubicado en el 32 de la calle X, en donde se encontraron además de armas y explosivos, un sinfín de fotografías de Arizmendi realizando diversas actividades cotidianas».

«Diversas actividades cotidianas», «diversas actividades cotidianas», le zumbaba la última frase de su composición mientras las fachadas de las casas y los escaparates pasaban veloces y borrosos por su costado, como el gigantesco rodillo de una imprenta magacinesca transportando los folios calientes de la siguiente edición. «Diversas actividades cotidianas». Cuanto más se le repetía esta frase, Edelmiro relentizaba su paso y poco a poco iba recuperando la conciencia. «... actividades cotidianas». Fue entonces cuando se vio de pronto al otro lado del escaparate de su pequeño quiosco; pero no se vio sólo un día, se vio repetido hasta el infinito, repartido en treinta años, parcelado en trozos y no en un todo, creyó ver cada día como si cada uno fuera una vida y no pudo encontrar la diferencia entre una vida y otra, entre un día y otro. Frente a él desfilaron todos sus clientes y cada uno tenía, de alguna manera, su mismo rostro. «Actividades cotidianas...».

Fue cuando Edelmiro llegó al teléfono, sudado y con el corazón palpitándole en la garganta, que la idea de llamar a la policía fue desvaneciéndose igual que los televisores antiguos que tardan un minuto en apagarse. Se detuvo frente al teléfono público, ocupado además por una adolescente gorda y de pelo teñido, y poniendo sus manos en la cintura, logró calmar un poco sus pulsaciones. «Edelmiro, ¡eh, Edelmiro!» Escuchó que le llamaban desde una lejanía que le hacía acercarse a la vida de manera súbita e inesperada. Era don Santi, el viejo más viejo y simpático de entre sus clientes, todo un personaje en su pueblo.

— ¿Qué no abres hoy, hijo? ¡Que te has dejado la puerta abierta!

Edelmiro no logró articular una respuesta.

— He ido a comprar El Rápido porque hoy regalaban el fascículo ese, el que colecciona mi nieto ¿No sabes que a él le gusta esto de los ordenadores?
— ¿Qué día es hoy? —le interrogó sin mirarle—.
El viejo se reconcentró igual que si estuviese buscando la fórmula que resuelve el misterio de los abismos negros. Y eso parecía tener en la cabeza, un abismo en donde el nombre del día se había perdido irremediablemente.
— Ehh... pues...
— Y si no sabes que día es: ¿Cómo sabes que «hoy» sale el fascículo? —le preguntó Edelmiro intrigado y esta vez observándole con atención—.

El viejo, sin encontrar respuesta alguna, sólo pudo encogerse de hombros. «Actividades cotidianas» volvió a repetirse Edelmiro y de pronto algo se apagó o se encendió en él. Se detuvo el rodillo de la imprenta y con él los titulares y noticias; se desconectaron las bombas y desaparecieron los sospechosos. Sólo lograba repetirse incansablemente; «Actividades cotidianas... »

— ¡Apa, don Santi! Vamos a abrir el quiosco, no vaya a ser que se lo lleven todo y se quede su nieto sin el Cibernalia.
— ¿El qué?
— Da igual, da igual...

Mientras llevaba al viejo agarrado del brazo y sonreía tristemente, Edelmiro, buscando inútilmente en su bolsillo las llaves del negocio, encontró el pequeño lacito negro hecho un ovillo. Lo acercó a su rostro para verlo bien, lo estiró y se percató que no era exactamente negro, sino azul. También pudo constatar que de la parte más curva de este lacito se desprendía un delgado hilillo de color rojo. Más que una señal de amenaza parecía, parecía...

— ¿En qué mes estamos, don Santi?
— ¡En Diciembre, claro! —contestó el viejo contento de poder encontrar la respuesta—.
— ¿Cerca de navidad?
— ¡Claro hijo! —Y don Santi comenzó a canturrear: «Ator, ator mutil estera, gaztaina ximelak jatera...» (4)

(4) «Ven, ven muchacho a casa, a comer castañitas asadas...»

Entonces constató por primera vez que de los escaparates de algunas tiendas colgaba un Santa Claus rojo y panzudo, cogido desde la espalda por un pequeño... por un pequeño y azul...

Edelmiro arrojó discretamente el lacito en el primer basurero público que encontró.

Beto Stocker

Mar, 09/01/2007 - 10:37

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