Mordiscos.
Sus manos tiemblan. Tiemblan en cada mordisco. Tiemblan cada vez que agarran un pedazo de hambrienta hamburguesa. Sus mandíbulas, ¡como no!, tiemblan también.
Manos y mandíbula se mueven al unísono en un tintineo incesante, acolchado suavemente por una gorra de azul marino. La melodía se mastica a ritmo de semicorcheas. Ingiere con hambre. Termina. Se levanta, se pone su anorak verde, restriega a contratiempo la servilleta de ocre papel y se va.
La pequeña bandeja queda en la mesa con los desechos de una arrítmica comida.
Cabeza.
Mientras las manos sujetan la espera de su cabeza... los pensamientos traspasan las gafas de cristal; se encuentran.
Nitidez.
De estirado cuello, rosado pañuelo y negra peca; la fregona se pasea por el suelo entre chinescas sonrisas de paciente amabilidad.
4.
Son tus pequeñas pupilas
el nacimiento de una luz,
que se ensancha melancólica
que interroga con sorpresa
que ciega iracunda
que odia con ternura
En cada lágrima
un roto sueño.
Rechazo en la oscuridad.
5.
¿Qué sueñas?
Me pregunto cada día que amanezco en la danza
de tus danzarines ojos vestidos de párpado velo.
¿Dónde estás?
Interrogo en mi universo en busca del calor que tu cercanía me da.
Y aún así, todavía no estás.
¿No despiertas?
No, no lo hagas.
Es temprano
y tu sonrisa dormida,
alegra mi día acabado de empezar.
¿Musitas?
¿Qué dices?
No te entiendo...
¿A quién hablas? ¿Es a mí?
Te escucho,
te observo y me pierdo
en tu rostro soñado,
en tus sueños dorados
me siento intruso
¿Molesto?
Tu vida se abre al día, pasa tu noche.
Buenos días. – Me dices entre cortadas palabras
cubiertas de dulce despertar.
¿Has dormido bien?
El paño.
El paño para el polvo de la mesa, el paño para los cubiertos, el paño para el fregadero, el paño para la cocina, el paño de la bañera, el paño para los espejos, el paño para los cristales, el paño para el cutis que ya no es paño es toalla, el paño para el cuerpo, el paño para el suelo, el paño para la barandilla, el paño de los muebles, el paño de las estatuillas, el paño para los cuadros, el paño para el recibidor, el paño para mis morros... ¡servilleta!.
Paño amarillo, paño de rallas azuladas, paño verde, paño a cuadritos rojos, el paño para desempañar nuestra empañada vida.
En la lejanía todos son iguales.
Recuerdos.
Recuerdo un libro; el que me regalaste. Recuerdo tu maleta a medio deshacer el día en que llegaste. Recuerdo tu silueta; sentada, relajada, desnuda, postrada en el sillón... fumabas. Recuerdo el escritorio; ¡Fueron tantas las letras que te envié! Recuerdo.
Recuerdo tu colección de libros, tus espejos, tus muebles, tu chaqueta roja, la lámpara de tu comedor. Recuerdo.
Recuerdo tu maleta cerrada saliendo por la puerta acompañada de ti.
Recuerdo el día en que mi teléfono enmudeció; dejó de hablarme. Con el tiempo... he olvidado tu número.
8.
Y ella fregaba con fuerza, con pasión, metódicamente. Agachada. Su rostro sudaba del esfuerzo; estaba cansada. Fregaba y fregaba cada una de las manchas que en su cuerpo el desamor había dejado. Limpio porque me siento sucia, miserable y despreciada. – Se decía a sí misma.
Ella fregaba y fregaba, sus esponjosos rizos, oscura noche de un verano disuelto, rozaban el suelo. Sudor, gotas mezcladas de rojo sudor. ¿Por qué?. – Se preguntaba.
El baño.
El reflejo de cada una de las lágrimas de su corazón resbalaban sinuosas como pequeños recuerdos, momentos de su vida. Se acicalaba de nuevo, envistiendo con melancólica fuerza cada una de sus pequeñas arrugas, disfrazando su miedo, su tristeza, sus interrogantes. Disfrazando entre carmín y polvos de maquillar, disfrazando el dolor que existía en su corazón, sus añoranzas, sus pasiones, sus anhelos... disfrazaba lentamente, con suavidad.
—Hoy, estás preciosa, radiante.
Ciclotímico


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