Esta mañana, mirándote al espejo, soñoliento, has empezado sin saber muy bien por qué a tratarte a ti mismo de tú. «No te olvides de coger el tabaco», te has dicho, y en ese momento te has dado cuenta de que ibas a seguir haciéndolo, de que la primera persona acababa de diluirse en la nada rápidamente, sin siquiera molestarse en despedirse o dar una explicación.
Dices que no sabes si este cambio va a afectarte o no en tu manera de ser. No sabes, dices, pero crees que sí. No sabes cómo va a afectarte, pero si pensaras que no iba a hacerlo o que el efecto pudiera ser positivo, ¿cómo explicas, cada vez que piensas en ello, ese sentimiento de desasosiego que te recorre como un impulso eléctrico y termina agarrandose con fuerza a tu estómago produciéndote algo parecido a una arcada? Pobre diablo. No quieres saber, pero sabes.
Me consta, y quiero decírtelo, que tu verdadero temor proviene de que crees que quizá estés empezando a dejar de verte a través de la gruesa lente de deformante indulgencia que te ha acompañado toda tu vida. Temes, por encima de todo, llegar a descubrirte tal cual eres, ser capaz de escarbar con la uña en la múltiple red de complejos, inhibiciones y mezquindades que te conforman.
Y muchacho, disculpa el tono paternal, que no me sale otro, sólo te lo diré una vez: vas listo si crees que este patético intento de tratar literariamente tu inmunda humanidad va a salvarte de alguna de las consecuencias que te esperan agazapadas a la vuelta de la esquina. Espero que sufras. No tengas por favor la cara dura de venir encima a preguntar por qué.
Benjamin Nazka