Apreciado Benjamin Nazka:
Me encanta descubrir que ha encontrado usted su complemento ideal en un sencillo bastón. Por si no está al corriente, cosa que dudo, sepa usted, a modo anecdótico, que su feliz ingreso en la legión trinitaria de los cojos, le introduce en un delicado rito cotidiano de veneración clandestina. Me explico: es bien sabido, que todos los cojos sean o no vocacionales, en el fondo de su más íntima cojera, lo que realmente hacen cuando pasean su cojera, no es otra cosa que rendir secreta adoración al que fue, allí por el siglo XVII, el rey de los cojos: Carlos II de Habsburgo, apodado el Hechizado debido a cierta sensibilidad morbosa y a alguna que otra influencia diabólica. Tal como relatan las crónicas, Carlos II a la tierna edad de siete años se hacia ayudar en sus desplazamientos de un bastón para paliar una precoz decadencia física; decadencia atribuida a una excelente tarea de cópulas endogámicas que, cultivada entre los mejores sementales monárquicos, se venía practicando con admirable esmero desde lejanas generaciones.
Es esta meteórica carrera del inefable Carlos II hacia la Genial Trinidad que proporciona el bastón, la que vienen celebrando, con extrema discreción y de tres siglos para acá, todos los cojos de condición y desde fechas muy recientes, mi apreciado Benjamin Nazka.

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