Seamos sinceros (IV). Literatura social

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Un Estado es quien tiene el «monopolio sobre la violencia legítima».
—Maximilian Weber—

Llevo algunos meses subseccionado en silencio; escuchando los alrededores de mi vida intentando comprender. Escucho atentamente a los que su posición social les permite opinar en singular o en plural, escucho —entre cafés— conversaciones ajenas violadas por mis oídos, te escucho a ti y, de tanto en tanto, me sorprendo escuchándome a mí.

Llevamos tiempo con la misma pantomima; que si tripartido paquí que si tripartido pacá, que si la COPE tal o si la COPE pascual; y para mas INRI ante una SGAE corrupta, cualquier voz ajena se alza y dice palabras similares a: ¡estoy hasta el coño/los huevos del Gobierno de este país! (léase de ese país/estado para los que no contribuyen al arraigo territorial). TeleMadrid, bajo la tutela de El Mundo-TV, se alza en banderas denunciando la persecución social que sufren los castellano—parlantes (entiendo como tales a españoles y no—españoles) en una apátrida Catalunya donde no existe hueco alguno para la integración social; ¡o formas parte del seny de las cuatro barras o ni eres ni existes! Cuatro bombas mal puestas lo explican todo; el Gobierno es débil —se necesita mano dura—; mientras el círculo político arremete en discutir “si España es una o vamos camino a un estado federal—. La burbuja inmobiliaria —una vez repletos los bolsillos de los que tanto instaron a soplar y soplar para hacerla engordar— explota y los bancos, preocupados como siempre por las familias y ya lucrados de tanto patrocinar especulaciones inmobiliarias, hacen una llamada al ahorro familiar —¡Ahorrad hijos míos! ¡Ahorrad! ¡Todavía tenemos donde rascar!— y bajo subida de intereses no se cortan en recortar las opciones (¿ayudas?) para acceder a una vivienda digna.

Yo vengo de fuera y me cago en ti; típico tópico sufrido en países con gran presión inmigratoria. Mi rezo es la llave a erigir el mausoleo de tu oración. Cuatro bombas más y el interludio se convierte en guerras legales o guerras ilegales. El ataque verbal directo a un pueblo se le llama opinión o libertad de expresión; defenderse opinando es persecución, radicalización, formar parte de los violentos o, sencillamente, coartar susodicha libertad de expresión.

Ajeno a las patrañas político—sociales, mundiales o globalizadas; un hombre decide acabar sus décadas de relación inflingiéndole tantos martillazos en la base del cráneo a su pareja como años vividos junto a ella. Hablamos entonces de violencia doméstica. ¡Los bofetones se oían desde el salón contiguo a mi comedor! ...pero nunca pensamos que esto llegase a ocurrir. ¡Dios existe pero no regala! ¡Mahoma también y va del mismo palo! ¿Choque de civilizaciones? ¿Y los chinos? ¿Qué opinan los chinos de todo esto? Hasta el momento no opinan, solo copian; veremos cuando opinen. ¿Y la culpa de todo el batiburrillo de quién es? ¿Del mundo? ¿De la sociedad? ¿O quizá del vecino negado a contribuir al gran ente ecológico separando minuciosamente la caca de los pedos, los pedos de la mierda en diversas bolsas o frascos confeccionados con material altamente no reciclable? ¿Escasez de agua, derroche energético o dejamos de afeitarnos y/o depilarnos? Siempre nos queda como opción hacer un agujero en la tierra y tirar de aguas freáticas.

Ante tanta disyuntiva, nos vamos de las ciudades para ocupar los campos labrándolos con más ladrillo y en parte, gracias a nuestro heroico acto, dejamos hueco en las ciudades para aquellos que vienen de tierras lejanas donde por no crecer no crece ni el ladrillo. Nos encerramos, nos protegemos. Y nos asomamos someramente a la única ventana que nos muestra la realidad con la misma rabia que deseamos sentir: la Televisión. De ella, lo único que nos creemos es la opinión que nos formamos —aún a sabiendas de opinar sobre una burda mentira— y la comentamos; en los parques infantiles, comprando el pan o en la barra de un bar entre pincho y pincho, montadito o cervecita. Los detractores, envueltos en el aura de la intelectualidad, leen, leen y se mofan sin darse cuenta que toda opinión formada, contenga más o menos pilares, si los pilares de base no están bien construidos es como construir castillos de naipes en el aire. A parte del esfuerzo o tiempo dedicado ¿Cuál es la diferencia entre ver cuatro noticiarios o leer cuatro periódicos? Siempre la misma cantinela, la misma oración, la misma telenovela...

Opinemos pues sin opinar.

Cada cuatro años se nos formula siempre la misma pregunta y se nos insta a opinar ejerciendo el derecho-obligación a voto. Cada cuatro años la misma pregunta-trampa y nosotros, como ovejitas, ejerciendo el derecho que se nos impuso, salimos de nuestras casas directos a los colegios electorales con el convencimiento de que nuestra opinión podrá cambiar algo. Ejercemos democráticamente el derecho al voto. Democracia; literalmente, gobierno del pueblo.

Llevo toda mi vida sin votar, sin ejercer mi derecho u obligación, y después de debatir y rebatir sobre si tengo o no el derecho a opinar —por el mero hecho de participar o no en el proceso legislativo— creo sinceramente que estoy preparado para poder explicar el porqué de mi posición.

Parto de la bien extendida base que la democracia (literalmente, gobierno del pueblo) hoy en día es cualquier cosa menos democracia. La clase política (y con el adjetivo clase nos sumergimos en el clasismo) vive a expensas de la realidad del pueblo (entendiendo como pueblo el compendio de todos los seres humanos que forman una sociedad), desmarcándose con toda impunidad de las ideas o preceptos que la propia sociedad (con más o menos tino) desean de sus representantes (no dirigentes). Así pues el señor X debería de representar —no dirigir— a X sociedad.

Hasta cierto punto se puede asumir que ningún tipo de ideología es totalmente perfecta y que la democracia en estado puro si bien podría ser la mejor opción (siempre y cuando no se abogara a la famosa frasecilla: la mayoría es la que gana —apartando radicalmente a las minorías—) ha llegado a constituirse actualmente como una mezcla de dinerocracia y politicracia. Hasta cierto punto se puede asumir. No obstante, cuando toda persona que ejerce su derecho-obligación al voto, entre dos, tres o cuatro opciones; vota a una, no porque le convenza sino porque de todas las opciones es la menos mala... ¡algo no funciona!

La analogía más cercana que se me ocurre, a la cual suelo recurrir para darme a entender a todos aquellos que detractan mi posición es la siguiente: ¡O sea, te ponen como opción comer un plato de mierda o uno de caca! ¿Cuál escoges? ¡No jodamos! ¿A que no comes ni de uno ni de otro? Pues con la política es lo mismo. Ni unos ni otros. —Bueno, pero puedes votar en blanco—, suelen responder. ¡No, no y no! Mientras continúen sirviendo defecaciones como sucedáneos yo al restaurante no voy ni para oler.

¿Qué pasaría con una participación nula en las próximas elecciones? Miedos a parte; como escarmiento no estaría nada mal.

Ciclotímico

Jue, 19/04/2007 - 16:15

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