Existen diversas formas de ilustrar la verdad pero ninguna de hallarla. Lo más común, y que en muchas ocasiones suele ser lo más alejado de la verdad, es contar los hechos tal y como sucedieron (o como creemeos que sucedieron). Por suerte, a lo largo de la historia los humanos han inventado hechos y formas que muchas veces han ilustrado la verdad tanto mejor que los-hechos-reales-tal-y-como-sucedieron. Buena parte de lo que podríamos llamar cultura y civilización se sustenta sobre estas invenciones (mitologías, creencias, narraciones imperecederas, hechos históricos...).
Hace unos días me he topado con un asunto que ilustra lo que intento explicar de manera, creo, más clara; se trata de la muerte de Goethe y de los hechos acaecidos en el último día de su vida. El culto tributado al gran escritor alemán ya por sus contemporáneos y que sigue hasta nuestros días es enorme. Parece ser —así lo cuenta su incansable acompañante Eckermann— que todos y cada uno de sus actos (observaciones, escritos, conversaciones y demás) contenían una profundidad y una delicadeza inigualables. Tanto es así que cuando le acechó la muerte un 22 de marzo de 1832, Goethe, sentado en un sillón junto a su cama pidió a su criado que abriera los porticones de la ventana pronunciando la que sería la última frase antes de morir: «¡Más luz!». Esta frase —ya mítica— ilustra e ilumina la figura de Goethe como un poeta sublime hasta el fin de sus días.
No obstante los «hechos reales» fueron otros. Cuenta su sirviente Friedrich Krause: «es verdad que lo último que dijo fue mi nombre, pero no para que abriera las contraventanas, sino que lo que él pidió al final fue el Botschamper —el orinal— que tomó él mismo y lo mantuvo pegado a su cuerpo hasta el momento de fallecer».
Monsieur Lange


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