Con cierta frecuencia me he preguntado adonde van a parar ciertos minutos que se pierden. No me refiero a las tardes enteras que he pasado en el sofá contemplando con detenimiento una mancha de humedad, actividad que practico casi todos los jueves con inimitable pericia, sino a intervalos de tiempo que se esfuman accidentalmente, por decirlo de algún modo.
Jamás pensé que pudiera resolver este misterio hasta que el pasado lunes en torno a las ocho de la mañana recibí una enigmática llamada de una señorita que se identificó como operadora del comité regulador del Banco del Tiempo. Creyéndo ser víctima de una estúpida broma intenté protestar, hacerle preguntas. La operadora apenas me dejó hablar y rápidamente me informó de que por avatares diversos de la existencia existía un saldo a mi favor de cuarenta y seis horas y cincuenta y cuatro minutos. Acto seguido pasó a explicarme someramente el porqué de ese balance.
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Muy suelto veo yo a su alter...
A mí me encanta que las...
Aunque todo el mundo sabe...
Hola Pe fue un placer...