En busca del tiempo... ¿perdido?

Con cierta frecuencia me he preguntado adonde van a parar ciertos minutos que se pierden. No me refiero a las tardes enteras que he pasado en el sofá contemplando con detenimiento una mancha de humedad, actividad que practico casi todos los jueves con inimitable pericia, sino a intervalos de tiempo que se esfuman accidentalmente, por decirlo de algún modo.

Jamás pensé que pudiera resolver este misterio hasta que el pasado lunes en torno a las ocho de la mañana recibí una enigmática llamada de una señorita que se identificó como operadora del comité regulador del Banco del Tiempo. Creyéndo ser víctima de una estúpida broma intenté protestar, hacerle preguntas. La operadora apenas me dejó hablar y rápidamente me informó de que por avatares diversos de la existencia existía un saldo a mi favor de cuarenta y seis horas y cincuenta y cuatro minutos. Acto seguido pasó a explicarme someramente el porqué de ese balance.

Me recordó esas veces en que justo antes de abrir la puerta del ascensor alguien lo llama desde otro piso dejándote con un palmo de narices y las asas de plástico de las bolsas de la compra marcándote los dedos. Aquellas otras en que algún conductor de autobús, seres por lo general de naturaleza poco piadosa, te cierra la puerta en las narices y emprende la marcha ignorando tus golpes en la puerta y tu cara de suplicante que no llega a su cita para el test Voight Kampff. No olvidó mencionar los miles de veces que, al teléfono o frente a un burócrata, he repetido «Nazka, sí, ene, a, zeta, ka, a», concepto por el que no tienen devolución los que se llaman López pero que se triplica en los Txarramendieta. Me vi a mi mismo el día anterior llegando a la caja del súper con un bote de pulpa de pimiento choricero en la mano y cómo un instante antes que yo una mujer surgida de la nada empezaba a descargar los setecientos treinta y dos artículos que atiborraban su carro de la compra. Por último, me dijo, el grueso de la devolución se debe a las veces en que ha llamado a su compañía de telefonía móvil para hacer gestiones de diversa índole.

Al colgar el teléfono he mirado el reloj y he visto que había pasado una hora y llegaba tarde al trabajo, y eso aún a pesar de que la señorita hablaba a una velocidad pasmosa. He decidido que era mejor no ir que llegar tarde, así que he llamado a la oficina para inventar alguna dolencia sobre la marcha. Cuando en lugar de la secretaria ha sido el contestador quien ha descolgado el teléfono me he llevado una sorpresa mayúscula. Todo era cierto, no había otra explicación. Un breve repaso por el dial de la radio me ha confirmado que no había perdido una hora sino que había ganado cuarenta y siete. Eran las nueve del sábado por la mañana. En adelante estoy seguro de que cada vez que en un contratiempo se me esfume un minuto me lo tomaré con más calma.

Se da la circunstancia de que durante todo el fin de semana no salí de casa ni vi la televisión, tampoco me relacioné, según mi costumbre, con humano alguno, así que no he podido disfrutar de esas cuarenta y siete horas tal y como hacen en las películas de viajes en el tiempo, ya saben, jugando al número de la lotería que sabes que saldrá permiado, apostando en el hipódromo, salvando a una pobre viejecita de morir en un espantoso accidente, etc. Por supuesto tampoco me era posible llevar a cabo la tentadora idea de provocar una paradoja espacio-temporal que acabara de una vez por todas con este planeta y los que lo habitamos. Una lástima, he pensado, para después llegar a la conclusión de que en el Banco del Tiempo trabajan así, impidiéndote provocar un perjuicio u obtener beneficio de tu ganancia temporal que no sea esa ganancia temporal en si misma. De todos modos enlazar dos fines de semana en uno está lejos de parecerme un regalo despreciable, desde luego, así que he decidido hacer lo mismo de nuevo: no moverme de casa, leer a ratos perdidos, ver un par de películas, fumar y beber vino, pero había que empezar por el principio así que, recordando el sábado anterior a este sábado que es el mismo pero no, me he metido en la cama a dejar pasar las horas ya que en fin de semana me parece de un mal gusto execrable levantarme antes de las doce.

A las ocho y veintidós de la tarde del domingo, tal y como había previsto, empezó a llover.

Benjamin Nazka


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