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 <title>Tabernil - Rufus - Comments</title>
 <link>http://www.tabernil.com/2007/01/rufus</link>
 <description>Comments for &quot;Rufus&quot;</description>
 <language>es</language>
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 <title>Oiga... que muy bien.</title>
 <link>http://www.tabernil.com/2007/01/rufus#comment-443</link>
 <description>&lt;p&gt;Oiga... que muy bien. Interesante sección naciente.&lt;/p&gt;
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 <pubDate>Mon, 22 Jan 2007 03:42:01 -0500</pubDate>
 <dc:creator>Benjamin Nazka</dc:creator>
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 <title>Rufus</title>
 <link>http://www.tabernil.com/2007/01/rufus</link>
 <description>&lt;p&gt;Durante años la visita de Rufus fue un hecho que se sucedió con pequeños intervalos de ausencia. Entraba por la puerta de Joaquín Costa y, arrastrando sus pasos hasta la primera columna de hierro, se apoyaba dejando su acentuada barriga y su enorme papada frente al camarero. De todos los asiduos al local fue el que más tiempo de su vida desgastó entre cañas, cañas y más cañas de cerveza. De él se sabía que era el privilegiado del local. El privilegiado y el &amp;laquo;antenas&amp;raquo;, pues desde su situación podía controlar perfectamente lo que pasaba en la cocina, quien entraba o salía del bar, que personajes se estrujaban los bolsillos en busca de la última moneda de cinco duros antes de recordarle al &amp;laquo;Niño&amp;raquo; que tenía la obligación de apagar las tragaperras mientras iban a por más.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Rufus controlaba la vida del local, cuando le interesaba se hacia el &amp;laquo;sueco&amp;raquo;; el nunca vio nada, nunca escucho ninguna conversación ajena a él, ni ningún rumor salió de su boca. Sencillamente lo sabía todo, lo sabía y con eso le bastaba. Su punto débil, su talón de Aquiles, uno de los secretos más bien guardados fue la cantidad de cervezas que en un día se podía llegar a tomar. Ni los camareros, en sus turnos, pudieron jamás calcular la cantidad. Quizás por falta de interés quizás por miedo a saber la totalidad de litros de cerveza que día tras día Rufus ingería sin piedad.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Rufus era un atleta de la cerveza. Todo un profesional. Su entrenamiento empezaba sobre las nueve de la mañana, una hora a la cual su cuerpo de jubilado se había habituado durante toda su época laboral. Si bien en invierno su ritmo era un poco más sensato, en verano a eso de las diez de la mañana podía llevar en su creciente barriga seis cañas que, a la hora punta del mediodía aumentaba a una velocidad que oscilaba entre ocho y diez cañas hora.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;A Rufus solo lo conseguían arrancar, y por deber, de su columna cuando aparecía por la puerta su mujer y sin abrirla, desde detrás del cristal, le hacía una señal con la mano. Era entonces cuando Rufus iba a hacer sus trabajos diarios que básicamente se resumían en ir a comprar el pan, ir a comer y, muy de vez en cuando, ir a dar un paseo con su mujer.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Con el tiempo Rufus fue cada vez más cuidadoso en su continuo ingerir. Si bien anteriormente no dudaba ni un solo momento en pedirse otra caña más antes de salir por la puerta, en sus últimos años escondía la que tenía en la mano cuando su mujer entraba por la puerta —que ya había asimilado el Kogo como la segunda residencia del marido.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Rufus solo bebía, observaba y, en contadas ocasiones explicaba alguna de sus proezas juveniles con mucha discreción.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Había cursado su época militar el en Sahara. Él si que sabía lo que era pasar hambre y lo repetía siempre a modo de reproche, como queriendo decir: —¡cállate niño! ¡Qué a ti la vida te lo ha regalado todo!.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Por la tarde, Rufus, cuando la cerveza ya conseguía surtir efecto, se malhumoraba por cualquier cosa; o quizás simplemente por el hecho de aburrirse en su vida. Seguramente era el momento en el cual tomaba más conciencia de ello.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Había pasado año tras año trabajando viajando arriba y abajo como técnico de la FECSA. Se conocía todos los pueblos de España habidos y por haber y muy especialmente la zona de la Vall d’Arán, y ahora, en su jubilación la quietud era su sino. La quietud y el incansable subir y bajar del brazo, ingiriendo más y más cerveza.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Rufus era el guardián silencioso del local, el que con un gesto imperceptible, avisaba al camarero de la entrada de alguien por una de las dos puertas del local, el que fruncía el ceño cuando la música se escuchaba un poco más alta de lo habitual o el que recordaba puntualmente el comienzo de un partido de fútbol en alguno de los canales de televisión.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Rufus sonreía cuando el camarero nerviosamente se acercaba a una de las pocas clientes bonitas que entraban en el local, y se enfadaba tremendamente, cuando después de llevar varias horas, y estando la barra a rebosar de clientela, reivindicaba una cerveza que no se le había llegado a servir.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Con el tiempo, empezó a utilizar gafas debido a su perdida de visión, la cual era inversamente proporcional a la agudeza auditiva que iba desarrollando. Un atardecer cuando ya había cumplido con el cupo de cervezas que su cuerpo podía asumir en un día, enfiló hacia la puerta de salida agarrándose con una de las manos al mostrador. Rufus no consiguió llegar a la puerta sin antes dar un traspié y caer de cabeza contra el suelo. Esa tarde consiguió salir del bar postrado en una camilla y en dirección a las puertas de una ambulancia.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Los médicos, después de unas cuantas pruebas, aparte de encontrarle una brecha de cuatro puntos en la cabeza, le diagnosticaron una ya madura alcoholemia que, como muchos, nunca quiso reconocer.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;También, como otros muchos asiduos, después de un susto venía el miedo; el miedo como reacción transitoria de defensa. Por norma general, después de un susto, un golpe, un pequeño ataque o un ya no puedo más del cuerpo, un alcohólico toma conciencia de su vida, se podría comparar a una experiencia religiosa, a un encuentro de una incógnita formulada durante largo tiempo. Similar a un ¡eureka! pero con un único matiz que es justamente el que lo hace mortal; transitorio. Una semana, dos, quizás un mes... no mucho más.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Rufus aguantó estoicamente sobrio poco más de tres semanas. Pasó más de tres semanas pasando largas mañanas e inacabables tardes con una botella de agua mineral con gas delante de su cara. Algunas veces, cuando entro en un bar y alguien pide una botella de agua mineral con gas pienso: —¡He aquí un tropezón de la naturaleza humana! ¡Un susto! ¡Una época transitoria de externa felicidad e interna desdicha!&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Así se encontró Rufus, durante esa época de vacaciones cerveceras que le regaló a su cuerpo. A partir de la tercera semana, rompió el sitio a su cuerpo. Primero una cervecita, al día siguiente dos, y así sucesivamente hasta retomar nuevamente su ritmo habitual.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Te levantas. Desayunas con tu mujer. Poco después un beso y un hasta luego. El piso vacío. Tú sentado en el sofá. Entra una tenue luz desde la calle. ¿Por qué nunca entra el sol directamente en el piso? Enciendes el televisor. ¿Qué haces aquí? Recuerdas tu trabajo. De poste en poste eléctrico. Desde las alturas. Cuanta luz y cuanta vida. Desde las alturas. De pueblo en pueblo conociendo gente y ahora aquí; en la penumbra. No sabes que hacer. No tienes que hacer. Tu hija... casada. No tienes a quien cuidar, a quien vigilar. Tu mujer hace su vida. Sale por la puerta. Compra lo que tenga que comprar, y luego: gimnasio, reunión de amigas y algún que otro paseo. Tu sentado. La casa vacía estrechando sus paredes contra ti. Sales de casa. Angustiado. Necesitas luz. Sales a dar un corto paseo. Un corto paseo hasta la puerta del bar.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Esa tarde el Kogo estaba repleto. Los camareros recorrían ávidamente la sinuosa barra despachando recetas memorizadas de antaño a los feligreses del local. Un saludo efusivo desde el lugar que siempre ocupas te indica con alegría que tu trono ha sido resguardado de toda la multitud. Te acercas lentamente esquivando desconocidos e intercambiando cuatro palabras con algún que otro habitual. Te ceden tu puesto. Tu trono. Automáticamente una caña de cerveza es postrada frente a ti. Gracias. De un sorbo media caña. Una conversación sucede a otra. Caña tras caña. La tarde lentamente va dando paso a la noche y los tintos, carajillos, chupitos de whisky, quintos y medianas que trascurrían sin cesar se transforman lentamente en bocadillos y platos para cenar. El reloj de la Coca-cola marca puntualmente las nueve. Dentro de media hora, a las nueve y veintisiete exactamente, tu vecino del segundo entrará en el portal. Recorrerá sin luz el metro justo que separa la puerta de entrada del interruptor de la luz. Lo pulsará y tu envejecido cuerpo postrado en el suelo se revelará ante su rostro asombrado. Se acercará y chillando tu nombre repetidas veces empujará tu cuerpo desvanecido; desde el hombro. Primero suavemente para rápidamente pasar a ser una sucesión de golpes secos que moverán inútilmente el cuerpo inerte que yacerá frente a él, justo hasta el momento en que, viendo el charco de sangre que se extiende desde tu cabeza, sea conciente de tu triste realidad.&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Ajeno a todo levantas la copa de cerveza e ingieres el último trago de tu vida. Como cualquier otro día te despides. Con un leve tambaleo desapareces cerrándose detrás de ti la puerta del local.&lt;/p&gt;

&lt;p style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;Ciclotímico&lt;/p&gt;</description>
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 <pubDate>Sun, 21 Jan 2007 16:13:04 -0500</pubDate>
 <dc:creator>Tabernil</dc:creator>
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