No sé cómo lo llevarán ustedes pero debo confesar [1] que a mi, personalmente, me cuesta bastante [2] terminar de leer un texto de internet sin encontrarme con cinco o seis o diez pestañas [3] del navegador abiertas. Y eso suponiendo que el navegador en cuestión [4] soporte pestañas, porque en caso contrario [5] en lugar de pestañas son ventanas y eso, además de complicar las cosas [6], suele indicar que se está usando uno repleto de fallos y agujeros de seguridad [7], que además no respeta los estándares [8] con lo que complica enormemente [9] la vida [10] de los que se dedican al diseño web [11]. Cualquiera [12] mejor que ese. Pero voy a tratar de no desviarme [13] del tema porque si empiezo a despotricar de según qué [14] puedo pasarme horas.
Les decía que me cuesta leer de corrido y sin tropiezos y la culpa [15] de ello, además de la que se deriva [16] de ser un tipo disperso con una amplia gama de intereses [17] que me desborda [18], es de ese concepto, el link, el enlace, que nos resulta ya tan familiar [19] y que frecuentemente constituye una invitación a perder [20] el tiempo [21] de [22] formas [23] múltiples [24] e insospechadas [25]. Pese a que el concepto [26] no es enteramente nuevo, pues tal y como me apunta Vira-Sol [27] ya teníamos antes las notas a pie de página, no me parece que ambos casos sean totalmente comparables ya que la nota al pie, tan discreta ella, siempre se usó con más mesura [28].
El hipertexto [29], al menos en mi caso, es una fuente [30] de insatisfacción [31] personal de carácter medio-grave que cada día cobra [32] más importancia. Digo insatisfacción [33] porque frecuentemente no puedo evitar pensar [34], mientras leo algo, que lo que se me ofrece [35] en forma de palabra subrayada o similar, en forma hipertextual, es más interesante [36], o más exacto [37], o más ceñido a lo que busco que lo que estoy leyendo ahora [38]. Insatisfacción crónica [39] que además no me permite concentrarme [40] como me gustaría. Me da la impresión aunque no podría asegurarlo de que una de las razones por las que me gusta leer libros impresos, lo mismo literatura [41] que canciones [42] traducidas [43] con sudor [44], es su ausencia total [45] de hipertextualidad, o lo que es lo mismo [46], su linealidad [47] incluso cuando se trata de una novela de estructura compleja [48] o directamente desquiciada [49]. Saber que lo único que tengo que hacer durante un tiempo es desplazar mis ojos [50] hasta la parte derecha [51] de la página viniendo siempre desde la izquierda [52], línea a línea [53] me produce una enorme [54] sensación de paz [55] que se contrapone al síndrome de desasosiego [56] hipertextual que tan hondamente [57] padezco a veces.
Otra de las grandes aliadas que me ayuda a superar mis problemas [58] de lector habitual de pantalla es la impresora. Prefiero mil veces la versión para imprimir [59] de casi cualquier texto que su equivalente hipertextual en pantalla. No sólo por mi síndrome [60] sino porque además tiene otras cualidades [61] ciertamente innegables. Sin tratar de ser exahustivo, enumeraré algunas, por puro placer [62] y porque me parecen de suma importancia: un texto impreso se puede leer en el váter [63], cosa que aprecio porque no sólo aumenta el tiempo [64] que paso en la calma [65] de ese cubículo sino que además hace que estar allí resulte mucho más placentero [66] que en el caso de ir sin el apoyo de la letra impresa [67]; no menos desdeñable [68] es el hecho de que cuando un texto impreso es malo con avaricia [69] puede romperse con facilidad en mil pedazos [70] —sanísimo ejercicio de venganza [71] privada— y, en el caso de encontrarnos en la situación anterior, dentro del cubículo, podemos incluso dedicarlo a los menesteres que normalmente cumple el papel higiénico; otro asunto es el del dolor de ojos [72], la vista, que se cansa por el brillo de la pantalla [73] cuyos rayos se comen las neuronas según algunos [74], descansa plácidamente [75] al fluir sobre la letra impresa en papel [76]; y por último -termino ya, no olvido [77] que esto, como siempre, es un micro-texto [78]-, por último, digo, leyendo algo impreso suelo estar casi [79] seguro [80] de poder llegar sin perderme [81] hasta el final [82].
Benjamin Nazka