Degradación corporal

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En fechas muy recientes he empezado a padecer una leve cojera que se acentúa por momentos, hasta el punto en que me he visto obligado a caminar apoyándome en un bastón. Mis piernas, sin embargo, están bien. No ha sido algo premeditado, en modo alguno. Jamás había pensado volverme cojo hasta que hace pocos días vi el que ahora es mi bastón expuesto en una céntrica tienda en la localidad de Cascais, cercana a Lisboa.

Al salir de la tienda, simulando una torpe cojera que ahora —después de espiar a muchos cojos— he perfeccionado bastante, ocurrió algo que me confirmó que volverme cojo había sido un gran acierto. No habíamos recorrido aún cien metros cuando mi mujer me hizo una foto para inmortalizar mi fugaz —pensaba ella— condición de cojo. En la imagen puede vérseme encorvado sobre mi bastón mientras un cigarrillo cuelga de mis labios. Nada anormal salvo que al ampliar la foto para ver bien la expresión de mi cara, cosa que acostumbro a hacer pues soy ciértamente poco fotogénico, observé en segundo plano el nombre de la calle en la que estábamos. Beco dos Inválidos, se leía en la placa. Quedé estupefacto y más cojo aún que antes. Aquello era, sin duda, una señal.

Algo más de una hora después de nuestro paso por el Beco dos Inválidos, ya convertido en el cojo de voluntad inquebrantable que ahora soy, recalamos en el Faro de Cascais. Allí el humo de mi cigarrillo y la contemplación del lento atardecer me llevaron a empezar a cavilar —cavilación que aún dura mientras escribo estas líneas— en el porqué de mi recién estrenada invalidez.

La primera explicación que me vino a la cabeza la rechazo por simplista y por excesivamente inmediata. Se me ocurrió en un instante y quiero pensar, aunque pueda equivocarme, que tras mi cojera se esconde algún motivo más profundo. Aún así debo reconocer que la explicación me gusta y es la que suelo utilizar cuando alguien me pregunta por mi nueva condición.

— ¿Se ha hecho usted daño en la pierna? — por cierto que he observado que a nosotros los cojos se nos trata mucho más a menudo de usted que a ustedes los normales.
— No —respondo—, yo soy un cojo voluntario. Mi cojera se debe a un 50% de snobismo y otro 50% de excentricidad. Un caso claro del síndrome de Gatsby.

Hoy, en la noche en que esto escribo, algo se ha interpuesto entre el sueño y yo. He empezado a pensar en varios asuntos y he terminado por llegar de nuevo al porqué de mi cojera. La explicación de esta noche me convence más, aunque no descarto encontrar alguna otra tanto o más convincente en el futuro.

Escribo con bastante mala letra y, como la mayoría, no soy capaz de hacerlo con las dos manos. Mis conocimientos, tanto en lo laboral como en mi espectro personal de intereses, son bastante flojos. Se nutren de abundantes lugares comunes. Moralmente, en no pocas ocasiones, dejo bastante que desear. Como padre de familia mis carencias son casi infinitas. Y podría decirse que aunque ya hace tiempo que superé la treintena aún no me he hecho un hombre. Para esto último podría aducir muchas razones, más o menos discutibles, pero me limitaré a la principal. No soporto las acelgas.

Una cojera física es pues lo que necesitaba para convertirme en un cojo completo, para exteriorizar el cojo oculto que siempre he sido, para aceptarme y mostrarme al mundo sin los pudores del pasado.

Si en lugar de ser yo fuéramos muchos los que pasáramos por esta catarsis ya se le habría dado un nombre. Me refiero, para que me entiendan, a un salir del armario en versión cojo. Quizá puedan ustedes sugerir alguna fórmula feliz con la que referirse a ello.

Benjamin Nazka

Vie, 30/11/2007 - 15:57

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