
Gombrowicz y el ajedrez
Muchas son las leyendas que se han tejido en torno al origen del ajedrez y distintos los países a que se atribuyen su procedencia; hoy se cree que el ajedrez procede de la India y que su creador lo ideó para entretener al rey, a quien le pidió como recompensa un grano de trigo por la primera casilla, dos por la segunda, cuatro por la tercera hasta cubrir las 64 de las que consta el tablero.
Como en aquel tiempo no sabían lo que era una progresión geométrica el rey le dijo que sí, pero resultó que con el cálculo se descubrió que los graneros del imperio de 16.384 ciudades de 4.080 agricultores no hubieran bastado para contener la cantidad de trigo pedida, pues equivalía a un cubo de más de un kilómetro de lado. También se cree que el inventor fue el griego Palamedes, que lo inventó durante el sitio de Troya, para distraer a los guerreros durante los días de inacción.
Sea cual haya sido el origen del ajedrez, fue jugando al ajedrez que yo conocí a Gombrowicz en una tarde del café Rex del año 1956.
El Rex había sido hasta el año 1961 un lugar ideal, se podía conversar y jugar al ajedrez. Cuando en marzo de ese año ese café cerró se nos partió en dos un medio mágico: la conversación se nos fue para La Fragata y el juego para un club de ajedrez.



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