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 <title>Tabernil - El cálculo infinitesimal y el Niño Ruso - Comments</title>
 <link>http://www.tabernil.com/2008/04/el_calculo_infinitesimal_y_el_nino_ruso</link>
 <description>Comments for &quot;El cálculo infinitesimal y el Niño Ruso&quot;</description>
 <language>es</language>
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 <title>El cálculo infinitesimal y el Niño Ruso</title>
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 <description>&lt;div style=&quot;float: left; padding: 0px 10px 0px 0px;&quot;&gt;&lt;p style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;img src=&quot;/img/08/04/pitolvm.jpg&quot; alt=&quot;Homenaje al Niño Ruso en Xalapa&quot; /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class=&quot;piedefoto&quot;&gt;Homenaje al Niño Ruso en Xalapa&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;

&lt;p&gt;A menudo pensamos que si no lo hubiera hecho uno lo hubiera hecho otro, y esto sobre asuntos que han tenido alguna importancia para los hombres. Hay muestras de todo color en las historias de la ciencia y del arte para ilustrar esta cuestión, siendo una de las más señaladas la del cálculo infinitesimal, cuyo invento unos atribuyen al inglés Newton y otros a Leibiniz, el alemán.&lt;br /&gt;
Los gombrowiczidas hispanohablantes bien sabemos que el primero que puso en español una obra de Gombrowicz fue Gombrowicz mismo, con la colaboración magistral del comité de traducción del café Rex que lo ayudó a trasladar a nuestro idioma el inmarcesible &amp;laquo;Ferdydurke&amp;raquo;.&lt;br /&gt;
Sin embargo, hay que decirlo, existe otro gombrowiczida que compite con el mismísimo Gombrowicz en el invento del cálculo infinitesimal de la literatura, es decir, en la traducción de sus obras: el Niño Ruso.&lt;/p&gt;&lt;!--break--&gt;
&lt;p&gt;Supe algo de él cuando Gombrowicz andaba buscando desesperadamente un traductor para poner en español el &amp;laquo;Diario argentino&amp;raquo;, y nos hacía conocer en sus cartas su preocupación.&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;&amp;laquo;En cambio no haces lo que debieras hacer, es decir, mandar un ejemplar de &quot;El casamiento&quot; argentino a Sergio Pitol, México, como te decía en la anterior&amp;raquo;&lt;/i&gt;
En &amp;laquo;El Viaje&amp;raquo;, una obra espléndida de Pitol, un amigo de la niñez le pregunta cómo se llama: –Iván; –¿Iván qué?; –Iván, niño ruso&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;&amp;laquo;Los problemas de mitomanía me duraron unos cuantos años, como defensa ante el mundo (...) La única excepción fue la de mi identificación con Iván, niño ruso, que aún a veces me parece auténtica verdad.&amp;raquo;&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
Cuando andaba detrás de la publicación de mis cartas a Gombrowicz me daba consejos. &lt;i&gt;&amp;laquo;Tienes que hacer ejercicios, desprenderte del ego, al menos un poquito, para bien del libro, de Gombrowicz, de los académicos y de los lectores&amp;raquo;&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
Por las mismas razones que a Gombrowicz a mí me gusta discutir con la gente de modo que algunas veces me veo obligado a buscar argumentos para contrariar a los demás. Estaba dándole vueltas a la cabeza a ver cómo podía atacar la actitud bondadosa y caballeresca del Niño Ruso. &lt;br /&gt;
&lt;i&gt;&amp;laquo;Siento algo de inquisidor en tus preguntas. ¿Por qué no mencioné la muerte de Gombrowicz en mi diario de Escudillers? Tal vez no lo supe entonces. En España fuera de un puñado de intelectuales nadie sabía de la existencia de él. Y la muerte de alguien que no existe en mi entorno más íntimo me parece natural, es el ritmo final de la comedia humana, y está muy cerca de nuestras raíces mexicanas. Me parece que el único autor cuya muerte me dolió fue la de Thomas Mann, cuando era yo muy joven&amp;raquo;&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
También me empezó a llamar la atención cuando motejé a Rita y se me dio por llamarla la Vaca Sagrada.&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;&amp;laquo;Me permito decirte que hay algo que no me gusta de tus cartas, la manera como te expresas al tocar a Rita G. Fue su compañera, su enfermera, su lazo con el mundo y con la vida en los últimos años. Él la eligió. Aún ahora continúa trabajando para que la obra de Gombrowicz no se pierda. Si también tiene ganancias de esa obra, eso es lo que menos debe contar&amp;raquo;&lt;br /&gt;
&amp;laquo;Y si declara que tenía relaciones con otros, es explicable, por las discordancias de edades, por la enfermedad y por las características difíciles de Gombrowicz en cuanto al sexo. Y, sobre todo, porque en los años sesenta en Europa y creo que en todo el mundo, fueron absolutamente disolutos, libertarios, anárquicos, cargados de una intensidad erótica soberbia, y un acto sexual no tenía la más mínima trascendencia. Era como tomar un vaso de agua&amp;raquo;&lt;i&gt;&lt;br /&gt;
No nos poníamos de acuerdo ni siquiera en qué cosa era La Fragata. Una tarde de Buenos Aires en el Hotel Crillón le digo al Niño Ruso: –Sí, fue terrible para mí, su &lt;i&gt;&amp;laquo;acaso era posible prolongar indefinidamente ese jueguito nuestro en la Fragata?&amp;raquo;&lt;/i&gt;, me envenenó; –Pero, ¿por qué?; –Y, bueno, imaginate, las conversaciones que yo tenía con él en la Fragata eran todo para mí; –Pero, ¿cómo, la Fragata no era una señora que ustedes se disputaban?; –No, hombre, no, era junto al Rex el lugar donde se había desarrollado nuestra amistad; –Mira, hasta hoy pensé que era una señora.
Después de haber recibido unos cuantos gombrowiczidas me tira otra vez de las orejas, pero muy afectuosamente&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;&amp;laquo;Entrañable Goma, Soy afecto de las Gombrowiczidas, personaje algunas veces y también crítico de tu incomprensión del Gombrowicz de Vence, famoso, deprimido, enfermo, lejos de Polonia y Argentina. Lo conociste de una manera radiante y no le perdonaste, ni aún lo haces, que no fuera siempre así. El derrumbe de la amistad tenía que suceder. Fue amargo y cruel porque le exigiste lo imposible. Eres fenomenal cuando escribes sobre Gombrowicz y la literatura y la excentricidad de ese hombre único que de repente llegó a Buenos Aires para vivir largos años. Me encantó lo que escribiste últimamente sobre la pasión por Thomas Mann&amp;raquo;&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
Esta historia verdadera del Niño Ruso y el cálculo infinitesimal empezó en una época remota, hace cuarenta años, con una carta.&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;&amp;laquo;Un día el cartero me entregó una carta procedente de Vence, una población del sur de Francia. La firmaba Witold Gombrowicz. ¿Se trataría, acaso de una broma? Me resultaba difícil creer que fuera auténtica. La mostré a algunos amigos polacos y se quedaron estupefactos. ¡Una carta de Gombrowicz recibida por un joven mexicano residente en Varsovia! ¡Qué exceso, qué anomalía! Yo asentía y me regocijaba. ‘Como todo en la vida de Gombrowicz’, me decía. En la carta me explicaba que alguien había puesto en sus manos la traducción al español de Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewski, y que le había parecido satisfactoria. Tanto, que me invitaba a colaborar con él en la traducción de su Diario argentino...&amp;raquo;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p style=&quot;text-align: right;&quot;&gt;Juan Carlos Gómez, &amp;laquo;Goma&amp;raquo;&lt;/p&gt;</description>
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 <category domain="http://www.tabernil.com/autores/juan_carlos_gomez">Juan Carlos Gómez</category>
 <category domain="http://www.tabernil.com/secciones/gombrowiczidas">Gombrowiczidas</category>
 <pubDate>Fri, 11 Apr 2008 04:00:41 -0400</pubDate>
 <dc:creator>Tabernil</dc:creator>
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