Carlos Pérez Uralde

Carlos Perez Uralde
Carlos Pérez Uralde

Tal como les prometí hoy publicamos en Tabernil la columna de Carlos Pérez Uralde sobre La taberna errante de Chesterton que a su vez publicó el diario El correo allá por 2004. No suelo recortar nada del periódico, entre otras cosas porque no lo compro, lo leo en el bar y no me parece de muy buen gusto hacerlo. Sin embargo el día en que tuve la fortuna de toparme con esta columna no tuve más remedio que rasgar la página y llevármela a casa.

En ocasiones me he preguntado, lamentándolo, a quién privé de la lectura de aquel texto que yo disfruté tanto. Hoy me dispongo a enmendar mi pecado poniéndola a disposición de mucha más gente de la que en su día habría pasado por el bar y habría reparado en ella. Además, dado que están ustedes en este momento visitando Tabernil, si me permiten hablar en términos publicitarios, sé que me dirijo a un público objetivo mucho más afín al tema que el variadísimo personal que puede pasar un día cualquiera por un bar de barrio.

No quiero extenderme en absoluto, ya que me encanta la idea de ceder el protagonismo de este artículo a quien realmente lo merece, al magnífico columnista Carlos Pérez Uralde, cuyos textos me arrancaron siempre una sonrisa de complicidad.

De Carlos Pérez lo desconozco casi todo. Desconozco por ejemplo cuáles son sus ideas políticas, si es que las tiene, sin embargo, con un toque de humor amargo, deja tan claras sus ideas vitales que a poco que leas de él es difícil no cogerle cariño. Imaginen hasta qué punto lo desconozco casi todo que escribo esta última frase en estado de shock. Tratando de comprobar si el escrito que voy a copiarles a continuación podía encontrarse haciéndo una búsqueda me he encontrado con la noticia de que mi pequeño homenaje es póstumo.

Descanse en paz, don Carlos, y espero que dondequiera que esté pueda fumarse un buen puro en un sillón orejero mientras oye los ecos de mi aplauso y, lo doy por supuesto, el de los lectores de Tabernil.

Benjamin Nazka



La taberna errante

El gran Gilbert Keith Chesterton escribió hace muchos años, a comienzos del siglo XX, una desternillante novela que era además un sarcástico alegato contra la cada vez más insoportable manía de los poderes públicos de poner límites al disfrute de los pequeños placeres en nombre ya sea de la buena salud, de la higiene social, del respeto a otras culturas más austeras en sus gustos terrenales o de lo que se le ocurra al censor de las costumbres alegres. El argumento del libro pondrá a más de uno entre ustedes los pelos de punta como me los pone a mi: el Gobierno dicta un terminante decreto por el cual se ordena el cierre de todas las tabernas. Pero he aquí que un par de héroes merecedores de la medalla al valor deciden huir por esas carreteras de Baco llevando consigo el único barril de ron que queda en Inglaterra y constituyéndose así en regidores de una taberna ambulante (la novela se titula precisamente La taberna errante) donde recalan clandestinamente ciudadanos de toda índole. Por supuesto, los portadores del barril son tenazmente perseguidos por las fuerzas de la ley, pero nada importa si de lo que se trata es de hacer felices por unos momentos a hombres y mujeres que alrededor de una copa se cuentan sus historias, se ríen a carcajadas y pasan un rato olvidando los rigores de la vida ardua. De ese modo, el irlandés Dalroy y el viejo Hump con su precioso cargamento se juegan la cárcel como benefactores de la Humanidad.

Chesterton, que era gordo, fumaba como una chimenea y se mostraba partidario irreductible de una buena pinta de cerveza acompañada de un chuletón de buey, detestaba sacrificar su barriga en el altar de la impecable salud y aborrecía con humor vitriólico a ascetas, vegetarianos y defensores de la abstinencia en cualquiera de sus formas y maneras. Ni que decir tiene que si viviera hoy recargaría su pluma con el más corrosivo de los ácidos literarios al contemplar los intentos por parte de la dictadura terapéutica directamente importada de Estados Unidos de obligarnos a llegar a la tumba en perfecto estado de salud a costa de renunciar al tabaco, al whisky, al sexo, al solomillo poco hecho y a todo lo que contribuye a transitar con más ánimo por la existencia. Pero confío en que haya por ahí unos cuantos Dalroy y Hump que huyan de la ley portando un barril de ron como símbolo de todo lo prohibido. Lean ustedes La taberna errante si me permiten el consejo. Está en Ediciones Acuarela y se van a reír ustedes con ganas. Se sugiere un buen habano y una copa de lo que prefieran y un corte de mangas dedicado a quienes quieren amargarnos la vida.

Carlos Pérez Uralde


Dirección del artículo original:
http://www.tabernil.com/2007/02/carlos_perez_uralde