Febrero de 2007

Lo mismo de siempre

|

César

Jue, 01/02/2007 - 10:15

Whisky Galore! - Alexander Mackendrick (1949)

| |

Fotograma de Whisky Galore
Fotograma de Whisky Galore!

Lo primero que me vino a la mente al leer la sinopsis fue La taberna errante de Chesterton, ese gordo sublime, novela que no he leído pero de la que leí una sensacional columna en El Correo que firmaba Carlos Pérez Uralde. En la novela el gobierno decreta una terminante ley seca y dos héroes huyen por la carretera cargados con el último barril de ron, convirtiéndose así en la taberna errante que da título al libro.

En Whisky Galore! no hay tal ley seca, o al menos no la hay como tal, no se decreta, sino que, más sencillamente, se acaba el whisky. En un pueblo isleño donde no hay diversiones de ninguna clase, aislado y dejado de la mano de Dios, el whisky, llamado en gaélico Agua de Vida, es lo único que ameniza la existencia de sus habitantes. Un mal día el tabernero anuncia la tragedia. No queda más whisky. Tampoco se esperan nuevos suministros.

Mar, 06/02/2007 - 13:20

Se buscan Suicidas (I) - Cuatro Estaciones

| |

Llegaba tarde al curro. Tarde no; justo, que agobia más. Al llegar tarde el mal ya está hecho. Ya ha sido apretado el gatillo. Una vez rebasada la línea el problema es ya otro. Llegar justo no da tregua. «Te voy a matar, quizá». La respiración en puntos suspensivos. Los omoplatos erguidos. Justo.

Entre Atocha y Pinto el tren no ofrece muchos secretos a través de sus ventanas. Por eso él creía, hoy, haber tomado el tren para Hereford, como Sherlock Holmes en El misterio del Valle de Boscombe. Cada día cambiaba de ruta. A veces cogía el London Express hasta Manchester. Otras veces viajaba de Bristol a Exeter. ¿Qué pintaba él en la capital del condado de Devon? Eso era cosa suya. Probablemente se desplazaba hasta allí a resolver uno de sus casos. Secretos. Ser guardia de seguridad en un polígono industrial está bien, pero ser el detective privado de la alta sociedad victoriana es otra cosa. Se engaña. Se mantiene vivo. Hace siete años, casi exactamente, decidió no leer más libros nuevos.

Mié, 07/02/2007 - 11:53

Carlos Pérez Uralde

|

Carlos Perez Uralde
Carlos Pérez Uralde

Tal como les prometí hoy publicamos en Tabernil la columna de Carlos Pérez Uralde sobre La taberna errante de Chesterton que a su vez publicó el diario El correo allá por 2004. No suelo recortar nada del periódico, entre otras cosas porque no lo compro, lo leo en el bar y no me parece de muy buen gusto hacerlo. Sin embargo el día en que tuve la fortuna de toparme con esta columna no tuve más remedio que rasgar la página y llevármela a casa.

En ocasiones me he preguntado, lamentándolo, a quién privé de la lectura de aquel texto que yo disfruté tanto. Hoy me dispongo a enmendar mi pecado poniéndola a disposición de mucha más gente de la que en su día habría pasado por el bar y habría reparado en ella. Además, dado que están ustedes en este momento visitando Tabernil, si me permiten hablar en términos publicitarios, sé que me dirijo a un público objetivo mucho más afín al tema que el variadísimo personal que puede pasar un día cualquiera por un bar de barrio.

Jue, 08/02/2007 - 11:11

Era una máquina

|

De acuerdo, lo contaré, no quiero ser fingiendo.

Hace muchos años era una máquina.

Desde mi nacimiento no me comporté como los demás niños, ni siquiera necesitaba comer, o por lo menos no mucho. Permanecía horas y horas en la cama, tantas como me ordenaban, pero mis ojos miraban fijamente, mis párpados nunca se cerraban.

Vie, 09/02/2007 - 11:22

Se buscan suicidas (II) - El anillo

| |

Marina creyó en un primer momento que Carlo era el hombre de su vida o al menos el hombre al que deseaba en ese momento de su vida —a punto de cumplir los 24— y por el que estaba dispuesta a perder unas cuantas noches de sueño; tampoco demasiadas porque al ser Carlo el nuevo novio de su más antigua y apreciada amiga debía Marina contener sus primeros instintos y sus shakespearianos tejemanejes mentales y olvidar a aquel chico y aún aquellos labios que solía mordisquear nervioso cuando estaba con ella, quizá cuando estaba con cualquier otra persona pero eso ella no podía saberlo pues no podía observarlo sin estar presente. Debía olvidar esos labios, sí, desprenderse de la presencia del fantasma del que ella vio en su día como el hombre de su vida o de una parte de su vida, o quizá de una noche de su vida.

Dom, 11/02/2007 - 17:29