En esta ciudad acomplejada que sin demasiado acierto y con excesivas prisas trata, a la sombra de un museo grande, de modernizarse, pulirse, abrillantarse y dar esplendor por todos los rincones como si quisiera ocupar un sillón de la Real Academia. En esta ciudad que va poblándose a ritmo implacable de barandillas de aluminio, fachadas acristaladas y luces de neón. En esta ciudad, digo, había un... -no sé cómo llamarle-, un bar, o un pub, en cualquier caso un lugar abierto al público en el que servían copas durante buena parte de la noche. Había -ya di con la palabra- un antro llamado «28». Hoy, ya arrasado por los tentáculos de la asepsia galopante, me corresponde recordarlo, cerrar los ojos y recomponer lo que mis fragmentarias visiones deformadas por la ebriedad me permitan.
El 28 es -el tiempo presente me ayuda- un bar-pasillo, barra a la izquierda, mínimo ensanche al fondo con una especie de sofá que nadie quiso jamás ver a la luz del día, baño poco aconsejable para lo que comúnmente se entiende por necesidades, y sin embargo sumamente atractivo para satisfacer en él necesidades de otra índole; baño perfecto para la ingestión masiva de drogas si hay suerte y las tienes. Da igual si van dos o si van seis, la dueña, semblante duro y sonrisa difícil, señora entrada en años en cuya cara quedaron marcados en forma de surcos los sinsabores de su vida, no hace preguntas.
Al 28 se entra por una desvencijada puerta de madera barata. Se bajan cuatro o cinco escalones, suficientes como para cargar un poco más su atmósfera, inferior al nivel de la calle; suficientes como para que en alguna ocasión imagines que estás accediendo en vida a una antesala del purgatorio.
La fauna, paradigma de la decadencia más exquisita, la compone una cuidada selección de lo mejor de cada casa; en el 28 se practica el «estar acabado» como deporte mientras el radiocassette de doble pletina escupe lo mismo Metallica que Julio Iglesias consiguiendo que ambas cosas suenen igual, y nadie protesta porque a nadie le importa.
El 28. Cuatro paredes que imposibilitan cualquier intento de mantener una conversación coherente. Palacio de congresos para hedonistas esperpénticos carentes de interés por el mañana. Ciudad de vacaciones para practicar la jubilación del pensamiento.
«He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión.
He visto rayos C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tanhauser.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia...
Es hora de morir.»
Benjamin Nazka