
Fotograma de Whisky Galore!
Lo primero que me vino a la mente al leer la sinopsis fue La taberna errante de Chesterton, ese gordo sublime, novela que no he leído pero de la que leí una sensacional columna en El Correo que firmaba Carlos Pérez Uralde. En la novela el gobierno decreta una terminante ley seca y dos héroes huyen por la carretera cargados con el último barril de ron, convirtiéndose así en la taberna errante que da título al libro.
En Whisky Galore! no hay tal ley seca, o al menos no la hay como tal, no se decreta, sino que, más sencillamente, se acaba el whisky. En un pueblo isleño donde no hay diversiones de ninguna clase, aislado y dejado de la mano de Dios, el whisky, llamado en gaélico Agua de Vida, es lo único que ameniza la existencia de sus habitantes. Un mal día el tabernero anuncia la tragedia. No queda más whisky. Tampoco se esperan nuevos suministros.
De la mano del directísimo estilo humorístico que caracterizó a los Ealing Studios, famosos entre otras películas por El quinteto de la muerte (Ladykillers) (recientemente destrozada sin piedad ni gusto ni vergüenza ni respeto ni talento ni gracia ni nada excepto dólares por los hermanos Coen), asistiremos al hundimiento y resurrección de un pueblo. Del hundimiento ya conocen las causas, las de la resurrección pueden sospecharlas aunque me van a permitir que les de algún detalle. Un carguero con miles de cajas del preciado licor encallará en las costas de la isla revolucionando a sus habitantes, que pasarán el resto del metraje intentando salvarlo de las malvadas huestes de guardianes de la censura, la moderación, y las buenas costumbres. No se pierdan la infinita poesía de la primera escena de borrachera colectiva que culmina con la cara de extrema felicidad de un viejo enfermo, prácticamente desahuciado, que retorna a la vida de un sólo trago. En caso de que los haya, ningún abstemio dotado de alma humana podrá seguir siéndolo tras presenciarla, se lo garantizo.
Además de por el apartado alcohólico, Whisky Galore! merece encabezar esta nueva sección por una escena en la que un doctor, buen doctor y buen hombre, no hay duda, acude a ver a un paciente y en lugar de incordiarle con consejos vacíos sobre su delicado estado de salud, le dice «Le he traido algo de tabaco» con una estremecedora sencillez que casi hace que se te salten las lágrimas.
Espero que coincidan conmigo en que he elegido una buena obra para inaugurar esta nueva sección que hoy echa a andar. Invito a todos los colaboradores, además de a un whisky que gustosamente les pagaré cuando lo deseen, a participar en el engorde de Tradición Tabernil [1], señalando y reseñando aquellas obras, no sólo cinematográficas, que consideren que componen la esfera Tabernil del arte. Por supuesto esperamos también las aportaciones de los lectores a través de nuestro ya habitual , aunque eso sí, espero que lo entiendan, el whisky deberán sufragarlo ustedes.
Benjamin Nazka