
Witold Gombrowicz
Como mis escritos se ocupan únicamente de Gombrowicz alguien podría decir que yo soy un especialista, pero ocurre que Gombrowicz es un humanista que se ocupa de todo. Esta curiosa particularidad me permite a mí también ocuparme de todo, pero no de todo sin más, sino de todo visto en un espejo.
Hay doce palabras, ni una más ni una menos, con las que podemos comprender, si es que nos acostumbramos a ellas, toda la obra de Gombrowicz:
forma–caos; dolor–encanto; fealdad–belleza; adulto–joven; madurez–inmadurez; superior–inferior
Y son doce también los objetos de su rebeldía:
Las normas, la familia, lo perfecto, la cultura, la nación, la patria, Dios, el padre, el viejo, la madurez, la realidad y la historia.
Si bien es cierto que yo no estoy en condiciones de sacar consecuencias cabalísticas de este número doce como lo había hecho Gombrowicz con el número dos, me parece oportuno decir que existen cinco cantidades de doce que son famosas:
la de los Apóstoles; la de los signos del Zodíaco; la de los trabajos de Hércules; la de las categorías de Kant; la de los meses del año.
Dar vueltas alrededor de esta batería de ideas con todas sus combinaciones posibles es una tarea ímproba, pues cada una de ellas tiene, digámoslo así, un espejo, no un opuesto, sino un espejo.


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